Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país
Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país

Dicen que los martes a la noche de 1972, cuando salía la telenovela "¡Rolando Rivas! (Taxista)", se paraba el país. Dicen que las escuelas nocturnas terminaban una hora antes y que el entonces presidente de facto, el General Alejandro Lanusse, tuvo que mover las reuniones de gabinete de día, porque los ministros querían ver la novela. Dicen que Claudio García Satur —que interpretaba a Rolando Rivas— había logrado tal identificación con el personaje, que los choferes, tomándolo por un colega, lo paraban en la calle para preguntarle cuántos viajes había hecho en el día.

"¡Rolando Rivas! (Taxista)" tal vez sea éxito más renombrado de Alberto Migré, pero no el único. Le decían el señor éxito, el rey Midas de la televisión. Fue el escritor de las telenovelas más vistas de la Argentina. Fue autor de, entre otras, "Pobre diabla", "Piel naranja", "Una voz en el teléfono", "Inconquistable corazón", "El Rafa". Una lista de hits que lo ponen en la cima del género; aún más: que lo convierten en sinónimo del género. Tanto así que muchos piensan que "El amor tiene cara de mujer" o "Un mundo de 20 asientos" son suyas —no lo son: la primera es de Nené Cascallar, la otra de Delia González Márquez.

Liliana Viola —editora del suplemento "Soy" de Página/12 y autora de El libro de los testamentos y Los discursos del poder— acaba de publicar Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país (Sudamericana), una biografía del autor icónico de la cultura popular argentina, a la vez que el retrato político y social de una época. El Migré de Viola es escurridizo, pero también dominante y controlador, todavía muy presente en quienes trabajaron con él aunque hayan pasado diez años de su muerte. Es un enigma a resolver, un misterio. Porque el secreto, materia central de la telenovela, también lo fue en su vida.

Liliana Viola habló con Grandes Libros de Migré, el autor, y de Migré, su libro. Sin duda, uno de los libros del año.

Alberto Migré
Alberto Migré

¿La sociedad argentina sería distinta sin Migré?

—En los 70, la crítica de izquierda sentía que Migré tenía una influencia nefasta en la sociedad, que adormecía a las mujeres y alivianaba los conflictos sociales. Ahora, que ha pasado tanto tiempo, es más fácil cuestionar aquella crítica. Para un sector de la sociedad, Migré forma parte de su memoria sentimental. Yo me interesé por cómo se construye esa memoria, qué recuerdos hay en los espectadores. Lo que subyace es un recuerdo de hábitos de consumo, hábitos de mirada de televisión, cierta cohesión familiar dentro de una gran crisis de la familia. Teniendo en cuenta la influencia y la cantidad de horas, creo que sí, la sociedad sería distinta. No sé cómo, eso ya sería contrafáctico, pero distinta.

Mencionabas la crítica hacia el género telenovela por alivianar las contradicciones sociales, pero, por otro lado, siempre hay transgresiones y conflictos familiares.

—Ya los radioteatros del 40 y 50 estaban llenos de transgresiones familiares, abortos, hijos desaparecidos, un montón de temas que no se hablaban en las casas. Son elementos que significan un punto de fuga, una posibilidad de transitar ciertos temas eróticos, sobre todo, en las espectadoras. Por supuesto, en la telenovela hay una serie de fórmulas que no son para nada transgresoras, pero Migré tenía una obsesión por mostrar la corrupción dentro del núcleo familiar. Mientras la oferta del momento eran los Campanelli, la cosa del domingo y la familia reunida frente a la tallarinada, él, en esa misma familia, encontraba pulsiones sexuales, envidias, competencias. Ahí centraba las tramas.

¿Por qué Migré no alcanzó la condición de Manuel Puig? Mientras Piglia destacó la literatura de Puig como una de las vanguardias del siglo XX junto con Walsh y Saer, a Migré lo vemos como alguien que trabajaba en la tele.

—En principio diría que porque así fue: Migré es alguien que trabajaba en la tele. Puig en un momento fue tan despreciado como Migré, pero hizo una operación dentro de la literatura. Migré nunca pretendió salir de la televisión, no tenía esa aspiración. Hacía televisión de un modo muy particular que lo emparentaba con Puig en cuanto al cruce de géneros, a la conciencia plena de lo que se está haciendo, a cómo se usa los materiales, pero creo que no se los puede comparar porque Migré hacía productos efímeros. A Puig lo podés volver a leer, lo podés analizar, lo puede tomar la Academia. En cambio, gran parte de lo que hacía Migré se perdió. Él, por ejemplo, no quería volver a pasar las telenovelas, que, además, muchas veces se grababan arriba de los capítulos anteriores. Migré guardaba los libretos, pero para vampirizarse a sí mismo, nunca pensó en guardar las tiras porque no las quería volver a pasar.

¿Tampoco le interesaba el cine?

—Le habían propuesto muchas veces hacer cine. Tinayre recontra quería que lo ayudara a escribir "La Mary", pero él era consciente de que su trabajo estaba en este género. Cuando le ofrecieron hacer "Rolando Rivas" en cine, él entregó los derechos —se quedó con el dinero, obviamente—, pero no escribió el guion. Y, por supuesto, no le gustó cómo quedó porque, para él, la división en capítulos era fundamental. ¿Cómo reducir algo que se tiene que extender por 30 capítulos en una película?

