Pasarella levantando la copa del mundo
Pasarella levantando la copa del mundo

¿Cuántas imágenes guarda nuestra memoria sobre el Mundial 78? Algunas privadas, otras compartidas por muchos. El tercer gol a Holanda, el de Bertoni. Los festejos en el obelisco. Pasarella levantando la copa. La lluvia de papelitos. Las Madres haciendo ronda en Plaza de Mayo. Los chicos de los secundarios armando palabras y figuras en el pasto de River. Videla y la Junta Militar festejando los goles. Una conferencia de Borges mientras juega la selección.

¿Hay algún otro evento deportivo tan unido a la historia política y social de la Argentina? ¿Cómo se puede abordar un hecho de semejante magnitud? A lo largo de los años, muchísimos escritores, periodistas e investigadores se propusieron analizar aquellos veintiún días: se pueden mencionar, así, entre otros, El terror y la gloria, de Abel Gilbert y Miguel Vitagliano, Fuimos campeones, de Ricardo Gotta, La vergüenza de todos, de Pablo Llonto. Todos libros imprescindibles. Pero hasta ahora, nadie hizo lo que Matías Bauso: 78. Historia oral del mundial (Ed. Sudamericana) es una investigación asombrosa que nació con la premisa de abordar al mundial desde todos los planos posibles. El resultado es un libro monumental, descomunal, exuberante. Uno de los mejores libros del año.

El autor de El deporte en el cine retoma los aspectos políticos, sociales, deportivos y se mete con los mitos más enraizados: ¿estaba prohibido criticar a Menotti?, ¿Johan Cruyff no participó por oponerse a la dictadura?, ¿estuvo arreglado el partido contra Perú? Solo a través de un larguísimo y profundo trabajo como este —tiene casi 900 páginas— se puede comenzar a entender un evento único de nuestra historia reciente y superar posiciones maniqueas como "La fiesta de todos" y "El mundial de los militares".

“78. Historia oral del mundial”
“78. Historia oral del mundial”

"El aspecto político se comió todo", dice Bauso en diálogo con Grandes Libros [ver la entrevista completa]. "Las organizaciones de derechos humanos hicieron un trabajo muy efectivo para convertir al Mundial 78 en un espacio de memoria. No está mal. El tema es que, pasados 40 años, se puede buscar la verdad histórica de los hechos y encontrar los matices a cada aspecto. Naturalmente, está la imagen de los militares envenenando todo; pero yo sostengo que no se puede explicar el Mundial 78 sin la dictadura, pero tampoco se lo puede explicar solo desde la dictadura. El fútbol, para nosotros como sociedad, para este país, nos guste o no, es importante, es un rasgo identitario. Si uno le quita al fútbol las cosas idiosincráticas que tiene el argentino no va a entender qué sucedió y por qué todos los gobiernos posteriores a la dictadura, creo que con la única excepción de Alfonsín, intentaron utilizar el deporte en beneficio propio."

Decís "verdad histórica" y el libro se compone de relatos orales: ¿de qué forma lo oral acompaña esa verdad histórica?

—Lo oral es casi un obstáculo para la verdad histórica, porque está muy regido por la memoria y por lo que el tiempo hace sobre el recuerdo. La gente recuerda el Mundial 78 según los parámetros actuales y sobre el Mundial 78 hay una gran capa de culpa. Después de los partidos contra Perú y Holanda se calcula que salieron a la calle entre 16 y 17 millones de personas: más del 60% de la población estuvo en las calles. Hoy es muy difícil encontrar a alguien que te diga: "Yo salí a festejar". La culpa invade eso. Después, es muy fácil encontrarse con gente que cuenta actos de heroísmo retrospectivo imposibles de comprobar.

Jorge Carrascosa, el jugador que decidió bajarse de la selección antes del mundial, es un caso especial, ¿no? Podría haber usado políticamente su salida y no lo hizo.

—Carrascosa es el único héroe en todo este tema, porque con cualquier declaración se habría convertido en el resistente, en el no colaboracionista. Y, sin embargo, prefirió ocultar sus motivos. En estos cuarenta años ha dado cuatro o cinco entrevistas como mucho. Lo hizo para no perjudicar a los compañeros ni ponerse en el centro de la escena. Es consecuente con su pensamiento. Él abandonó la selección por una acumulación de cuestiones personales y por una incomodidad manifiesta hacia lo que significaba el fútbol en la Argentina ese momento. Estaba por nacer su hija y no quería estar cuatro meses concentrado y perderse ese tiempo con ella. Y, a su vez, estaba muy en desacuerdo con ciertos vicios que el fútbol argentino tenía muy acendrados, como el doping y los incentivos.

