En el Café de los Angelitos los parroquianos parecían en otra cosa. Estábamos en sesión de Diputados y almorzaba con colaboradores. Tenía un ojo en el Cónclave Cardenalicio en el Vaticano. Llevaba un poco más de un día reunido y había habido cuatro fumatas negras. Una vez más, llamó Néstor Macchiavelli, emocionado, y casi me gritó: "¡Es Bergoglio! Felipe, ¡¿te das cuenta?!". Me paré y grité: "¡El Papa es argentino!".

Algunos se pararon y nos felicitamos. Otros no estaban en el tema; reaccionaban de a poco. Volvimos al recinto de la Cámara y la algarabía era contenida. La oposición imaginaba un Papa a favor y festejaba. El oficialismo no sabía bien qué hacer. Estaba desconcertado.

Los primeros 20 días de Francisco mi regocijo era continuo. Cualquier traspié o mala noticia era borrado rápidamente. Una sensación que compartí con mucha gente. "Estamos caminando a cuatro metros de altura. Mantengamos esta alegría", les decía, y encontraba una aprobación total en las personas de a pie. La Argentina había ganado. Los pobres habían ganado. Teníamos una oportunidad de mostrarle al mundo una concepción religiosa absolutamente vinculada con el Evangelio, la calle, las ovejas más que con los pastores. Con los pueblos más que con los gobiernos.

Hay quienes piensan que nos alegraba que Jorge Bergoglio fuera peronista. Están equivocados. No es una cuestión partidaria. Es una cuestión de conciencia sobre la Argentina y el mundo. Un catolicismo popular y práctico, con una praxis "con olor a oveja" y no a incienso. El trabajo de Francisco nos daría la razón. Plenamente.

Entre muchas cosas, al papa Francisco se debe la modificación de las posiciones internistas que cuidaban el vaticanismo antes que a la Iglesia de todos los días. El enfrentamiento y el triunfo político sobre la curia romana, autora de las deformaciones terribles que hemos visto a través del tiempo. La presencia en la isla de Lampedusa como clarísima condena al racismo y el egoísmo europeos frente a los inmigrantes pobres de los países árabes en guerra y del Magreb africano. Una intervención más que oportuna que evitó el ataque de los Estados Unidos a Siria cuando la VI Flota estaba lista para enviar sus misiles. La recuperación del diálogo, hoy perdido, entre ese país y Cuba, que fue gestionada y misionada con su presencia en ambos países. La defensa de los "espaldas mojadas" mexicanos que atravesaban la frontera para buscar un destino, celebrando una misa en la que pidió que el altar estuviera justo en el límite entre ambos países, rodeado por una impresionante multitud. El apoyo a la firma del acuerdo nuclear entre Irán y el grupo 5 + 1 (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania), recibiendo en la Santa Sede al premier moderado iraní, Hasan Rohani, para respaldarlo.

La exhortación apostólica La alegría del Evangelio y la encíclica Laudato si' posibilitaron que el mundo de los creyentes conociera las bases espirituales y filosóficas sobre las que se apoyaba su acción. Es un mensaje clarísimo a los católicos. El que quiera oír que oiga.

Francisco le dice "no" a las siguientes realidades del planeta:

No a una economía de la exclusión.

No a la nueva idolatría del dinero.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir.

No a la inequidad que genera violencia.

No a la mundanidad espiritual.

No a la pereza egoísta.

No a la guerra entre nosotros.

Rescato este párrafo, destinado a los políticos y a quienes los desprecian: "¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es solo el principio de las microrrelaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macrorrelaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas. Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres".

La imagen del papa Francisco no ha podido sortear la grieta política de la Argentina. Muchos pretenden un Papa propio, que piense como ellos, que no se meta demasiado con el mundo real, con la injusticia o el poder. Así como esperaron que se convirtiera en un ariete contra el Gobierno kirchnerista, por sus antecedentes, como Bergoglio, de puntuales enfrentamientos con Néstor Kirchner en relación con lo local. De la misma manera, lo piensan ahora como defensor de las posiciones peronistas, exclusivamente por ser un Papa que cree en lo popular. Para quienes creemos que el cristianismo es creer en la trascendencia y el misterio, encarnado en Jesucristo que es Dios, y estar comprometido con la verdad y con los que sufren, Francisco es el nuevo conductor. Es el Papa para todos, y además, es quien nos marca la senda, también en la vida pública. Que es servicio o no es cristiana.

El autor es diputado nacional (Frente Renovador)