En un país donde se discute todo, la única coincidencia general es que su Boca juega mal (Foto: NA)
En un país donde se discute todo, la única coincidencia general es que su Boca juega mal (Foto: NA)

Alfaro se quiere encadenar a Boca. Esa parece su táctica discursiva en las últimas apariciones públicas. Apoyado en el juego que más cómodo se siente, se defiende ahora fuera de la cancha. No está nada mal querer quedarse en un lugar de privilegio para cualquier entrenador. El problema es que cuando enfrenta los micrófonos no tiene al arquero Andrada para taparle los errores. Ya ni siquiera habla del primer puesto en la tabla de la Superliga para chapear con algunos resultados. Mucho más escondida tiene su mirada sobre el bajo nivel de su equipo. En un país donde se discute todo, la única coincidencia general es que su Boca juega mal. Ni siquiera la camisetean varios de los más fanáticos. Alfaro dispara desde otro lugar. Raro para alguien moderado e inteligente como él, hace tiempo que busca quedar bien con la tribuna hasta con algunos enojos que suenan impostados. Se quedó encerrado en la noche de la eliminación contra River. En su última conferencia sin preguntas sobre el 0 a 0 con Vélez denunció que su Boca quedó afuera de la Copa “por cosas extrafutbolísticas”. Ponderó que ganó la vuelta olvidándose de que era el famoso partido de 180 minutos... Y dejó un interrogante: ¿Cuando dice que prefiere que le den el que cree penal en vez de tantos foules asume que la mitad de las faltas de River las inventó el árbitro?

Se podría pensar que Alfaro resuelve mal una de las situaciones que antes manejaba perfectamente: la comunicación. A veces se confunde una verba florida con hablar bien. Ya había quedado expuesto al avisar que quería recuperar su vida, frase que se empecina en decir que el mundo entendió mal al darse cuenta de que detonó al Mundo Boca. Desde el primer día en realidad subestimó el cuadro por cuadro con el que se analiza a un gigante a nivel mundial. Al saber que no tenía espalda en su nuevo cargo, buscó construir poder levantando a Tevez como la bandera del equipo. Lo usó para ganar paz interna y al tiempo sus palabras quedaron en offside. Igual, queda en un detalle con el último hit. Alfaro comparó –o de mínima quiso ver semejantes, para ser más rigurosos– el arranque de Pep en el City con el suyo en Boca. “Hay un jugador que estuvo en el exterior que me dijo: ‘En el primer año de Guardiola en el Manchester le trajeron muchas figuras y terminó tercero. Y después, se cansó de ganar todo. Nosotros vemos que Boca va por ese camino. Queremos que sigas con nosotros en este proceso’”, confesó sin nombrar al futbolista. ¿Habrá sido Lisandro López, a quien Boca le compró el pase después de rendir en un equipo más cómodo para defensores que atacantes? ¿Quien lo dijo, más allá de que su opinión es respetable, contemplará que el juego tiene dos facetas, defender y atacar? ¿Alfaro blanqueará también qué dicen por lo bajo los delanteros, los que se sintieron aislados y expuestos, sobre los movimientos tácticos de su primer año y los de Guardiola?

Alfaro y algunos jugadores por momentos parecen no entender que están en Boca. Mientras los hinchas de Vélez todavía le gritaban “equipo chico” a Boca después del 0 a 0, Lisandro López declaró para la TV que “el punto en esta cancha sirvió”. Andrada presentó que se está generando un “nuevo clásico”. Y el entrenador se quejó del arbitraje. Es verdad que no siempre hay que tomar el castigo del hincha rival como un análisis exhaustivo del juego. A veces entender la inferioridad tiene que ver más con ser inteligente que con ser cobarde en términos futbolísticos. Tan cierto como que esa crítica había llegado antes de las tribunas de River y de Defensa y Justicia. Se sabe de qué habla ese canto cuando se hace masivo. “Se cambiaron los roles. Parecían ellos más pequeños y nosotros muy grandes”, declaró Beccacece, técnico de ese Defensa, del partido que perdió 1 a 0 en febrero contra un Boca al que bailaron. Y eso que pocas veces se ha metido en polémicas. “No queríamos ser el partenaire de nadie”, se enorgulleció Alfaro después del 0 a 0 el día que se recordará por Soldano de 8. En ese juego de declaraciones, también Alfaro y Beccacece se mostraron al revés de los escudos que lucían en los buzos. Alfaro siempre supo que llegó porque Boca había perdido con River la final y su objetivo era vengar ese dolor. No empatar con Vélez.

Con el muy buen equipo del respetadísimo Gringo Heinze –que el domingo no jugó un gran partido y otra vez le faltó gol– le terminó sirviendo la expulsión de Fabra. Aunque parezca un disparate. Así pudo recostarse más en su defensa y de a ratos hacer tiempo con esa coartada. Desde Andrada a Hurtado, los dos dejaron correr el reloj. Como si no se hubieran visto cientos de equipo que multiplican esfuerzos cuando quedan con 10 jugadores. Ya no es una crítica con saña, de las que se queja Alfaro. Que puede haberlas en un medio en el que se multiplicaron las voces irrespetuosas en todos los soportes, hay que reconocerlo. El tema son las futbolísticas, entender que en Boca tiene más exigencia que en otros equipos donde dirigió. El propio Oscar Ruggeri, alguien que no está en el rubro de los críticos crueles, sentenció en 90 Minutos que “el ciclo de Alfaro es malo”. Otro día, en una especie de catarsis televisada después de River, el Cabezón también contó que al ver a Alfaro se acordó de él mismo cuando decidió no dirigir más. “No está preparado. Boca lo superó. Como la Selección lo superó a Sampaoli”. O sea, no se habla de un mal entrenador sino de alguien a quien en este momento Boca lo desbordó.

Nadie le quitará a Alfaro los más de 900 partidos dirigidos, los títulos ni el respeto que recordó el otro día de Burdisso y Matellán, a quien dirigió. Sería injusto también no reconocerle méritos en Boca. La solidez defensiva con el punto más alto en Andrada, la consolidación de la dupla López-Izquierdoz, el porcentaje de puntos ganados, la Supercopa Argentina contra Central, la llegada de Alexis Mac Allister (aunque lo usó poco en su mejor lugar en la cancha), darles minutos a juveniles como Capaldo y Weigandt y más rodaje a Bebelo. Así, saliendo del defender por defender o atacar porque no gusta su estilo, aparece también una lista larga de errores. Un equipo que rotó mil veces de nombres por cierto temor a las caras de un vestuario con más de un pesado y así jugó mal seguido. Los planteos con River en el Monumental: en el partido de la Copa pudo haber perdido 3 a 0 cuando revoleó delanteros a la cancha, es una falacia quedarse en la jugada que desperdició Capaldo. Las posturas defensivas repetidas sin tantos movimientos de ataque. Y si se habla de resultados, perdió poco pero feo. Con River en semifinales de Copa Libertadores. La final de Copa Superliga con Tigre y Copa Argentina con Almagro... Hoy queda rehén de esas fallas que dejan huellas. Que harían antipopular su renovación. Aun cuando el jugador anónimo –por lo menos por ahora– lo pueda ver como Pep Alfaro y el entrenador lo use para atarse a la silla que entregó la noche contra River.