La ceremonia inaugural del mundial (Getty)
La ceremonia inaugural del mundial (Getty)

Son fabulosos los testimonios de quienes participaron en la inauguración, de esos chicos que formaron parte de la que quedó, para muchos —para mí—, como la inauguración más linda de la historia.

—La inauguración fue un evento muy importante. Nadie estaba tan convencido de que Argentina llegara a la final. La dictadura no apostaba al triunfo deportivo. En el Mundial 74, Argentina jugó seis partidos y sólo le ganó a Haití. Los militares apostaban al orden, a la organización, a que no hubiera violencia. Entonces todos los medios, ya desde la inauguración, salieron con el mensaje "Argentina ya ganó". Aún así, si hoy la ves en YouTube, vas a encontrar un montón de pifias y un esquema gimnástico muy anticuado. Pero fue impactante. Los únicos dos momentos en donde hay una gran ovación del público es cuando forman "Mundial 78" y "Argentina". Hay un plano que lo muestra a Videla orgulloso, que sonríe y lo mira a Havelange como diciendo: "Mirá el fiestón que nos mandamos". Y cuando Videla habla, que es la primera vez que le habla a un público que no son sus tropas, rápidamente panean a las tribunas y el aplauso es protocolar. No hay silbidos, naturalmente, pero no hay entusiasmo.

Es muy profundo el trabajo que hacés en el libro sobre Menotti: no lo recordaba siendo alguien tan relevante.

—Me pasó exactamente lo mismo. Entré a la investigación con algún recelo y salió muy fortalecido desde el punto de vista profesional y también desde el punto de sus declaraciones políticas. En esos cuatro años nunca declaró nada en favor del régimen y hasta se podría afirmar que hizo declaraciones incómodas, lo que no era tan habitual en personajes con una exposición altísima como él. Era una de las personas más conocidas de la Argentina. Tanto así que, después del mundial, la revista "Gente" hizo una encuesta sobre quién podría ser el presidente —era la época del "cuarto hombre", iba a haber un presidente fuera de los tres de la Junta— y Menotti quedó segundo, después de Videla. El trabajo de Menotti es impresionante y lo hace en un medio absolutamente hostil, lo querían echar todo el tiempo, los dirigentes de River y Boca no querían ceder los jugadores…

Estaba el Toto Lorenzo, que lo serruchaba para quedarse con el puesto.

—Le serruchaba el piso abiertamente. Lorenzo tiene una década del 70 absolutamente exitosa: sale bicampeón con San Lorenzo, campeón con el Atlético Madrid y tiene el ciclo de cuatro o cinco años en Boca con dos copas Libertadores y un título del mundo. Además tenía experiencia de haber dirigido a la selección en el 62 y el 66. Menotti crea esa estructura de la nada, se sostiene contra viento y marea y, más allá de invocar el regreso a las fuentes del fútbol argentino, habla de trabajo, trabajo, trabajo y trabajo. Habla de entrenar cuatro veces por semana y jugar amistosos. Crea la categoría "Jugador de Selección". Eso no existía; los jugadores no querían ir a la selección. Después hace un plan sumamente riguroso con estudios médicos, con desarrollos, selecciones juveniles. En el 75 crea la selección del interior con jugadores que estaban en el torneo nacional: jugadores de Jujuy, de Córdoba, de Mendoza, de todas las provincias. Podría pensarse que es un gesto folclórico, demagógico. Bueno, de ese plantel de 19 jugadores, 5 fueron campeones del mundo: Villa, Ardiles, Valencia, Galván y Oviedo.

Videla saludando a los jugadores campeones del mundo
Videla saludando a los jugadores campeones del mundo

De todos los mitos que están asociados al mundial 78, ¿cuál es el que más te costó demoler?

—Muy posiblemente sea el principal: que los militares usaron el mundial para tapar los crímenes. Yo partí de esa hipótesis y rápidamente me di cuenta que sucedió lo contrario. El mundial se convirtió en una vidriera de atrocidades. El mundo conoció las violaciones a los derechos humanos en virtud del mundial. Si no, el caso argentino hubiera seguido postergado un tiempo, sobre todo porque el caso chileno ocupaba la cuota sudamericana que los europeos podían soportar en las tapas de sus diarios. Porque había sido anterior y porque Pinochet era claramente un villano.

Pero en ese caso, Rusia se negó a jugar en Chile.

