Una pintura de Frederic Edwin Church de 1859, expuesta hoy en el Metropolitan Museum of Art (Nueva York, Estados Unidos)
Una pintura de Frederic Edwin Church de 1859, expuesta hoy en el Metropolitan Museum of Art (Nueva York, Estados Unidos)

Paola y Ezequiel se rieron todo el viaje. Se reían, se reían y nos volvían a todos locos con la risa. Le pedían a papá que subiera el volumen y ella se peleó conmigo toda la ida por el espacio, por el calor, porque la tensión entre papá y mamá eran cables pelados sueltos en el aire. Pero yo estaba feliz de que hubiera aceptado viajar, de que estuviéramos juntas, aunque sólo fueran unos días. Porque yo sabía que ella no iba a volver a Buenos Aires, que en algún momento de esas vacaciones Paola nos iba a dejar. Ese verano papá había alquilado un castillo rosa en Mina Clavero. Viajamos doce horas en auto. En la radio habían dicho sensación térmica treinta y cinco grados, y a pesar de que con las horas el calor húmedo se había ido secando, quedaba el ardor del sol en los brazos, en las rodillas, en todos los lugares donde el aire acondicionado había perdido la batalla. Casi al final, Paola dijo que no sentía las piernas. Le había tocado viajar atrás pero en el medio. Si me hubieran dejado a mí, ella no se habría quejado del dolor, pero no quiso por nada del mundo que me interpusiera entre ella y su novio. Ezequiel se sentó atrás de mamá, porque papá para manejar llevaba el asiento casi recostado y a Ezequiel no le hubieran entrado las piernas. Así que atrás de papá iba yo, que por entonces era más corta.

Cuando me concentraba en el paisaje y dejaba de prestarles atención, imaginaba a nuestro auto como una cápsula cerrada al vacío. Los cinco ahí adentro avanzando para siempre. El paisaje a los costados se desintegraba cuando lo dejábamos atrás, perros que de lejos parecían dormir en la banquina o ser bolsas achicharradas pero de cerca al final estaban muertos, el olor frío de los zorrinos y las torres de alta tensión con la forma de hombres del futuro, robots híper flacos vigilando la llanura; todo corría a los costados y se perdía para siempre.

Unos días antes de salir, papá había discutido con mamá porque no quería que Ezequiel viajara con nosotros, pero ella le había hecho entender que si él no venía, entonces Paola no iba a querer viajar. Paola tenía dieciocho años y gran parte del tiempo hacía lo que quería. Una adolescente tirante, y nuestros padres, dos adultos con la cabeza en problemas grandes e intrincados, problemas donde se firmaban cosas y se vendían otras, donde se hablaba por teléfono corto y al pie, con abogados amigos, con contactos, mañanas de rictus tensos, con los nervios al pie del cañón.

Escuchamos los mismos casetes de los dos lados varias veces. Los que más se repitieron fueron dos de Divididos. Me preguntaba si mi hermana y Ezequiel entenderían lo que decían las letras, y si lo entendían debía ser por la edad. Todos juntos cantábamos una incomprensible que decía ¡tajo, tajo! Y ellos se reían. Podría escribir así la risa de esos años: ja espacio ja espacio ja.

Paola me había dicho que la canción que más le gustaba era una que se llama “Sisters”, porque aunque habla de la luna y de la noche, ella pensaba que hablaba de nosotras, que esa canción iba a ser nuestro himno para siempre.

—La letra dice que las hermanas se dejan ir en un abrazo, y que la luz del sol se levanta y se lleva el miedo. Y que siempre podemos cambiar de opinión, cuando queramos. O algo así…

Los mismos casetes, las mismas canciones, sonaron por horas y se alternaron con mi papá buscando señales de radio que discutían entre ellas, entrecortadas, imposibles de sintonizar sin lluvia.

Mis canciones favoritas eran dos, “La rubia tarada” y una que decía el mono tremendo se viste, ¿con qué?, con piel, de búfalo asado.

Fuimos haciendo zigzag por el camino retorcido que recorre las sierras y papá decía para dónde teníamos que mirar, cuándo era importante estar atentos y despiertos para no perdernos alguna perla del paisaje. Desaceleraba si la curva era pronunciada y cuando un auto aparecía de frente, fingía preocupación y hacía la broma de sugerir que íbamos a caer y rodar por el precipicio.

—Perdí el control, ¡no frena, no frena!

Mamá no se reía. Entrecerró los párpados pesados y enfocó al horizonte como quien ajusta una mirilla.

