Juan Carlos Lombardi, hoy y ayer, sobre los escombros de la AMIA, con su perro Lupo. Y Alejandro Mirochnik, a quien rescataron. Foto: Matías Campaya/GENTE y Archivo Atlántida
Juan Carlos Lombardi, hoy y ayer, sobre los escombros de la AMIA, con su perro Lupo. Y Alejandro Mirochnik, a quien rescataron. Foto: Matías Campaya/GENTE y Archivo Atlántida

"El 18 de julio de 1994 yo tenía 32 años y hacía 16 que estaba empleado en el Departamento de Prensa de la DAIA. Había ido a buscar los diarios al kiosco de Pasteur y Corrientes, como todos los días. Volví y subí al ascensor, pero nunca llegué al quinto piso", recuerda Alejandro Mirochnik (57), profesor de educación física, que cumplía su labor en Pasteur 633.

A las 9.53 de aquel día, un coche bomba voló el viejo edificio de la comunidad judía. Mató a 85 personas. Hirió a más de 300, entre ellas Alejandro, que no se enteró de la magnitud de la tragedia hasta bien entrada la tarde.

Su testimonio estremece: "No escuché el ruido de la explosión. Recuerdo que una compañera que atendía el ascensor decía que en cualquier momento se iba a caer, porque no le hacían mantenimiento y era viejo. Justo esa vez ella había ido al baño y estaba solo. Sentí como si se hubieran cortado las cuerdas que lo sostenían y caí. Lo primero que pensé fue: '¡Justo a mí me tuvo que pasar!'. Recién cuando me sacaron supe que había sido un atentado".

18 de julio de 1994, el horror de la AMIA. Foto: GENTE/Archivo Atlántida.
18 de julio de 1994, el horror de la AMIA. Foto: GENTE/Archivo Atlántida.

Aquella mañana, a unas 15 cuadras de allí, Juan Carlos Lombardi (55) atendía su joyería de la calle Libertad. "Hace más de 35 años que me dedico al rescate con perros. Y fui miembro de las Fuerzas Armadas italianas durante dieciséis años. En esa época tenía a Lupo, un ovejero alemán traído de Italia dos años antes, entrenado con certificación internacional. Ya habíamos estado juntos en dos terremotos. Su trabajo era detectar el olor humano, para que los bomberos extrajeran a la víctima. Media hora después del atentado me llamó un amigo, Sergio Burstein, porque no localizaba a su mujer en la AMIA. De inmediato me fui hasta San Isidro a buscar al perro, y a eso de las 11.30 llegué a Pasteur. La Policía Federal me autorizó a colaborar y empezamos", recuerda hoy, rodeado por los ladridos de los perros que entrena en la Asociación Civil Escuela Canina de Catástrofes, en el barrio de Barracas. La fundó en 1995, un año después de la tragedia. Él, con Lupo, encontraron a Alejandro entre los escombros. "En ese momento no había perros de rescate en la Argentina. Hoy hay 125 a nivel nacional. Somos una ONG sin fines de lucro. No recibimos aportes del Estado. Nos solventamos con una mínima cuota social. Ya estuvimos en los terremotos de México, Ecuador y Chile", cuenta con legítimo orgullo.

Juan Carlos Lombardi y el ovejero alemán Lupo, en plena tarea de rescate en la AMIA. Foto: Archivo Atlántida.
Juan Carlos Lombardi y el ovejero alemán Lupo, en plena tarea de rescate en la AMIA. Foto: Archivo Atlántida.

Es la segunda vez que rescatista y víctima se ven en sus vidas. La primera fue cuando hicieron la foto para la muestra Veinticinco, que la AMIA preparó para conmemorar los 25 años del atentado y por estos días se exhibe en el Consulado Argentino en Nueva York. Y por primera vez dan una entrevista juntos. "Por Juan Carlos tengo el máximo de los respetos. Es un orgullo que exista gente así", dice Alejandro. Lombardi se emociona hasta las lágrimas: "Nunca me encontré con un rescatado. Me hace mal en lo profesional. Prefiero estar a un lado para no encontrarme débil, el día de mañana, al hacer un rescate".