—Claro, en las eliminatorias para el Mundial 74. Pero porque había derrocado a un gobierno comunista. Videla en Europa, y también en la Argentina, tenía fama de moderado. Hay que tener en cuenta que para los europeos, y también para los argentinos, la alternancia en esos años era gobierno democrático, gobierno militar. No digo que estuviera bien ni mucho menos, pero la gente estaba habituada a un período de alternancia y se venía de una violencia pública muy notoria. Además, para los europeos, en el caso argentino no había buenos. Las organizaciones armadas que promovían las denuncias se habían clandestinizado y habían atentado contra un gobierno democrático. Y trataban de infiltrar todos los grupos de boicot, que no estaban integrados por argentinos si no por nativos europeos. Y la plata que tenían era fruto de secuestros: otro dato que provocaba escozor. La naturaleza clandestina de los crímenes también hacía difícil entender cuál era la magnitud, cómo habían sucedido en ese tiempo.

Está el mito de que los holandeses no iban a aceptar la copa de Videla, pero en el 79, en el partido Argentina vs. Resto del Mundo, un holandés sí recibió la de ese partido.

—Lo que se había arreglado era que si ganaban los holandeses, la copa la daba Joao Havelange. Pero eso era, fundamentalmente, para que un Videla derrotado no saliera en la foto con los holandeses. Fue un pedido del gobierno argentino. Un año después se juega el partido y gana Resto del Mundo y Ruud Krol, que era el capitán holandés, sube al palco y recibe esa copa, que no tiene ningún valor, ni siquiera simbólico, de manos de Ernestina Herrera de Noble, de Julio Grondona —que ya era presidente de la AFA— y de Videla. ¡Imaginate si no hubiera recibido la copa del mundo! Esos son los mitos que van construyendo una idea de holandeses resistentes, de los suecos visitando a las Madres de Plaza de Mayo cuando no ocurrió. Los jugadores de fútbol se dedican a jugar al fútbol. No digo que esté bien ni que esté mal, es lo que sucede.

Matías Bauso (a la derecha) habla con Patricio Zunini de su libro “78. Historia oral del mundial”
Matías Bauso (a la derecha) habla con Patricio Zunini de su libro “78. Historia oral del mundial”

Sorprende la cantidad de veces que Borges aparece asociado al Mundial 78.

—Borges aparece todo el tiempo primero porque es una obsesión personal, pero luego porque es un personaje importantísimo: es el único disidente. Durante el transcurso del mundial fue la única voz pública que se opuso firmemente al mundial y no entró en esa locura nacionalista de la alegría por la alegría misma. Él da una conferencia el día de la inauguración, de esas que daba todos los viernes, sobre la inmortalidad y le ponen un televisor sin volumen al lado con el partido de Argentina vs. Hungría y una de las señoras del público —porque eran señoras, nada más— pide que saquen el televisor. Está la foto en la revista "La Semana" con dos patovicas retirando el televisor. Borges lo hace absolutamente a propósito: sabe que está el televisor pero no le importa, él habla de la inmortalidad. Es, junto con James Neilson, el que ve que todas esas masas en la calle no pueden traer nada bueno, que no es un buen indicio. El Mundial 78 es el primer hecho fascista del Proceso. El Proceso fue un gobierno absolutamente autoritario y represivo, pero no era fascista. Era un gobierno sin masas, y lo que incorpora, que es el gran dato fascista, es la vocación de unanimidad. En el suplemento cultural de La Opinión durante el mundial lo destrozan a Borges porque estaba en contra. Es muy impresionante.

¿Hay otro evento deportivo como el Mundial 78 que anude tantos momentos históricos de la Argentina?

—No encuentro así a simple vista.

¿Ni siquiera el secuestro de Fangio?

—No, porque aunque era el deportista más famoso de su tiempo, fue algo muy puntual que no esconde demasiados matices. El mundial muestra tres o cuatro cosas muy evidentes que no se tienen en cuenta. Una: que la política es una de las dimensiones del deporte profesional actual. Ya no se puede hablar del deporte mezclado con la política. La política, como las marcas deportivas, integra el deporte profesional de elite actual. Lo vemos en el mundial de Brasil, en los juegos olímpicos de Río, en el mundial de Rusia con Putin, en los juegos de Beijín. Los únicos eventos deportivos que tuvieron algún efecto beneficioso fueron el mundial de rugby del 95, que Mandela utilizó para unir a la nación, y los juegos olímpicos de Tokio 64, que fue el reingreso de Japón a la comunidad mundial. Otro dato muy evidente es que estos eventos deportivos provocan quebrantos económicos para el país que los organiza y producen muchísimos menos beneficios que los políticos piensan que van a producir. Y, por otro lado, está la pregunta sobre cuánto cambia el humor social con un triunfo deportivo: no cambia nada.

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