A Paola tampoco le daba gracia, pero a Ezequiel sí, y cada vez que mi papá ponía la voz de alarma, exageraba carcajadas y lo envalentonaba. Creo que lo hacía para ablandarlo y para que mi hermana viera cómo se sobreponía a la indiferencia de papá. Aunque una vez lo escuché decir tu viejo es un forro, y eso que Ezequiel era evangelista; la razón fundamental por la que papá lo detestaba.

Aunque había otros detalles, como esas siluetas que se forman después de unir los números: Ezequiel contestaba, estaba tatuado, usaba el pelo largo y abría la heladera sin permiso, estacionaba la moto en la vereda y dejaba manchas de aceite que nunca más se fueron. Una vez apoyó las zapatillas sucias en el sillón y encima mamá decía que predicaba. Tenía una banda que se llamaba Valle de Huesos. El nombre lo había sacado de un pasaje de la Biblia y las canciones hablaban de Dios y de recibir el llamado.

—Es una Biblia distinta —me había dicho mi hermana, y me había pedido que leyera un pasaje en voz alta. Estaba en el libro de Ezequiel, como su nombre.

—“El Señor puso una mano sobre mí y me hizo salir lleno de poder y me colocó en un valle de huesos. Me hizo recorrerlo en todas las direcciones, los huesos cubrían el valle, eran muchísimos y estaban completamente secos. Entonces el Señor me dijo: ‘¿Crees que estos huesos pueden volver a tener vida?’. Yo le respondí: ‘Señor, sólo tú lo sabes’”.

—Seguí, vas a ver lo que dice.

—“Entonces el Señor me dijo: ‘Habla en mi nombre a estos huesos, diles huesos secos, escuchen este mensaje del Señor. El Señor les dice voy a hacer entrar en ustedes aliento de vida, para que revivan. Les pondré tendones, los rellenaré de carne, lo cubriré de piel’”.

Lo que seguía me impresionó, un terremoto, los huesos juntándose con los otros huesos y cubriéndose de piel y de carne.

—“Pero no tenían aliento de vida”.

—Quiere decir que el hombre hizo todo mal, que invocó cualquier cosa. En vez de revivir a los muertos, hizo monstruos —me dijo Paola—. Yo me cago en todo esto, pero a Ezequiel le encanta.

En un punto alto del camino, muy, muy alto, vimos la casa de color rosa chicle que todavía no sabíamos que sería la nuestra. En el hueco de toda esa inmensidad, me pareció un ratoncito de juguete. Papá la había sacado de los clasificados y lo único que llevábamos como carnada eran nombres, nombres propios, como decir Arroquigaray y López Uralde; uno, el nombre de la calle; el otro, el apellido de los dueños.

Cuando llegamos, nos bajamos los cinco del auto como si hubiera explotado algo. Estábamos ansiosos y, después de tantas horas, también deformados. Una mujer salió a recibirnos. Los cinco mirábamos la casa sin poder creerlo. Paola dijo qué ridiculez. Ezequiel dijo que parecía un chiste. Pero a mí me pareció un sueño.

—El único chiste acá sos vos —le dijo papá a Ezequiel.

Atrás de la señora llegó corriendo una chica.

—Hola, bienvenidos. Yo soy Susana y ella es Natacha, mi hija.

La chica era alta como mi hermana, probablemente de su misma edad pero con algo incierto; el pelo negro y lacio, largo hasta la mitad de la espalda y enredado y abultado como si nunca se peinara, las piernas largas y flacas, una pollera marrón y una remera enorme, con el cuello apretado, algo que mi hermana no se hubiera puesto ni aunque le pagaran. Los ojos separados, casi en las sienes, la frente ancha y usaba un babero. Un babero completamente empapado.

Cuando nos mostró la casa, la señora nos explicó que ellas vivían en la parte de adelante y alquilaban la mitad de la casa para atrás.

Estaba pintada de color rosa, con puertas ventanas que abrían hacia la galería de adelante. Arriba se levantaba otra planta rodeada de balcones terraza y arriba de esa planta construcciones más chiquitas que le daban la forma perfecta de un castillo. Alrededor tenía un jardín inmenso y había un camino de piedritas blancas que nacía en el último escalón de la galería y moría en la entrada sobre la calle. Era una serpiente ancha y blanca que se torcía en la mitad, haciendo un firulete que rodeaba una isla de arbustos.

