Los tres hijos de Agustina: Sol, Theo y el bebé, Dante.
Los tres hijos de Agustina: Sol, Theo y el bebé, Dante.

Fue en agosto del año pasado. Aunque con idas y vueltas, hacía más de una década que Agustina estaba en pareja con él y, entre los pliegues de esas idas y vueltas, habían tenido tres hijos. Fue en agosto, afuera hacía un frío triste y el más chiquito de sus hijos era recién nacido.

Agustina había conocido a su primer novio cuando ella tenía 19 años. Lo que había empezado como una relación informal, con el tiempo se convirtió en noviazgo. Después llegaron Sol, Theo y Dante. Eran chiquitos cuando pasó lo que pasó: Sol tenía cinco años, iba al jardín. Theo todavía no. Dante menos, si todavía no había cumplido dos meses de vida.

"El padre de los chicos siempre fue un hombre propenso a las enfermedades respiratorias", cuenta Agustina Molina (31) a Infobae desde Dolores, donde vive. "Empezó con una gripe normal, a estornudar, después arrancó con dolor de garganta. A la semana siguiente, la fiebre llegó a 40 grados. Le decían que tenía anginas y lo mandaban de vuelta a casa. Pero era neumonía y, aunque nunca quisieron admitirlo, también tuvo gripe A. Murió una semana y media después de haber empezado con los síntomas. Tenía 37 años".

El recuerdo de la muerte joven es una secuencia de imágenes, como disparos: que le avisaron del hospital que fuera rápido; que, como estaba amamantando, fue con el bebé; que le dejó el bebé a su hermano afuera por temor a que se contagiara; que adentro, cuando le dijeron, tuvo un ataque de pánico.

"Sentí una desesperación… lo único que pensaba era '¿cómo se los digo a los chicos?'". La muerte de quien había sido su pareja durante casi 11 años, sin embargo, le dio espacio para ponerle palabras al dolor: la tristeza era porque sus hijos habían perdido a su papá, no por sentir que ella había perdido un gran amor.

No es amor

"A veces, cuando te pasa una tragedia, te replanteás todo. ¿Por qué aguanté ciertas cosas que no tendría que haber aguantado?", arranca Agustina, protagonista de una de las historias del libro "Mujeres resilientes", escrito por el periodista Alejandro Gorenstein.

No había violencia física sino una mucho más sutil, la violencia económicadetallada en la "Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres".

Agustina quedó viuda a los 30 años. Era mamá de tres hijos.
Agustina quedó viuda a los 30 años. Era mamá de tres hijos.

"Yo era la que ponía todo en casa. Yo había sido una laburante toda la vida, siempre me las había ingeniado sola para salir adelante. Así me endeudé como me endeudé".

Le costó darse cuenta de lo que ahora, con ayuda de su psicóloga, ve con claridad. "Capaz que una en el momento no se da cuenta, porque es un círculo ¿viste? Pero yo había dejado de ser yo. Yo era de esas mujeres que dicen 'no nos separamos por los chicos'. Y por no hacerlo me fui abandonando como mujer, me fui dejando: no salía a ningún lado, dejé de arreglarme, dejé de visitar a mis amigas. Yo pensaba que el amor era así, que tenía ese lado B".

Otra cosa que ahora le resulta increíble fue la razón por la que, aún no estando bien en pareja, decidieron buscar un segundo hijo. No fue el deseo, fueron los mandatos: "Esos que dicen que si tenés un solo hijo y no le das un hermanito lo dejás solo, que sos una egoísta, una mala madre. Ahora pienso 'qué pelotudez', como que todo ese círculo te va achicando la cabeza".

El padre de sus hijos había sido, además, muy popular en el barrio, por lo que después de su muerte, Agustina tuvo una convicción: "Nunca más voy a conocer a un hombre, si para todos yo sigo siendo 'la mujer de'. Yo ya no era Agustina, aunque él había muerto para el resto yo iba a ser siempre la mujer de él".

El después de la primera tragedia, el comienzo de la segunda

Agustina, que se crió con una abuela costurera, había estudiado Diseño de indumentaria en la Escuela Argentina de Moda. Sin embargo, necesitaba un sueldo fijo y en 2013 se anotó en la Policía. Era noviembre, hacía tres meses y cinco días que había muerto el padre de los chicos, cuando la llamaron de la guardería en la que cuidaban a Dante, el bebé.

