La portada de
La portada de "Un regalo del diablo"

Se considera una verdad irrefutable que el llamado rock barrial dominó la escena local durante la segunda mitad de los años noventa. Sin embargo, suele olvidarse que la piedra de toque de aquel subgénero fue un álbum de punk-rock de un grupo debutante (2 Minutos), que bautizó su ópera prima con el nombre -no podía ser de otro modo- de su barrio (Valentín Alsina).

En el inicio de la larga agonía del modelo neoliberal menemista, Valentín Alsina de 2 Minutos pateó el tablero del mainstream criollo. Acaso por primera vez, el rock argentino puso el foco más allá de los límites de la Capital Federal, el tecnicolor viró al blanco y negro y lo que pasaba en la esquina fue una novedosa e inagotable fuente de materiales para el cancionero rocker.

Las páginas de Un regalo del diablo retratan a Valentín Alsina desde todos los ángulos imaginables a través de sus protagonistas -centrales y periféricos- y ofrece una mirada reveladora sobre las raíces y el desarrollo del punk en la Argentina. Aquí están las historias -musicales, políticas, económicas- que convergen en ese momento crucial de la recta final del siglo XX en que una nueva sensibilidad rockera hizo su ingreso a escena y un cuarto de siglo más tarde aún tiene cosas para decir.

A modo de anticipo, Infobae Cultura publica un adelanto del tercer capítulo:

Habla Walter Armando Mosca Velázquez

(las primeras cervezas)

Todo desde cero

Papá, un colectivero de la línea 15 que sale de ahí abajo del Puente Alsina, y mamá, una hermosa ama de casa, son de la parte del campo de San Luis. Mis viejos son puntanos.

Yo nací el 27 de junio de 1967 en el Hospital Alvear, en Capital Federal, que ahora es un neuropsiquiátrico. Y de ahí volvimos al sur: a Valentín Alsina. Y no me moví más de acá.

De chico, lo primero que recuerdo en relación a la música es que me regalaron un simple de Las Trillizas de Oro y el disco del Topo Gigio. Eso fue en un cumpleaños, ¿no? Era un mosquita de 4 o 5 años. Tal vez menos. Tengo esa imagen grabada en mi cabeza.

Mis viejos en casa escuchaban folklore: Jorge Cafrune, José Larralde, Los Tucu Tucu, Jaime Torres. Algunos tangos también. Y además cumbias colombianas antiguas. Recuerdo que en casa había una guitarra criolla. Y papá era autodidacta y cada tanto tocaba algo. Así que la circulación de música en casa era re-normal: asado, familia, folklore, tango, algún que otro Palito Ortega, Sandro, que era de Alsina, pero se fue a morir a Banfield, y algo más new wave para mis padres.

Después, yo tenía unos padrinos que vivían en Devoto con sus dos hijos. Y yo los veía como unos gigantes, pero supongo que eran adolescentes y yo un mísero mosquito de 5 años, un querubín revoloteando entre ellos. Me acuerdo que estaban con sus chicas que serían sus novias. Me decían: “Vení, pendejo, escuchá esto: son The Beatles”. Fah, pensaba, mientras veía girar el vinilo en el equipo. Yo era como el enano que andaba dando vueltas por ahí y supongo que les caía bien.

Fue un periodo en el que descubrí a los Rolling Stones, The Beatles y Creedence Clearwater Revival. Esa trilogía me llegó en Villa Devoto a través de esos pibes re-bien informados para la época, 1972 por ahí, eran porteños y no tenían más de dieciocho años. Yo no cazaba una porque estaba en inglés lo que cantaban, pero me daba cuenta que era diferente a lo que sonaba en mi casa. No era Cafrune o Larralde: era otra onda. Me gustaba. Ese fue mi primer acercamiento al rock. Y se dio sin buscarlo. Pasó porque yo era la mascotita y estos pibes pasaban esa música.

Después cuando fui al colegio religioso Juan Bautista, de acá de Valentín Alsina, hice la primaria, donde una maestra me puso el sobrenombre Mosquito y ya me quedó, y a los once o doce años yo me compraba las revistas de rock. Compraba la Expreso Imaginario y al poco tiempo pasé a la Pelo.

Walter Lezcano
Walter Lezcano

Además, escuchaba un programa de radio, que para mí era un avivagiles: El tren fantasma. Sonaba por FM Rivadavia y lo conducía un tipo que se llamaba Omar Cerasuolo y lo musicalizaba Aníbal García, que era el baterista de la banda Alphonso S’Entrega. Yo ahí ya era adolescente, un teenager, y escuchaba cosas nuevas. Y eso se sumaba a lo que leía en las revistas.

Tenía un primo mayor que me pasaba algo de música, pero estaba muy enroscado en Yes y Genesis. Ese rock progresivo volador que me aburría como un perro. No era mi palo. Pero ya estaba metido con el otro rock que sí me gustaba.

