Era la imagen del coraje. Los podía haber más rápidos que él, más técnicos o con mayor pegada. Pero, él, Roberto Mano de Piedra Durán, era el más guapo de todos.

No había ninguna duda. En un deporte que sólo permite valientes, él era el más valiente de todos los boxeadores en actividad.

Hasta que pronuncio en castellano esas dos palabras que entendieron en todo el mundo.

No más.

Eso dijo, al tiempo que le daba la espalda a su rival. Después se sentó en su banquito con gesto indignado. Sentía algo peor que la derrota. Se sentía humillado.

Le costó años a Durán recuperar el prestigio. De nada importó que a ese enfrentamiento hubiera llegado con un récord de 72 peleas ganadas y una sola perdida. De esas 72 varias (casi todas) fueron batallas épicas y encarnizadas. Pero todos se olvidaron de eso después de que él pronunciara esas dos palabras.

Mientras que Sugar Ray Leonard había aprendido de su derrota de hacía cinco meses, Mano de Piedra había sobreestimado su victoria. La revancha en Nueva Orleans lo demostró. Esta vez, Ray Sugar Leonard se divirtió con Durán. Pegaba y salía. Los golpes del rival no lo alcanzaban.

La pelea se definió en cuatro guantazos. Dos por lado. Pero ninguno llegó a destino, ninguno impactó en el cuerpo del oponente. Cuatro movimientos en el aire, cuatro gestos que describieron a la perfección estados de ánimo contrapuestos.

Sugar Ray Leonard le ganó a los mejores de su época, pero solo Mano de Piedra Durán lo derrotó.
Sugar Ray Leonard le ganó a los mejores de su época, pero solo Mano de Piedra Durán lo derrotó.

El primero fue de Leonard. Corría el séptimo round. Hasta allí Leonard controlaba el combate aunque su dominio no era abrumador (los jueces lo tenían con dos puntos de ventaja en las tarjetas). Comenzó a bailotear alrededor del rival con unos asombrosamente gráciles y veloces movimientos de piernas. Durán lo perseguía sin poder alcanzarlo. Parecían el Coyote y el Correcaminos. Todos los ardides para darle caza eran torpes e infructuosos. En los pocos momentos en los que el panameño lograba acercarse, Leonard prevalecía en el intercambio de golpes.

Volvamos al gesto. Después de golpear con tres puñetazos precisos en la cabeza del rival, Ray Sugar volvió a su bailoteo artístico y exasperante (para el rival). De pronto se detuvo, acercó su cara a las manos de piedra y agitó sus hombros en señal de desafío. Cuando Durán sacó un golpe lleno de furia, la cara del moreno ya no estaba más. Tres veces le ofreció el rostro. Tres veces Durán marró el golpe. Tres veces Leonard salió ágilmente hacia un costado. Fue en ese momento en el que, en lugar de acercar la cara, acercó su guante derecho abierto contra la pera del rival. No le pegó. Sólo le hizo el característico de que se acercara, abriendo y cerrando los dedos contra la palma de su mano. Al terminar ese round, Leonard había cosechado risas y admiración. Apenas sonó la campana, Durán agitó su guante en dirección al suelo en señal de desprecio hacia el rival. Ese desprecio intentaba disimular impotencia y vergüenza.

El tercer gesto fue de Leonard. En el siguiente asalto, otra vez se paró frente a su oponente con los brazos caídos al costado del cuerpo con la barbilla como tentador anzuelo. Pero esta vez no le bastó con eso. De pronto hizo girar su brazo derecho como un molinete, preparaba el famoso bolo punch. Con el panameño agotado y humillado, hipnotizado por ese brazo derecho giratorio y esas piernas prodigiosas, Leonard impactó con su puño izquierdo en la cara de Durán. Fue un mero toque, sin violencia, una mojada de oreja. Un mero cachetazo. Debe haber sido el guantazo cargado con el mayor sarcasmo de la historia del boxeo. Fue como un beso en la frente dado por una mujer de la que se pretende deseo y erotismo pero de la que solo se recibe afecto lastimero (“Como un beso de hermana mayor", diría Mailer). Ese leve toque, esa caricia paródica dejó groggy al bravo Mano de Piedra. A los pocos segundos, giró sobre sus talones, le dio la espalda a su rival (y a su historia personal de gestas en el ring) y levantó su guante derecho haciendo el cuarto y definitivo gesto de la noche. Lo agitó pendularmente, de derecha a izquierda. Negaba algo. El árbitro pareció no entender. Ordenó que ambos boxeadores retomaran las acciones. Tal vez no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Durán abandonaba.

Y Mano de Piedra repitió el gesto y el oprobio: volvió a agitar su brazo de derecha a izquierda. Un gesto universal acompañado por dos palabras en español: “No más”.

Disponible desde hace unos días en HBO y en Flow, Yo soy Durán es un documental que recorre la trayectoria profesional de Roberto Mano de Piedra Durán, el mítico boxeador panameño. La narración es convencional por más que cuente con voces como las de Ray Sugar Leonard, Mike Tyson, Ricky Hutton, Don King, Bob Arum, toda la familia Durán y hasta el ex dictador panameño Manuel Noriega. La otra debilidad ostensible es forzar el paralelismo entre el boxeador, Omar Torrijos, el Canal, Noriega y todo la historia reciente del país centroamericano: cómo no entendiendo que Durán atraviesa todo eso, que es una excepción, que lo que su figura representa para sus compatriotas está muy por encima de los avatares políticos y que estos de ninguna manera signaron su trayectoria. Pero, aún sin novedades formales, logra reflejar la extraordinaria vida de Durán. El mayor hallazgo lo constituyen las grabaciones -la gran mayoría en blanco y negro- de las primeras peleas de Mano de Piedra.