"Estaba custodiando una escuela, parada en una esquina. Me llama a los gritos una de las chicas de la guardería y me dice '¡Agustina vení ya, el bebé no respira!'. Quise gritar pero no me salían las palabras, era como si me hubieran arrancado los pulmones con las dos manos y me los hubieran sacado por la boca", cuenta a Infobae, y el llanto vuelve con el recuerdo.

"Tenía el chaleco antibalas, el correaje con el arma, los dos cargadores y las esposas, no te imaginás lo que pesa eso. Mientras corría me iba sacando las cosas y tirándolas. Corrí ciega, me atravesé adelante de los autos, no sé como no me atropellaron. Cuando llegué a la guardería había un tumulto de gente y en ese tumulto estaba el director de la Casa del Niño. Le grité '¡mi bebé!, ¡decime dónde está mi bebé!, ¡qué pasó! El me miró y no me pudo contestar, solamente cerró los ojos".

Adentro de la guardería la atajaron. Lloraban las maestras, lloraban sus compañeros policías, alguien se dio cuenta de que Agustina podía colapsar y le sacó el arma de la cintura. "Mientras no me dejaron verlo pensaba 'Dios no te lo lleves, por favor, no te lo lleves'. Después le pedía al padre, 'No te lo lleves, por favor no te lo lleves, lo necesito acá conmigo'. Hasta que lo trajeron. Cuando le vi los bracitos caídos me di cuenta de que no se iba a despertar más".

La autopsia mostró que nadie podría haber evitado lo que pasó. Dante tuvo un paro cardíaco seguido de muerte súbita. Tenía 5 meses. De no saber cómo decirle a sus hijos que su papá había muerto, Agustina pasó a no saber cómo decirle a sus hijos que su hermanito tampoco iba a volver.

"Yo pensaba lo que debe pensar todo el mundo: 'Le pasa algo a un hijo y me mato'. Y la verdad es que cuando te pasa lo peor que te puede pasar te das cuenta de que no podés. Tenía otros dos hijos que necesitaban a su mamá", piensa. "Creo que, cuando tocas fondo, la única que te queda es tratar de subir. Más al fondo que tener que enterrar a un hijo no debe haber nada".

Un mar revuelto trajo un amor inesperado

Pasó de estar "totalmente bloqueda" a proponerse tratar de llorar como primer paso para salir adelante: "Fue una decisión mía. Me merecía otra oportunidad y me propuse ser feliz". Agustina dejó de fingir una fortaleza robótica frente a sus hijos y se animó a abrazarlos y a llorar con ellos.

Agustina y Marcelo, protagonistas de lo que llaman “un amor inesperado”
Agustina y Marcelo, protagonistas de lo que llaman “un amor inesperado”

Fue así que se reincorporó a su trabajo y, un día cualquiera, un joven llamado Marcelo, también policía vial de Dolores, la vio en la calle, buscó su contacto en Facebook, se animó y le mandó un mensaje. "Él sabía lo que había pasado con mi bebé, acá todos se enteraron. El mensaje decía 'Cualquier cosa que necesites, tomar mate o agua, o lo que sea, avisame".

Siguieron largas charlas por mensaje hasta que Agustina accedió a tener una cita. "Entendí que lo que tenía antes no era amor sino costumbre. Que el amor es esto que tengo ahora: es cariño, es atención, es ver cómo está el otro, que el otro se preocupe por vos, que te respeten como mujer, que le importen tus proyectos, que respeten a tus hijos, que se repartan las tareas de la casa, que se hagan reír, que te den ganas de contarle lo que te pasa. Alguien que aspira a más, que no te tira para abajo sino que te ayuda a crecer".

Se emociona Agustina cuando habla de Marcelo, porque a él no le importó lo difícil que podía ser acompañar a una mujer en el momento más triste de su vida.

"Yo ya he compartido con él cosas que nunca compartí con nadie. Mirá, yo tenía toda la ropa de mi hijo en una bolsa, no la podía tocar. Un día él me dijo 'vamos a doblarla y a guardarla juntos, Dante se merece tener su ropa bien guardada en una caja con su nombre'. Pasamos todo el día arrodillados doblando su ropa. Yo lloré como no había llorado nunca, él paraba, me abrazaba y después seguíamos doblando".

Fue con él que Agustina se animó a ir al cementerio por primera vez y fue con él que descubrió que hacía muchos años había "perdido la sonrisa". Que la sexualidad no tenía por qué ser "tiqui tiqui tiqui, como un conejo", sino que su placer también podía ser parte de la relación. Se emociona cuando habla de él y después se despide: "De repente y cuando menos me lo esperaba, me encontré con algo que nunca había vivido: un amor sano".