Y a los doce flashié con que iba a hacer música, con que tenía mi banda. Entonces hice unos flyers que los pegué por toda Valentín Alsina. Era un dibujo mío que decía el nombre de la banda, Mosca y Los Flits, y abajo le puse New Wave porque en mi cabeza sonaba como XTC, ponele. Incluso había imaginado letras de ese tipo y esa época. Y no es que yo me pensaba como un frontman o cantante, en realidad lo que me imaginaba eran boludeces. Era algo que yo había leído: que la new wave era una hermana menor del punk y todas esas cosas. Pero se trataba de una música que yo ya curtía bastante.

Porque además ya había llegado a la triada gloriosa y primal del punk: Ramones-Sex Pistols-The Clash. Y lo que más entusiasmó de eso fue el sonido, la forma en la que sonaban. No me llegó de una la cosa ideológica, eso vino con el tiempo. Se trataba más que nada de la manera en la que esta gente tocaba: rápido, sucio, endemoniado, con bronca. Eso me re-pegó enseguida.

Era una época en la que mucha gente todavía estaba con el hippismo.

Yo fui al primer B.A. Rock de Obras Sanitarias con un compañero de colegio. Eran cuatro noches, pero solo pudimos ir a una. Vi a Spinetta Jade, pero me hubiera gustado estar cuando tocaron Los Encargados o V8. Ese fue mi primer recital.

Digamos que sabía que se estaba gestando algo nuevo y que me gustaba mucho.

Después fui creciendo y comprábamos discos en una disquería vieja de una galería de Valentín Alsina. Se llamaba La Cueva Psicodélica. La gente vieja de acá se debe acordar todavía. Entonces íbamos con Papa, bajista de 2 Minutos y amigo del barrio desde que tenemos 7 años, y nos comprábamos casetes o vinilos. El que atendía, como veía que a nosotros nos interesaba, nos hacía escuchar diferentes cosas. Nos decía: “Escuchen esto, chicos”. De tanto ir a comprar llegó un momento en que íbamos a pasar el tiempo ahí. Y el tipo nos avisaba las novedades que le llegaban.

Fue la época en la que empecé a escuchar música a lo loco.

Entre varios amigos comprábamos un vinilo o, más que nada, cuando no nos alcanza la guita nos hacíamos grabar casetes de los mejores discos, laburo que hacía el chabón del local, para poder escuchar en casa. Todo de una manera muy pirata.

Pero cuando comprábamos el vinilo era hacer un sorteo. Al que le tocaba, el que ganaba digamos, lo abría y después íbamos todos a escucharlo a la casa de ese. Y ese mismo nos tenía que grabar a los demás el casete para tener esa música con nosotros. Y al final ese vinilo iba rotando. Era todo un ritual para nosotros disfrutar de la tapa, del sobre interno, de esas maravillas.

Por ese entonces ya salía con mis amigos, éramos seis: Mosca, Papa, Fito, Marcelo, Gaby, Flavio, Lucas. Los seis fantásticos. Cuando le llegaba el cumpleaños a alguno, entre los otros cinco nos preguntábamos qué comprar. Juntábamos un billete y era cantado: regalábamos un disco de vinilo. Era lo más hermoso de la vida: sabías que para tu cumpleaños ibas a ligar un disco original bancado por tus amigos.

Nuestra secuencia, además, era jugar al fútbol, como todos, y, claro, comprar discos y escucharlos. Y como ya teníamos más edad íbamos a una cueva de Capital Federal que se llamaba El Agujerito.

Y en los ochenta estuvo bueno todo ese recambio que hubo después de la lamentable Guerra de Malvinas. Ya basta de Pedro y Pablo, Litto Nebbia. Todo bien, muchachos, pero ya fue. Empezaron a aparecer otras bandas.

El primer disco de Los Violadores es una bomba. Aparecieron Los Casanovas, que el guitarrista, un calco de Sid Vicious, salió del mismo colegio al que fui yo, el Juan Bautista.

Ese ya era un rock diferente, un rock ochentero.

Después vino Metrópoli (que eran más orientados hacia las máquinas), Comida China, Soda Stereo (que su primer disco es tremendo, new wave puro, y preguntales si no, tenían todos los discos de The Police), Virus (sus primeros discos son bombas totales).

Escuchábamos punk y new wave. Teníamos información y apertura y escuchábamos de todo. Siempre fuimos muy abiertos. Pasábamos de The Beatles a Sex Pistols, de Sex Pistols a The Police, de The Police a Creedence Clearwater Revival, de Creedence Clearwater Revival a The Jam. Éramos muy eclécticos.

Que nosotros nos prendiéramos con esa música era de bichos extraños. Éramos los raros, en serio. Después cada uno ya tomó su onda, su look. Yo compraba rezagos militares abajo del puente Alsina y empecé a usar remerita con saquito, me compraba mis borcegos y zapatos, los cinturones cuadrados, saquito y camisa, saquito y chomba. Era un aspecto medio mod, a lo The Jam. Pelo cortito a lo Paul Weller.

Era un adelantado.

*El libro se presentará el próximo viernes a las 19:00 en la Biblioteca Popular Sarmiento de Valentín Alsina, Juan Domingo Perón 3065. Será una charla abierta con Walter Lezcano, con entrada libre y gratuita, y actuarán músicos del Quinteto Negro La Boca (van a interpretar temas de 2 Minutos en clave tanguera).

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