Por Sibila Camps

Sibila Camps
Sibila Camps

Caos. Confusión. Desconcierto. No se sabe bien qué pasó. Ni a quiénes. Ni dónde. Tampoco se sabe qué puede ocurrir en las próximas horas, en los próximos días, y eso genera angustia. Ni siquiera se sabe qué está sucediendo ahora mismo. En esa madeja de incertidumbres, la información es el bien más preciado: encendemos la radio y la tele, buscamos las noticias por internet; para decidir qué hacer, para prevenir, para calmar la ansiedad, para poder ayudar. Sin embargo la cobertura periodística de un desastre, una emergencia, un gran siniestro en un medio de transporte –un choque de micros o de trenes, la caída de un avión– es tan caótica como la emergencia misma. Además exige un enorme despliegue físico, emocional y de recursos materiales. Lo peor: apenas es el comienzo, y no hay modo de conocer cuánto puede durar.

Los desastres naturales –en los que siempre tiene incidencia el factor humano– afectan muchos planos de la vida de una comunidad, de una región y hasta de uno o varios países. A la conmoción por las muertes y la penosa recuperación de los heridos o enfermos les siguen secuelas ambientales y grandes perjuicios económicos, que a su vez acarrean pérdida de fuentes de trabajo y desarraigo. La población queda traumada; cambian sus hábitos; aumentan los problemas sanitarios y los centros médicos no dan abasto, o sus profesionales no saber cómo abordar el impacto psicológico.

Es necesario un enfoque multidisciplinario de la cobertura periodística, en especial por parte de quien esté a cargo de la producción o de la edición. Y una formación específica de las y los cronistas, no para conocer en detalle las causas científicas o técnicas de cada catástrofe, pero sí para elegir a quiénes consultárselo. Además, una inundación como la de Santa Fe en 2003, tragedias como la del Colegio Ecos o el incendio de República Cromañón tienen también consecuencias políticas, legales y judiciales, lo que obliga hacerles un seguimiento informativo complejo.

Periodismo sobre desastres
Periodismo sobre desastres

Comencé a cubrir desastres en 1983 en el diario "Clarín", donde trabajé durante treinta años; los hubo de toda clase, aunque con predominio de inundaciones, ya que –a diferencia de la mayoría de los países centroamericanos– en la Argentina prácticamente no se realiza gestión de riesgo, por lo que tropezamos varias veces con la misma piedra. Por extensión fui agregando otro tipo de catástrofes, como las ecológicas (por ejemplo el derrame de combustible del buque "Exxon Valdez" en Alaska, y el empetrolamiento de unos 10.000 pingüinos en Punta Tombo, Chubut), la caída de aviones, y las epidemias y brotes de enfermedades infectocontagiosas.

Con el tiempo caí en la cuenta de que encaraba el trabajo sin estresarme, y que eso se debía al haber desarrollado un método para estas coberturas. Para decirlo de una manera simplificada consiste en concebirlas como un proceso, en el que las preguntas básicas de cualquier crónica (qué pasó, a quién, dónde, cuándo, cómo, por qué) deben formularse de manera específica adaptadas a los desastres y las emergencias, y se convierten en temas-problema a resolver, ya que implican un esfuerzo de producción mucho mayor que para otras notas. Las respuestas pasan a ser, entonces, núcleos informativos que van teniendo mayor o menor importancia a medida que la situación se modifica.

Al principio el foco está puesto en el tipo de desastre, en el lugar donde ocurrió y en las personas afectadas, en especial si hay víctimas fatales; el paso siguiente apunta a las tareas de auxilio; luego se analiza el grado de afectación, no sólo en la comunidad sino también en las vías de comunicación y en los servicios; más adelante se avanza en la probable evolución de la emergencia, y así sucesivamente. El conocer esta mecánica permite programar buena parte de la cobertura e ir adelantando la tarea, al establecer contactos o recoger informaciones para varias notas al mismo tiempo.

Luego de años de cubrir desastres, emergencias y siniestros, Sibila Camps reunió su experiencia en un volumen imprescindible para periodistas
Luego de años de cubrir desastres, emergencias y siniestros, Sibila Camps reunió su experiencia en un volumen imprescindible para periodistas

En la práctica aprendí que cuando hay que desplazarse, hasta las menores decisiones y olvidos –aun para elegir qué meter en la valija– pueden derivar en un problema de salud, un accidente o contratiempos diversos que pongan en riesgo el trabajo; por ese motivo la búsqueda de información comienza cuando hay que preparar el viaje. Las botas de goma, por ejemplo, no sirven para caminar en un campo anegado porque producen vacío. No usar protector solar y gorra o sombrero en determinados lugares puede terminar en una insolación. Sin un adaptador para tomacorriente, en albergues de muchas localidades la recarga de la notebook será imposible.

Decidí volcar esas experiencias en un libro. Ahora, a veinte años de su publicación, se hizo indispensable revisarlo y completarlo a partir de los conocimientos que fui sumando. Elaboré pautas para entrevistar a las personas afectadas, personas que sufren, que están conmocionadas por lo ocurrido. Investigué sobre los mitos de los desastres, que circulan de manera similar en todas las culturas y causan grandes daños. Integré la perspectiva de género, ya que los efectos son más graves y prolongados en las mujeres y a través de ellas se replican en niñas, niños, personas ancianas y con discapacidad.

Periodismo sobre desastres. Cómo cubrir desastres, emergencias y siniestros en medios de transporte (Eudeba) incorpora la actualización que imponen el uso masivo de internet y de las redes sociales. Los teléfonos celulares y sus variadas aplicaciones, en combinación con las redes sociales, han introducido nuevas dimensiones en el periodismo –al punto de borrarse los límites entre medios gráficos, radios y televisión–, que se agigantan cuando suceden hechos conmocionantes.

Es imprescindible conocer cómo utilizarlos al informar sobre emergencias y, sobre todo, ser consciente de su incidencia. Una cobertura incorrecta o incompleta –aun de manera involuntaria o por ignorancia– puede generar muchos males: circunstancias peligrosas, angustia o depresión, decisiones apresuradas e injustas, gastos innecesarios, acaparamiento o desabastecimiento, aumento de precios, etc. Una buena cobertura, por el contrario, apuntará necesidades acuciantes, detectará carencias del Estado, estimulará a buscar responsables, ayudará en la resiliencia, recordará qué se debería hacer para que no se repita la tragedia.

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