El caminito podría haber sido perfectamente eliminado, yo ya había visto esas delicadezas del diseño en revistas, en una novela de la tele, y lo había visto en una quinta a la que habíamos ido con mi tía, y en todos los casos me había parecido una sutileza preciosa pero inútil. ¿Por qué no hacer llegar a los autos en línea recta hasta el garaje? ¿Por qué esa especie de arco decorativo que nos hacía pensar en princesas? ¿Alguien, alguna vez, se habría quedado girando en círculos alrededor de la isla de arbustos hipnotizado por la serpiente?

Atrás de la casa y más allá, hasta donde alcanzábamos a ver, cinco hectáreas cubiertas de árboles. Al costado, un gallinero, una conejera y más hectáreas con plantación de lavanda. Hacia el norte, hacia el oeste y hacia el sur las sierras, las sierras y más sierras, y el cielo, que a la hora en la que llegamos ardía fucsia.

Habían podido partir la casa en dos porque tenían dos cocinas, algo que nunca antes había visto. Supe, más tarde, que a veces los empleados de servicio viven adentro de la casa de una familia y tienen sus propios ambientes. Todo igual al de la familia propietaria, pero atrás. A veces más oscuro, casi siempre espacios más chicos y monótonos.

—Se ve que ya no se pueden dar esos lujos y por eso la alquilan —dijo mamá cuando entramos.

En mi familia sólo mis tíos y mi abuela tenían empleados que vivían con ellos y les destinaban un cuarto para dormir. Nunca antes había visto una casa espejada.

Mamá desarmó nuestro bolso y distribuyó las camas. Paola y yo dormiríamos en una habitación, mamá y papá en otra, y a Ezequiel le dieron el sofá-cama del pasillo. Un lugar imposible, pero ni Paola ni él abrieron la boca.

—Bastante que lo traje —dijo papá.

Fue un verano fluorescente. Una luz y unos colores saturados que llevábamos en las mallas, en las zapatillas y que ahora veo deslizados en las conversaciones y en los tonos de voz en la memoria. Era enero, era 1994 y yo tenía diez años. Usaba remeras de países que no había visitado pero que mi tía me regalaba. Había llevado una que decía CUBA, otra que decía I (corazón) NY y mi favorita, una de Punta Cana con flecos y canutillos de colores en cada uno de los flecos. Me hacía sentir ruidosa y llamativa, viajada y loca. Creo que fui feliz como una reina. Como son felices las reinas, rodeada y llena de desconcierto.

Unos meses antes, a papá lo habían echado del trabajo. Había un rumor que decía que teníamos problemas económicos. Ese rumor lo había hecho correr mi mamá y con mi hermana empezamos a repetir como oráculos esas predicciones negras.

Tiradas en su cama, con el póster de Via Vai formando un mándala de jeans, mi hermana me enseñaba la forma que ella tenía para preocuparse, repetir lo que mi mamá decía sin cuestionarlo, y dármelo a mí como mensajes cifrados, para que yo ideara soluciones o simplemente le diera calma. Lo mismo que hacía con la Biblia.

Debo haber intuido que nada grave nos iba a pasar al final. En cambio, ella no. A la vuelta de esas vacaciones, pusieron fecha con Ezequiel y en abril se casaron. Paola dijo que quería irse de casa, porque así iba a ser un gasto menos. Pero su deseo era mucho más personal y sensual que eso, estaba enamorada. Yo lo sabía porque la veía subirse a la moto como un jinete, los veía besarse con lengua abrazados en su cama y los escuchaba cantar y hacer planes. La Biblia era como un manual, el secreto accesible del amante.

Sin embargo, papá, proveedor, nunca se pronunció sobre nuestros problemas. Era mamá la que leía las decisiones, los cambios de rumbo y los traducía cargados de emoción. Era mamá la que hablaba con él a nuestras espaldas y después traía los mensajes sobre el presente, un presente tan incierto que era casi futuro. ¿Cuánto puede determinar el dinero en la felicidad de una familia? En la nuestra se vivía como una enfermedad mortal que estábamos combatiendo con aspirinas. Así se abrió ante nosotras un precipicio. ¿Era real que podíamos ser pobres? ¿Era esto ser pobres? Bueno, no lo sé. Nosotros lo afrontábamos con unas vacaciones en la montaña.

Pero ese fue el último gesto despreocupado de papá. Todo lo que vino después fueron años turbados, a ciegas. Papá tuvo mil trabajos malos y mal pagos y se volvió completamente loco. Pero al revés de las formas de locura que yo había visto en las películas, esta era menos espectacular y mucho más gris, era la vida de todos los días iguales: papá daba brazadas adentro de una nube, pero la nube y papá estaban adentro de una pecera que nosotras podíamos mirar desde afuera como gigantes, con fascinación, con pánico y con desesperación. Porque dependíamos de él.

