A través de una convocatoria vía Twitter titulada "#Dante 2018", un gran número de lectores de la Divina Comedia se da cita cotidianamente. La consigna es leer cada día un canto. En los comienzos del Infierno, Dante y Virgilio se topan con la sombra "di colui / che fece per viltade il gran rifiuto" ('la sombra del que hizo por cobardía aquella gran renuncia'). Muchos interpretaron que se trataba del papa Celestino V, quien había abdicado después de cinco meses de pontificado ejercido desde Nápoles. Esto ocurría en 1294. Lo sucedió Bonifacio VIII, que se trasladó a Roma e hizo encarcelar a Celestino por temor de que lo raptaran los franceses y lo sostuvieran como legítimo Papa.

Bonifacio no se llevó nada bien con Dante Alighieri, quien escribió que a ese pontífice lo esperaban en el infierno, entre los parricidas y los simoníacos. Muchos lectores actuales, al toparse con la figura de Celestino, recuerdan la renuncia de Benedicto XVI. Salvo la anécdota de que la abdicación del monje ermitaño permitió el acceso al poder del ambicioso Bonifacio, no guarda parangón con la renuncia de Benedicto, que posibilitó que Bergoglio llegara a la cátedra de Pedro. Se trata de épocas y circunstancias muy diferentes.

Sin embargo, cabría una acotación. Para Dante el pecado de Celestino fue haber renunciado al poder y dejar sin efecto las reformas de una mayor austeridad y virtud en la Iglesia. Su retirada posibilitó el acceso de un enemigo de los güelfos blancos en Florencia y el definitivo destierro del poeta. En cambio, el escritor Ignazio Silone, comunista sin partido y cristiano sin Iglesia, en su obra La aventura de un pobre cristiano, presenta a Celestino como santo, que lo es para la Iglesia también, pero por su alejamiento del poder. Un poder que, para Silone, es sinónimo de pecado. En esto, Dante y Silone están en las antípodas.

Si aceptáramos la crítica a Ratzinger por parte de algunos cristianos, en el sentido de que no pudo o no le interesó ejercer el poder, tendríamos que coincidir en que ese "pecado" Bergoglio no está dispuesto a cometerlo: para él la política hay que ejercerla. Claro, para el bien de muchas personas y para la mayor gloria de Dios, como diría Ignacio de Loyola.

¿Y cuál es la política que ejerce el papa Francisco? En primer término, una clara defensa de los pobres y los excluidos; denuncia con fuertes palabras lo que él interpreta como hipocresía y falta de generosidad por parte de muchos en la sociedad. ¿Hay algo del grito del profeta de Israel y algo del político en esas actitudes? Bergoglio afirma que nacen del Evangelio, en sintonía con las mismas palabras de Jesús. Llama la atención con cuánta recurrencia vuelve a repetir lo que condenaba Cristo: la falsedad, el desinterés frente al prójimo, la arrogancia, el afán de riquezas.

Los esfuerzos de este Papa siempre son en favor de la paz, en contra de toda forma de guerra, para aliviar el sufrimiento de los más humildes y correr decididamente el centro del interés: para él importan los que la sociedad abandonó en las periferias y olvidó por el camino.

En estos cinco años ha visitado muchos países, privilegió una agenda no convencional. Se ha atrevido a ir a Cuba y a hablar sin tapujos en el Congreso de Washington, a reprender a los líderes políticos de Europa reunidos en Estrasburgo, a escribirle a Vladimir Putin y a convocar a los referentes de Medio Oriente, a apoyar la paz en Colombia. Entre tantos aciertos, no pudo convencer a los chilenos que esperaban severas medidas contra los obispos acusados de haber protegido a sacerdotes pedófilos, y habría fracasado en su intento de diálogo en Venezuela.

África, por un lado, y Asia, por otro, están presentes en sus objetivos. Nadie puede dudar de su austeridad ni ignorar la atracción que ejerce su figura en muchas naciones, pero la duda que cabe es sobre el alcance real de sus reformas en el tiempo. Un hecho indiscutible es que ha nombrado numerosos obispos y cardenales de marcado estilo pastoral, cercanos a la gente y dispuestos más a escuchar que a condenar. Ciertamente, el haber abierto al gran público los debates que no se daban en la Iglesia, o se daban a puertas cerradas, en el marco de un enfoque teológico centrado en la misericordia de Dios, son grandes méritos de este Papa. Su legado en concreto es difícil evaluarlo mientras suceden las cosas; se descubrirá con el tiempo.

El autor es coordinador de actividad cultural, Universidad del CEMA. Director de la revista "Criterio".