En algún momento se lo vincula a Migré con Eva Perón y el peronismo, luego Rolando Rivas tienen un hermano guerrillero que pertenece a una organización similar al ERP. Quería preguntarte sobre la relación entre política y telenovela.

—El melodrama como género ha atravesado mucho el discurso de la política. Expresiones como "limpiar con sangre un país" o "cortar la mano del delincuente", si las analizamos bien, surgen del modelo melodrama. En el caso de Migré, yo no creo que tuviera una conciencia política muy definida. Él trata de traducir lo que considera que está pensando su público. Por lo tanto, hay cambios ideológicos bastante importantes. No viene con una ideología muy pensada, muy armada. En la primera parte de "Rolando Rivas", Migré se impactó por el secuestro de Oberdan Sallustro e intentó ponerlo en la telenovela, pero la situación de la sociedad era tan compleja que se encontró con lecturas tremendas. El gobierno militar consideraba que estaba tratando demasiado bien al guerrillero; la izquierda que lo estaba tratando demasiado mal. Entonces, decide matarlo y en la muerte se empeoran las cosas. En la segunda parte de Rolando Rivas, ya decididamente está en contra de la violencia: la nueva heroína es una mujer separada, que ha dejado al marido porque el tipo está combatiendo, y se pregunta hasta qué punto un guerrillero puede cumplir con la familia, el amor, la educación de un hijo. Mientras con "Rolando Rivas" había sido reaccionario, de pronto "Piel naranja" se vuelve revolucionaria porque su protagonista es un paraguayo que tiene ya en el título el insulto, la xenofobia "suave" argentina.

Arnaldo André y Marilina Ross en “Piel naranja”
Arnaldo André y Marilina Ross en “Piel naranja”

El secreto, tan importante en la telenovela, también recorre la vida de Migré y de los actores. Nora Cárpena dice que sin secreto no habría libro.

—Bueno, pero con tanto secreto casi que tampoco hay libro. He hecho unas 60 o 70 entrevistas y me encontré con que todo el mundo tenía un gran agradecimiento hacia Migré. Más de la mitad de las personas se pusieron a llorar cuando hacían la entrevista; han pasado más de diez años de su muerte y actores y actrices todavía lo lloran. Y también hay una especie de terror a lo que él podría decir desde el más allá. Miraban al grabador como si fuera él, después miraban hacia arriba y me decían: "De eso no voy a hablar". Todo lo relacionado con su vida amorosa fue una especie de telenovela. No es que no hablaran, me daban una mínima pauta; justamente eso es el secreto: una bomba de tiempo a develar. Por supuesto, el secreto es el motor de toda telenovela y Migré lo sabía trabajar como nadie. Me asombró que muchos citaran frases de él que luego vi que eran de Hitchcock. No sólo estudiaba a Hitchcock para copiarle estrategias, sino también los modos. Incluso los cameos. Hay uno en "Rolando" que es fundamental. Pero, como dice Nora Cárpena, el secreto es fundamental en la telenovela y en el libro también. Y me pareció que estaba bien porque lo pide el género y la vida de Migré también.

La telenovela de Pol-Ka repite de algún modo el modelo de Romeo y Julieta atravesado por el costumbrismo…

—[Interrumpe] Esa definición está bien para Migré, paradójicamente. Las telenovelas de Pol-Ka, sobre todo "Gasoleros", tienen sin duda la marca Migré. El amor de pareja no puede faltar en el género y por eso lo sigue manteniendo Pol-Ka. Si no hay un amor imposible que en algún momento debe concretarse no es telenovela, es otra cosa.

¿Se puede aplicar algo del género telenovela a las series de Netflix?

—Comparadas con la telenovela, las series tienen prestigio. Si no sé de qué serie están hablando en una reunión, me quedo afuera. En la época de Migré se hablaba de las telenovelas, pero era otro tipo de conversación. Era una conversación en secreto. Ahora si no vi "Black Mirror" —si no vi "Lost" en su momento— soy una inculta. Una de las razones para mirar series es para estar adentro, para pertenecer. Con las telenovelas sucede todo lo contrario. Eso, por un lado. Luego, las series se miran de un tirón, lo que hace un modo de lectura más cercano al libro. La telenovela de Migré no lo admitía porque él jugaba con que vos te quedaras una semana entera pensando, recordando, lo comentaras con tu prima, una amiga, tu hermana. Todo eso que hoy ocupa el reality, la serie no lo tiene. Otra gran diferencia es la producción: uno puede mirar series por la reproducción de época, el maquillaje, la onda del personaje. Eso, en la época de Migré, era para matarse. En los 80, cuando viene el destape de la democracia, las telenovelas de Migré trataban mucho de sexo explícito crudo y entonces transcurrían en los dormitorios. Los dormitorios de Canal 9 son lo más feo que te puedas imaginar.

Si lo tuviéramos a Migré con todo el dinero para la producción, ¿cambiarían sus telenovelas?

—¡Estarían buenísimas! Se conservan prácticamente todos los libretos de Migré. Con talento y sensibilidad, agarrás esos libros como los agarraba él y se podría armar algo muy bueno. Hay material.

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