La primera mañana, cuando me desperté, desayunamos con mamá en la galería. Adelante podíamos ver el bosque de cipreses y al costado, la alfombra gigante color lila de las lavandas. Papá iba a aprovechar esos días ahí para visitar a un conocido, un conocido donde había depositado esperanzas, dijo mamá, pero lo dijo con el tono de la desconfianza.

Cuando terminé di la vuelta a la casa y la vi a Natacha, sentada en el escalón de la galería con un conejo. Tenía el babero y una camisa amarilla como las que usaba mi abuela. En las manos apretado el animal, cerca de los tobillos.

—¿No vas al río?

—No. No puedo.

—¿No sabés nadar?

—No me dejan.

El conejito se inquietó y se le zafó. Ella lo corrió y cuando lo levantó del piso se lo apretó fuerte en el pecho.

—¿Lo puedo acariciar? —le pregunté.

"Los mejores días", de Magalí Echebarne

No respondió, pero se lo bajó del pecho y lo sostuvo entre las manos como a un huevo. Qué animal hermoso y blando, esponjoso hasta la rabia. Apenas pude tocarlo un poquito, enseguida se lo llevó entre las tetas de nuevo. Las tetas más grandes que yo había visto.

Las amigas de mi hermana y mi hermana practicaban el hambre, se bronceaban con coca cola y sapolán en la terraza y eran chatas como una tabla. Las tetas de Natacha eran como dos bolsas blancas llenas de peso y gravedad. Tenía la camisa abrochada hasta el último botón y en la distancia que había entre los botones se las vi.

A la tarde, cuando volvimos del río, Natacha estaba sentada de nuevo ahí. Después de bañarme, mientras esperaba que los demás se terminaran de arreglar, salí y la vi en la conejera. Ya había bajado el sol y estaba metiendo al conejo en la jaula. Era un jaula grande como una habitación y el animal se mezcló con los otros.

—¿Cómo lo reconocés mañana?

—Viene solo.

Los otros disparaban para las esquinas, o se metían en esas casitas de madera donde ya no podíamos verlos, pero su elegido se quedó por ahí; pensé que lo habría domesticado.

Natacha se empezó a enrollar el pelo en los dedos, miraba un punto fijo de la jaula sin pestañear, pero de golpe, como si alguien la hubiera llamado, salió corriendo. Cuando llegó a la cerca de la calle, retrocedió y volvió.

—Vos sos mi amiga —me dijo.

Me parecía que podía mirarla a una distancia que mi hermana nunca me hubiese dejado, porque en cuanto llegaban sus amigas o Ezequiel, me echaba del cuarto. Pero Natacha estaba ahí, esponjosa y antigua, con un olor horrible, mezcla de comida y talco, y yo podía estar con ella y olvidarla después y a ella no le importaba. Era como una casa abandonada con todo adentro arrasado, listo para explorar y huir sin que nadie lo note ni reclame.

El conejo y ella se parecían. Él estaba obsesionado con algo minúsculo que tenía entre las manos, algo que mordía y mordía y la vista perdida en la nada. No todos los animales tienen la mirada así, los perros están en guardia, aunque estén cansados, y los gatos están siempre hablándole a algo que no es de este plano. Pero los bichos como estos, los conejos, las liebres, ¿qué mirarán?

Con los días mis papás pensaron que nos habíamos hecho amigas y nos sacaron una foto a las dos sentadas en el escalón de adelante. Entre sus piernas está el conejo y ella, en vez de mirar a la cámara, mira para cualquier lado.

Una noche papá y mamá salieron a comer solos. Papá dijo que iban a visitar de nuevo al distribuidor de vinos. La señora de adelante lo dejó usar el teléfono y después mamá le pidió a Paola que esa noche se quedaran para cuidarme.

Ezequiel hizo fideos con tuco. Yo jugaba con el Pesca Magic, unos pececitos con imanes que había que tratar de pescar mientras se movían en una plataforma giratoria. Ezequiel agarró un pececito verde y se lo metió en la boca. Después se señaló el cuello y empezó a hacer que se ahogaba. Me volví loca. ¿Qué era eso? Esa cosa que llevaba ahí en el cuello y que nunca antes había visto. Mi hermana se empezó a reír, y él también, y entonces yo dejé de llorar.

