Tenemos magistrados que defienden la exención del impuesto a las ganancias que beneficia a todo el Poder Judicial (salvo, a partir de ahora, los nuevos jueces) con el peor de los argumentos: el costo de oportunidad, vale decir, la rentabilidad de la cual se privaría un juez al no poder ejercer su profesión en forma independiente. Un mensaje alentador para las jóvenes generaciones que sueñan con impartir justicia desde un estrado pero que, en cualquier caso, me animaría a poner en entredicho, pues nada indica que el mercado esté ofreciendo remuneraciones necesariamente superiores a las vigentes en dicho poder del Estado.

Tenemos un político "renovador" que acaba de pactar con el pasado y, particularmente, con un sector que representaba al oficialismo en los años en que se consumaba un formidable y organizado saqueo. Siempre se vuelve al primer amor, por más que algunos nos creímos que este político, al promediar el 2009, había dado el portazo por "una cuestión de dignidad". En esta Argentina volátil, también la dignidad, parafraseando a Marx y Engels, "se desvanece en el aire".

Tenemos una coalición gobernante envuelta en disputas internas que, si no presagian rupturas sin retorno, tampoco dejan tranquilos a muchos espectadores a poco de iniciarse un año electoral. Da grima pensar que, con todas las causas de cohecho y enriquecimiento ilícito ventiladas, la sombra del populismo (a la que no queremos evocar para que nos revele ningún secreto) pueda levantarse de nuevo colocándonos en el trance de tener que votar no por convicción sino por miedo.

Tenemos una ex presidenta que, en lugar de llamarse a silencio mientras la Justicia la investiga y miembros de su gabinete duermen entre rejas, vuelve al ruedo con llamados nada creíbles a la unidad que no ocultan su rencor, su autoritarismo de siempre y el "orgullo ilimitado" que, en pleno recinto, un respetable senador se acordó (bastante tarde) de endilgarle en la cara. "Necesitaba creyentes en su estrella y vulgares adoradores de su fortuna", decía Tocqueville de Luis Napoleón.

Imaginemos otras postales. Diciembre de 2105. Mauricio Macri se alza con la presidencia tras un reñido ballotage. Otros ritos de iniciación. En lugar de los bailes, los cánticos y los discursos de epopeya, el gesto adusto de quien se dirige a todo el país anunciando tiempos de sacrificios personales y colectivos. Un tercio de la población sumergido en la indigencia, un Estado colonizado y habituado a desprenderse de sus responsabilidades, nichos de corrupción diseminados aquí y allá, y cuentas públicas en rojo. En nombre de la nación, se imponía la verdad sin retaceos. "No se conjuran los peligros quitándolos de la vista. Al contrario, aumentan cuando se los oscurece", escribió Benjamin Constant. Sin embargo, el camino elegido resultó ser otro. Pobreza cero y lluvia de inversiones no fueron solo dos enunciados grandilocuentes. O se presumió la ingenuidad de todos nosotros o la ingenuidad del enunciado fue parte del problema. Así, al voluntarismo bienintencionado se sumó la arrogancia de un círculo áulico que, obstinado en subestimar la realidad y creyéndose solo en el mundo, nos colocó al borde de otro fracaso histórico. En el fondo, sucedió lo que tantas otras veces: no se supo mitigar la sensación de seguridad que producen siempre los triunfos.

Ciertamente, mientras haya niños con hambre no hay margen para quejarse y todas las energías deben estar puestas ahí, en los más vulnerables. Por lo demás, algunas cosas cambiarán y otra probablemente no, cuando menos a corto plazo. La política no se ajustará y seguirá siendo un oficio lucrativo para muchos. Seguiremos teniendo un Estado colonizado por unos, por otros, o por unos y otros a la vez. Mientras existan incentivos para permanecer dentro, subsistirán los bolsones de evasión impositiva, como también los privilegios corporativos y los regímenes especiales. El sector productivo pagará toda esta fiesta y la voracidad fiscal no se detendrá. Y desde luego seguirán las mafias enquistadas en ámbitos públicos y privados, la delincuencia urbana, los sindicalistas ricos, las barras bravas y sus nexos con la política, y nuestras miserias morales, por qué no.

Para no ceder del todo al desaliento, quizá la mejor fórmula pueda encontrarse en el conocido diálogo que Ítalo Calvino imaginó entre el emperador Kublai Kan y Marco Polo: "Todo es inútil —se lamentó el emperador— si el último fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente". A lo que el veneciano repuso: "El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio".

El autor es profesor de teoría política.