Juan Carlos Lombardi y Alejandro Mirochnik junto a Athos, un ovejero que entrena el primero en la Escuela Canina de Catástrofe, en Barracas. Foto: Matías Campaya/GENTE
Juan Carlos Lombardi y Alejandro Mirochnik junto a Athos, un ovejero que entrena el primero en la Escuela Canina de Catástrofe, en Barracas. Foto: Matías Campaya/GENTE

DE LA OSCURIDAD A LA LUZ. No bien se produjo el derrumbe del edificio, fueron muchos los que se acercaron en auxilio de las víctimas. Según el adiestrador –que además es bombero voluntario– esto dificultó las cosas: "Era un caos. La multitud que había sobre los escombros era causal de más muertes de quienes estaban debajo de ellos. Porque tapaban los agujeritos mínimos que pueden dar oxígeno. No había un comando para manejar el siniestro. La ansiedad hacía que muchos quisieran ayudar, pero no de la manera correcta". Junto a su perro comenzaron a caminar entre restos de paredes, pisos y muebles. El olfato del ovejero alemán no demoró en hallar víctimas y sobrevivientes: "Lupo localizó a dos personas bajo una losa, y un punto en un ascensor en la parte de abajo. Entonces, los bomberos empezaron a sacar escombros en el lugar donde estaba Alejandro".

Sepultado por toneladas de piedra, madera e hierro, Mirochnik ignoraba lo que sucedía arriba. "Me ubiqué en la posición más cómoda posible. Era todo oscuridad y sentía una viga que me apretaba el pie derecho. Ni me movía. Pasó el tiempo y empecé a pensar en mi futuro como triatleta. Esperaba a los bomberos, sin imaginar lo que ocurría afuera. Escuché un helicóptero, muchos gritos por momentos y un silencio total en otros. Con el correr de las horas apareció una luz. Tenía la boca seca y me di cuenta de que mi pierna estaba quebrada. Atiné a pararme y me evadí por el agujero que provocaba la viga, que estaba en forma transversal. Escapé por las cuerdas del ascensor, hasta ver la bota de un bombero, y empecé a pedir auxilio. En mi enojo, les grité: '¿No saben Carlitos y su gente que se cayó el ascensor? ¿Por qué tardaron tanto tiempo?'. Me refería al jefe de seguridad, con quien me llevaba muy bien. Entonces alguien me dijo: 'Carlitos (Hilú) y todos ellos están muertos. Los cinco pisos de la AMIA están sobre tu cabeza. Son las tres de la tarde. Tené paciencia, nos va a llevar un rato llegar a vos'. Yo los veía como a dos metros de distancia. Me pasaron una manguerita con agua y oxígeno. Al rato me tiraron una campera de cuero para que me ponga en la cabeza. En un agujero chiquito, de veinte centímetros de diámetro, vieron que había dos vigas atravesadas. Era todo lo que había entre ellos y yo. Con una sierra las cortaron, me alcanzaron una cuerda, me subieron, me acomodaron en una camilla y me pusieron un cuello de plástico. Ya serían las seis y media, siete. Y ahí vi Pasteur, el caos, la destrucción. Temblaba y me puse a llorar". De inmediato fue enviado al Hospital de Clínicas. Allí se enteró de que entre los muertos estaba su tío, Naum "Bubi" Mirochnik, uno de los mozos de la mutual.

Alejandro Mirochnik y Juan Carlos Lombardi. Rescatado y rescatista volvieron a encontrarse. Foto: Matías Campaya/GENTE
Alejandro Mirochnik y Juan Carlos Lombardi. Rescatado y rescatista volvieron a encontrarse. Foto: Matías Campaya/GENTE

Lombardi y Lupo continuaron la tarea de búsqueda y rescate: "Estuve durante tres días, hasta que llegó el equipo de Israel. Colaboré con ellos hasta que descarté que hubiera más gente con vida. Ellos creían que sí, pero les dije que Lupo me los hubiera marcado". 

1994-2019. Hoy, Alejandro mira una foto junto a su tío Bubi y asegura que "nunca recuperé esa inocencia y felicidad". Tras su rescate superó otro calvario: "Los siguientes ocho meses estuve enyesado en el hospital. Tenía la pierna fracturada en tres pedazos: tibia, peroné y astrágalo. Algunos me decían que había que amputar, y yo respondía que si me cortaban la pierna, me cortaban la vida. Finalmente, en el quirófano soldaron lo que pudieron. Me quedó tres centímetros más corta. Cada día, cuando me levanto, me duele el pie. Pero pude volver a caminar, y después a correr. El atentado me hizo más fuerte". Ya compitió en 13 Iron Man.

Dos años después del atentado, Mirochnik –padre de Joaquín (19) y a punto de recibirse de psicólogo social– dejó de trabajar en la AMIA. Al mismo tiempo moría Lupo, el ovejero que ayudó a rescatarlo e inspiró a Juan Carlos a crear su escuela canina. El destino tiene esas simetrías. A 25 años de aquel momento de dolor, y aun sin verse en todo ese tiempo, la historia los hermana. Por eso, en la despedida, sólo quedaba una palabra por decir en boca de Alejandro: "Gracias". 

por Hugo Martin
fotos: Matías Campaya y Archivo Atlántida

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