Desde chicos, a los que amamos el fútbol, nos enseñaron a cuidar la pelota, a tenerla, a seducirla. Hoy, pasado el tiempo, nos damos cuenta de que en el fútbol profesional aquello de tenerla, de cuidarla, de protegerla, termina siendo un vicio. Esto es lo que le está pasando al fútbol argentino en este momento: hemos visto que jugadores sin mucho vuelo, que juegan en países periféricos del centro de Europa ,  juegan para el seleccionado argentino como en los viejos tiempos: teniéndola, pero lateralizando, llevándola a los costados, tratando de tener más posesión que el otro. Sirve de poco. Porque ante las enseñanzas que nos dan los otros, Holanda, Francia… Francia ante nosotros en el último campeonato del mundo: jugaban más profundo, vertical como dicen ahora, son más prácticos, son más rápidos, son más bellos y, lo más importante de todo, son ganadores.

Los argentinos nos hemos quedado con una manera de jugar muy particular, adorando la pelota como en aquellos años. El gran intríngulis no es quien será el próximo director técnico de la selección argentina. Cualquiera fracasará si el objetivo nuestro es amar la pelota, cuidarla. Hay que desprenderse rápido de ella, hay que ser más ingeniosos, hay que pelear por la posesión, pero no para tenerla eternamente, llevandola a los costados, laterizando, caminando a paso de tortuga, el fútbol argentino tiene que ser más rápido aunque vaya contra sus propios genes. Obligan la circunstancias, obliga el momento.

Los otros nos dan una enseñanza a cada rato. No es que hay que despreciar a la pelota, hay que saber usarla y con la velocidad que se corresponde con estos tiempos.

¿No habrá que poner todo el dinero en las divisiones inferiores? Con técnicos que les enseñen a los jugadores: ¡No hay que amar más a la pelota!