—Pobrecita, pobrecita —dijo Ezequiel y me levantó en brazos. Me levantó tan alto que casi me choco la cabeza contra la lámpara—. Es la nuez de Adán, hermosa —Me miró a los ojos y me dio un beso en la boca.

—¿Qué hacés?, ¿estás loco? —gritó mi hermana. Pero él se empezó a reír y ella también y se besaron.

—Mirá eso, Paola —dijo de golpe Ezequiel.

Natacha estaba parada en el medio del jardín. Estaba oscuro pero podíamos verla porque pasaba algo hermoso con la luz. La luna estaba enorme y amarilla, baja, y todo el campo bañado de blanco. Natacha nos miraba, en realidad miraba a la casa porque nosotros estábamos atrás de la ventana.

—¿Qué le pasa? Me da miedo —dijo mi hermana.

Ezequiel abrió la puerta y Natacha salió corriendo. Corrió rápido y dio vuelta a la casa.

—¿Nos habrá estado espiando? —dijo Paola.

Al otro día estaba sentada de nuevo en el escalón.

—Anoche te vimos —le dije, pero no respondió y siguió toqueteando al conejito—. ¿Sabías que los hombres tienen una nuez en la garganta?

—¿Qué?

—Se la tragaron. Si lográs sacársela a alguno, te va a amar para toda la vida.

—Mentira.

—Es verdad. Capaz por eso no tenés papá, porque tu mamá no le pudo sacar la nuez de la garganta.

Paola había aceptado viajar sólo por Ezequiel, pero Ezequiel había aceptado por sus amigos. Yo los había escuchado hablar y sé que él dijo que sí cuando se enteraron de que otros amigos iban a estar en Carlos Paz durante la misma quincena. Ese dato no lo supo de antemano mi papá, pero una mañana estaban ahí.

Nos habíamos despertado hacía un rato, papá estaba cargando el auto para llevarnos al río. El portón de rejas estaba abierto, y las tres motos entraron de golpe, rugiendo, y nos asustaron a todos. Entraron sin respetar el caminito, los límites del césped ni los canteros, sin respetar nada, y la dueña salió hecha una loca. Miró con ojos rabiosos todo el despliegue, le dijo a Natacha algo por lo bajo, le acomodó el babero y la entró.

Los tres chicos eran iguales a Ezequiel. Iguales pero con leves variaciones. Todos con el pelo largo hasta los hombros, soguitas negras en el cuello de las que colgaban cruces, ojos secos, una calavera, una manito en forma de garra. Mi hermana tenía una de la que colgaba una piedra negra que, según ella, chupaba la mala onda.

La moto de Ezequiel era una Honda negra con alforjas y la había dejado en Buenos Aires. Las motos de los chicos nuevos eran todas de color blanco con calcos pegados con la cara de Jesús o pececitos. Y sus nombres juntos parecían un juego de mesa: Vitti, Dardo, Darío.

—Flaco, ¡mirá qué palacete! —dijo uno cuando llegaron.

Dos estacionaron sobre la isla de arbustos, el otro apoyó la moto sobre la red de la conejera; se portaban como conquistadores.

—Ey, ey, ¿y esto? —dijo mi papá. Pero enseguida salieron de la casa Paola y Ezequiel y se abrazaron todos juntos.

Papá la llamó a mamá.

—Alicia, ¿vos estabas enterada de esto?

Pero mamá puso los ojos en blanco y siguió armando el bolso para ir al río.

Fuimos todos. Mamá, papá y yo fuimos en el auto, y Paola y Ezequiel se subieron a las motos. Papá les dijo que lo siguieran, pero a veces por la ruta ellos se adelantaban, se nos ponían al costado del auto, todo un despliegue que mi papá se pasó insultando.

Cuando llegamos a la Cascada de Toro Muerto, una especie de olla profundísima de agua helada, mamá y yo nos quedamos tiradas en las piedras, papá fue a caminar y Paola con los chicos se treparon para hacer un clavado. Había gente en fila, trepando para hacer lo mismo. Todos llegaban hasta la piedra más alta y se quedaban unos segundos ahí, se agachaban, se agarraban de las rodillas, un poco dudando y de pronto, ¡zas! Se tiraban y aplaudían contra el espejo de agua.

Al final, Ezequiel fue el único que se animó y Paola le sacó una foto desde lo alto: él sonríe y flota chiquito allá abajo; como el pozo es profundísimo y todo de piedra, parece una olla de agua negra. Su cabeza en la foto es una piedrita blanca.