Proveniente de El Chorrillo, uno de los barrios más pobres de la capital de su país, Durán surgió como un boxeador feroz que a fuerza de knock-outs se fue abriendo camino. Muchos especialistas lo consideran el mejor peso ligero de la historia. Era un guerrero inclemente, que no le daba respiro a sus rivales y que los demolía. Sin embargo su gran fama llegó con el cambio de categoría. Fue uno de los Cuatro Reyes que animó el boxeo durante los años 80. Dando ventaja de contextura física, Durán integró ese grupo selecto con Leonard, Marvin Hagler y Tommy Hearns. Todos se enfrentaron con todos, nadie rehusaba el reto. Leonard es el único que logró ganarle a los otros tres. Durán fue el único que perdió con los otros tres. Pero Mano de Piedra también fue el único que derrotó a Leonard.

Y ese enfrentamiento, pese a todos los logros anteriores y posteriores (fue campeón del mundo en cuatro categorías diferentes), fue el que signó su carrera.

Buenos tiempos para el panameño, con el humorista Redd Foxx y el promotor Don King. (Shutterstock)
Buenos tiempos para el panameño, con el humorista Redd Foxx y el promotor Don King. (Shutterstock)

En junio de 1980 en Montreal se enfrentaron por primera vez. Leonard invicto en 27 peleas, medallista olímpico, bien parecido, delicado declarante, en su categoría natural, era el favorito. A Durán poco le importó. En las semanas previas desató una guerra psicológica. Era algo más que las típicas bravatas que aman los promotores para atraer público. Logró meterse en la cabeza de su rival, lo llevó a su terreno.

Leonard subió al ring enojado con el Cholo (el otro apodo de Durán). Dispuesto a demostrar que además de técnica prodigiosa, también portaba coraje. La pelea fue un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, una lucha de trincheras, donde prevaleció la experiencia y resistencia de Durán. Esa victoria fue su apoteosis. Una multitud lo recibió en Panamá. Fueron varios meses de festejos. Mujeres, alcohol, fiestas, excesos. Hasta que una tarde recibió un llamado. Debía pelear la revancha. Tenía sólo un mes y medio para bajar de peso y volver a enfrentarse a Leonard.

Ray Sugar había aprendido la lección. Se entrenó con la misma seriedad de siempre pero dispuso un plan táctico que no se permitiría violar. Esta vez sería él el que impondría las condiciones.

Cinco meses después de verse las caras por primera vez, volvieron a subir al ring en Nueva Orleans. Durán se había dedicado a dejar en el camino los kilos de más; toda su energía se escurrió en la tarea. Los primeros rounds fueron más parejos de lo que el recuerdo indica. Pero el tono del combate era muy diferente al anterior. Leonard pegaba y salía, bailoteaba, marcaba puntos. Durán, exasperado, lo buscaba, lo perseguía pero no lo encontraba. Y se cansaba. Luego vinieron esos dos rounds cuando la frustración, el cansancio y la vergüenza secaron a Mano de Piedra.

Leonard había logrado su cometido que era mucho más que ganar la pelea y recuperar el cinturón de campeón. Lo había vencido. En toda la amplitud del término. Se había quedado con su alma, le robó lo más preciado: hasta el último vestigio de dignidad. Lo humilló.

Durán alegó que había sentido fuertes calambres en el estómago y que eso le había sacado fuerzas. Nadie le creyó. Su veterano entrenador, Ray Arcel (otra leyenda), prefirió no mentir. Dijo que no sabía qué había pasado con su boxeador, el más corajudo que había conocido. Los periodista sentenciaron que era el fin de Durán y de toda la mitología de macho creada a su alrededor. Don King, su promotor, el mismo que se paseó triunfalmente por la ciudad de Panamá en el vehículo en el que Durán saludaba (insólitamente Don King también lo hacía) unos meses antes, dijo que era una vergüenza para el boxeo, que estaba acabado.

Naturalmente, Durán, una vez más, renació. Se fue a entrenar a la cárcel de la Isla de Coiba, en la que residían los peores criminales. Desde ahí preparó su resurgimiento. No fue sencillo. Tuvo que volver a pelear contra varios aspirantes hasta tener otra gran oportunidad. Esta vez en los Súper Welters. Su knock-out ante Davey Moore fue sorpresivo e impactante. Tras esa victoria se lo vio más eufórico y alegre que de costumbre. Se sacó un peso de encima. No hubo insultos, ni se tomó de los genitales, ni exhibió viejos rencores. Cantó con el público y sonrió con amplitud.

Mano de Piedra estaba de vuelta.

Después vendría una gran pelea contra Hagler, una derrota terrible contra Hearns, otro título del mundo, la tercera con Leonard y un ocaso intrincado, con peleas más parecidas a shows decadentes que a otra cosa.

Roberto Mano de Piedra Durán fue uno de los más grandes de la historia. Se recuerdan sus triunfos y su caída. Tal vez, el momento central de su carrera sea el que menos lo representó, el de la pelea del No Más. Porque permitió valorar todo el resto, lo que sucedió antes y después de ese momento. Porque ese momento de debilidad, público, a la vista de todo el mundo, lo humanizó, lo mostró vulnerable. Y a la luz de él, descubrir la dimensión de sus gestas en el ring.