Mauricio Macri junto al papa Francisco (Presidencia)
Mauricio Macri junto al papa Francisco (Presidencia)

Hace una década, Jorge Bergoglio, entonces cardenal de Buenos Aires, promovió la transformación de la iglesia latinoamericana. Sucedió en la V Conferencia del CELAM, en el santuario de Aparecida. Las sesiones fueron inauguradas por el Papa Benedicto XVI, que dio su aval al encuentro.

El compromiso alcanzado por los obispos latinoamericanos –en un documento redactado por una comisión dirigida por Bergoglio- llamó a la transformación de una iglesia misionera, "en salida", que fuera a buscar a los que no llegaban a los templos, una iglesia con dimensión social, crítica de los desequilibrios de la globalización. Una iglesia en la que sus pastores pusieran su oído y su corazón en los que quedaban afuera, no sólo los "explotados", sino de los "sobrantes", los "descartables" del mercado.

Bergoglio también volvió transformado de ese encuentro. Desde entonces, el mensaje a sus sacerdotes fue "estar más cerca de las fragilidades del pueblo", y comenzó su prédica contra los talleres textiles clandestinos, la explotación sexual, la trata de personas, en homilías en la Plaza Constitución.

Por entonces, los políticos de la oposición lo felicitaban por su coraje y astucia. Coraje por interferir en el discurso oficial para que no se oyera una única voz, "exhibicionista y estridente", y astucia por bendecir el voto de la opción por el "NO" a la reelección indefinida de los gobernadores en las provincias, como sucedió en Misiones.

Andrés Larroque y CFK visitan al papa Francisco (Télam)
Andrés Larroque y CFK visitan al papa Francisco (Télam)

Para el poder, Bergoglio era el jefe de la oposición, un conspirador. Para la oposición, era un aliado que ponía un freno a la tentación autoritaria y hegemónica del gobierno. Muchos dirigentes lo visitaban casi al alba en la Catedral.

Pasaron casi tres lustros de esta historia.

En el medio, con la transformación de la iglesia latinoamericana, Bergoglio llegó al Papado.

Para la Argentina política, la situación se mantiene más o menos igual.

Para el poder, el Papa es el jefe oculto de la oposición, el que la motoriza, los une, el que le hace daño al país, el que acompaña a los "destituyentes", silenciosamente, desde Roma.

Y para la oposición, no en su totalidad, es un aliado que pone un freno a la tentación "neoliberal" de un gobierno que endeuda y empobrece cada vez más a los argentinos, y los saca del mercado.

Pero, visto en perspectiva, el Papa Bergoglio, antes para la Argentina y ahora para el mundo católico, sigue diciendo más o menos lo mismo.

Desde la Catedral o desde Roma.

El entonces cardenal Bergoglio, en 2008, viajando en un subterráneo de Buenos Aires
El entonces cardenal Bergoglio, en 2008, viajando en un subterráneo de Buenos Aires

Sigue hablando de las mafias, que explotaban a los migrantes en los talleres textiles de la ciudad de Buenos Aires, y ahora de las mafias que explotan a migrantes apenas cruzan el Mediterráneo-; sigue hablando de la economía de exclusión, de la "cultura del descarte"; sigue criticando, como antes, la pretensión de erigir al mercado como único ordenador de la vida social, sigue criticando la especulación financiera y las causas estructurales de la inequidad. Incluso lo documenta en sus encíclicas. En este caso, en Evangelii Gaudium.

Para un país que tiene un poco más del 30% de pobreza, es decir, casi uno de cada tres argentinos, es razonable que el discurso papal produzca algún eco en el escenario político, y sea tomado como referencia por la oposición y organizaciones sociales, gremiales y movimientos populares, críticos a las políticas del Gobierno.

Para el Gobierno, su discurso social provoca un zumbido molesto. Y prefiere introducir al Papa dentro de una gran incubadora, la polarización, y hacerlo parte de la grieta, porque se supone que es más cómodo, y menos complicado, que escuchar su mensaje.

Todo el ruido en la relación la política argentina y el Papa se desarrolla desde un discurso con emisiones y recepciones latentes, con gestos, tironeos, tergiversaciones, sobreactuaciones y cierta dosis de histeria política. Aunque, a decir verdad, el Papa nunca opinó en forma directa, pública y específica sobre las políticas del actual gobierno.

Es cierto: el Papa acompaña a los movimientos populares e intenta acercarlos a la Iglesia, lo mismo que a los pueblos indígenas. Y propaga el cristianismo no sólo en el centro, para los bien vestidos y aseados, sino entre los pobres de la periferia.

Cuando le critican su "pauperismo", responde: "No es pauperismo, es el Evangelio".

Pero esto no es un posicionamiento personal.

Es el mandato de los obispos latinoamericanos desde Aparecida (2007). Y es su línea pastoral de su pontificado no sólo para la Argentina, sino para todo el mundo. Un pontificado que, además, saliendo de la escala argentina, seguramente será recordado por su esfuerzo para que las religiones trabajen juntos contra la violencia.

En el día de ayer, en la sala Clementina del Vaticano, el Papa recibió a políticos y parlamentarios de la provincia de Marsella, Francia.

Les habló de construir puentes entre personas de diferentes condiciones sociales y económicas, entre las distintas generaciones, de acoger e integrar a inmigrantes y prófugos que escaparon de la pobreza y la violencia, y de no resignarse a la desigualdad social, a la que calificó como "la raíz de los males de la sociedad", para la construcción de una sociedad más justa, humana y fraternal.

Si ese mensaje hubiera sido dirigido para la Argentina, es inimaginable pensar sus consecuencias. Quizá hubiese resultado intolerable.

*El autor es periodista e historiador (UBA) Autor del libro "Código Francisco. Cómo el Papa se transformó en el principal líder político global y cuál es su estrategia para cambiar el mundo". Editorial Sudamericana.