(Foto: Gustavo Gavotti)
(Foto: Gustavo Gavotti)

Cambiemos, ahora Juntos por el Cambio, nunca fue sobre los políticos, nunca fue sobre los dirigentes. Fue y es sobre la gente y sobre su deseo de cambiar la Argentina, sobre las convicciones profundas que muchos tenemos y que no queremos abandonar.

Cada una de las personas que fue a la marcha trae una sensación común: la de que, en estas elecciones, y en este año, se juega algo fundamental para nuestro futuro. Y eso se puede desglosar en una serie de convicciones. Una convicción importante, por ejemplo, es la de que el Estado y quienes lo lideran tienen que ser transparentes. Esto suena aburrido, y puede parecer obvio, pero no lo es: se relaciona directamente con el valor de que el poder político, que tiene cualquier dirigente, no tiene que estar apuntado al beneficio personal. Conectar con estos valores requiere salir del cinismo y hacer preguntas sencillas: ¿Para qué quiere Mauricio Macri ser presidente de los argentinos? ¿Para qué quiere Alberto Fernández ser presidente? ¿Y Cristina Kirchner?

Una segunda convicción es la de que, si ser presidente o ser gobierno es un trabajo, no es un trabajo que pueda hacer nadie solo. No hay balas de plata ni sabiduría divina. El presidente es un líder de un equipo de trabajo, y los problemas que tiene Argentina se resuelven trabajando y en equipo. El equipo, además, no es el de gobierno: es el de todos los argentinos. Cómo se relaciona un presidente y un gobierno con los que no piensan como él es, en estas convicciones, fundamental.

Una tercera convicción es la de que los argentinos y las argentinas queremos ser libres. Esto implica tener un gobierno que respete tus libertades individuales y que no te persiga por pensar distinto. Implica poder caminar por la calle sin miedo a los robos, implica decidir qué estudiar y de qué trabajar, implica poder construir proyectos de vida previsibles, implica poder decidir uno su propia identidad y su propio proyecto de vida sin el ojo público puesto encima. Y trabajar para que todos seamos verdaderamente libres implica trabajar en forma seria y sostenida por la igualdad.

Con estas convicciones como base, podemos imaginar una Argentina diferente, y nos damos cuenta rápidamente de que en esa Argentina hay algunos dirigentes que no tienen lugar. Son, principalmente, los dirigentes y políticos que creen que una posición de poder implica privilegios, y la posibilidad de indicar desde el Estado a la ciudadanía todos los días cómo pensar, cómo expresarse y cómo vivir. Son, también, los dirigentes y políticos cuya libertad depende de usar el poder del Estado para volverlo más opaco e interferir con la administración de justicia. Los problemas que enfrenta Argentina muy difícilmente se solucionen si el esfuerzo de los políticos está puesto en ellos mismos y no en el país.

En las últimas elecciones, más de tres de cada diez argentinos mostraron que coinciden con estos valores y con estas convicciones. Hace diez años habríamos juzgado esto como un éxito y como un indicio de un cambio profundo en Argentina, pero en este momento con eso no alcanza para continuar por este camino. Pero lo que tenemos que entender es que los seis o siete argentinos que decidieron no apoyarnos no necesariamente están en desacuerdo con esas convicciones. Simplemente no ven cómo nosotros podemos liderar la construcción de ese futuro mejor.

La tarea de cara a octubre, entonces, es doble: por un lado, tenemos que reconocer estas convicciones. Son las convicciones del presidente, las convicciones de su equipo, y las convicciones de una parte muy significativa de la sociedad argentina. Por otro lado, tenemos que conectar con quienes no nos votaron: queremos que todos aquellos argentinos y argentinas que compartan a grandes rasgos nuestras convicciones se puedan sentir parte de esta nueva etapa. En este sentido, el camino a octubre es el camino de una gran conversación que debemos tener en el país.

Finalmente, hay en Argentina un fenómeno recurrente de valorar a los líderes cuando ya no los tenemos. En esto tiene mucho que ver la gran frustración argentina al menos desde la década del setenta: la economía.

Cuando aceptamos que económicamente la mayoría de los años fueron malos, y alejados de las sensaciones del presente, podemos ver mejor otras características. Ahí empezamos a valorar el desarrollismo de Frondizi, la honestidad de Illia o la vocación de construir una democracia republicana de Alfonsín. En Macri, en ese sentido, tenemos la primera política de seguridad y de lucha contra el narcotráfico seria en décadas, una política exterior de lujo, mejoras profundas en índices de transparencia, cambios históricos en procedimientos administrativos del Estado, nombramiento récord de jueces, separación clara entre partido y gobierno, mejora notoria en las relaciones federales. Y en lo económico, que hasta ahora no dio los resultados buscados, la llegada del equilibrio fiscal, la reconstrucción de las reservas del Banco Central, el fin del financiamiento monetario del déficit, el equilibrio fiscal primario, el equilibrio energético y la inversión en infraestructura y conectividad.

Ojalá esta vez podamos ver estas cosas a tiempo.

El autor es coordinador del programa Argentina 2030