Escribo esto hoy, martes 13. ¡Y después dicen que las brujas no existen!
Fue como el despertar de un mal sueño. De una pesadilla. Con tres palabras para una lágrima: "Cierra la Boston".

Sí. La Boston. La otra capital de Mar del Plata. El Santo Grial de las medialunas…

Porque desde hace seis décadas –levantó el telón en 1958– su nombre es código, llave maestra, Sésamo ábrete.

Es decir "me voy a Mar del Plata", y alguien, o muchos, responden (a veces con los ojos en blanco):
–¡A la Boston!

Y todo lo demás pasa a segundo plano. Hasta el mar y Neptuno, su dios. Hasta el casino. Hasta la noche bolichera de Constitución. Y si es invierno, hasta el indefectible suéter comprado en fábrica.

Porque en 1958, y en su primer refugio, Buenos Aires 1927 entre Belgrano y Moreno, fundado por los señores Fernando Álvarez y Miguel Potrone como un sencillo bar americano, algo mágico sucedió…

De otro mundo, o de una nube, o del mismo fondo del mar, apareció un hombre –¿una deidad?– que dijo llamarse Aurelio Amado, y no necesitó título alguno que lo probara. Dijo (acaso con humildad):
–Bueno, yo sé hacer medialunas…

Es posible que la respuesta haya sido la imaginable:
–Muchos saben hacer medialunas.

Pero el emperador Aurelio recurrió a la Biblia: "Por sus obras los conoceréis". Entró a la cocina y puso en marcha su receta. Única. Secreta. Intransferible. Y la luz se hizo.

Probada la primera (o las primeras), los primeros comensales comprendieron que ninguna otra medialuna en el planeta Tierra podía igualar ese bocado casi angélico.

Y entonces, cuando aquello fue suceso y muchedumbre, don Aurelio buscó otros sabios maestros pasteleros: Bautista Mazo y José García.

Y la Boston, antes imaginada como pequeño bar americano, alcanzó la más difícil de las cumbres: el estilo. Lo inconfundible. Lo que se explica por sí mismo con las seis letras de su nombre.

Y creció: se multiplicó en cinco sedes. Y cuando uno la imaginaba eterna como el agua y el aire, el mal sueño de esta mañana se hizo triste y real.
¿Será cierto? ¿Cerrará la Boston? ¿No habrá manera de aventar los nubarrones del conflicto sindical que la tiene al borde del abismo?
No lo sé. Ojalá.

Lo único que sé es que el martes 13 me despertó –y despertó a una gran cofradía– con la sensación de haber perdido una joya. Un placer. Un recuerdo. Una leyenda.

Tanto, que si fuera posible, en el verde tapete donde gira la ruleta, poner una medialuna de la Boston en lugar de una ficha… el croupier cantaría el pleno.

Algo más tarde oí rumores de salvación, de posible fusión con otra marca, de transformación, etcétera. Pero no me resigno… El diamante Hooper no puede cambiar ni desaparecer. Las medialunas de la Boston tampoco.

Y si el santuario cierra, que la fórmula secreta de esa masa sutil, única, milagrosa, sea guardada en la más segura y secreta de las cajas fuertes. Para que una mano iluminada la rescate, y todo recomience…