A la noche se fueron todos caminando para el fondo, donde estaban los cipreses. Y aunque los seguí un poco, los perdí y mi mamá me llamó enseguida. Después los espié desde la ventana del cuarto y, aunque ya no pude escucharlos porque adentro mis padres discutían por su llegada, vi las lucecitas de los cigarrillos encendidos que se movían en la oscuridad dibujando cosas.

Antes de acostarse, mi hermana y Ezequiel se sentaron afuera a mirar las estrellas y a él lo escuché decir algo que me paralizó. Paola tenía su mano arriba de la pierna de él, y él con una mano sostenía el cigarrillo y con la otra le acariciaba los rulos. Susurraban y él le dijo:

—Y que me la chupes desconsoladamente.

Me imaginé a mi hermana llorando arriba de Ezequiel, llorando por él, pero no porque él le hubiera hecho algo malo, llorando como una ofrenda. Era obvio, lo del desconsuelo estaba íntimamente ligado a la Biblia rara, a su religión, y mi hermana, si aceptaba, es que estaba siendo cooptada como decía mi papá.

Mi hermana y yo dormimos en la misma cama y los chicos armaron una carpa en la galería.

Al día siguiente, cuando las motos se fueron, la señora de adelante nos llamó desde la puerta y le preguntó a mi papá si estábamos locos. Que habían entrado esas bestias y habían destrozado todo. También dijo que nos iba a cobrar por los daños y que motos en el jardín nunca más.

Papá le pidió disculpas, dijo que no iba a volver a pasar. Esa vez no mintió. Las motos ya se habían ido y se habían llevado a mi hermana, no tenían razón para volver.

Paola nos había saludado con una mano antes de irse. Se había enrulado el pelo y lo tenía abultado, una melena de león, y se había subido a la moto como a una locura de la que no se vuelve. “Nos vamos a Carlos Paz”, dijeron. Eso me generó admiración al mismo tiempo que la condené. ¿Tenía que contarle a mi papá lo del desconsuelo, y que mi hermana se había vuelto evangelista?

Pero mientras pensaba en eso apareció Natacha y me dijo que la siguiera.

—¿Adónde?

—A mi casa.

Su mamá no estaba y cuando abrió la puerta me entró un frío helado. Era un living enorme y oscuro, con un empapelado marrón y floreado, los muebles llenos de portarretratos, la mesa del centro con una carpeta al crochet y arriba un florero vacío.

Pasamos la cocina y un pasillo. Estaba claro que haber dividido la casa las había dejado con ambientes partidos, pero su habitación era inmensa, con el techo altísimo y una ventana con arco, alguna vez debió haber sido un living o una biblioteca.

—¿A qué jugabas?

—A oler y cerrar los ojos.

—¿A qué?

Y agarró un Raid azul que estaba al costado de la cama, se metió debajo de la manta, se tapó la cabeza y tiró Raid adentro de las sábanas. Estaba tapada hasta la cabeza y la escuchaba respirar fuerte.

—Estás loca, salí de ahí.

—No.

—Salí, te vas a morir.

—Dice mi mamá que eso que dijiste de la garganta es bolazo, que vos sos mala.

Me asusté. La noche anterior había visto a un amigo de Ezequiel llevarse a Natacha al fondo, donde habían estado fumando. Le levantó la remera y el babero y le chupó los pezones, eran grandes y oscuros. Con una mano le agarraba una teta y con la otra se hurgaba en el pantalón. Natacha tenía la cara perdida en las plantas de lavanda. Pero de golpe empezó a besarlo fuerte, y la vi cuando lo agarraba del cuello, quería meterle la mano en la boca. Parecía que lo iba a asfixiar. Él empezó a forcejear hasta que la empujó. Natacha se cayó al suelo boca arriba, con las tetas al aire y la mano llena de pelos, como si en vez de deseo ahora sintiera rabia, como si hubiera cambiado de opinión.

Papá propuso llevarnos de paseo para cambiar de aire. Me sacaron una foto en El Embudo, un dique en el que papá dijo que la gente se suicidaba. Estuve recostada sobre el borde de cemento, asomada al precipicio, y se veía el agua cayendo, el agujero en el centro que chupa todo.

Nos sacamos más fotos y compramos una canasta de mimbre para mi mamá y otra para la dueña de la casa. Dijeron que se la iban a dar para hacer las paces.

Comimos en un restaurante que tenía mesas en la calle. Después de que el mozo nos tomara el pedido una mujer se acercó hasta nosotros. Lo miró a papá como quien abre una caja y encuentra algo delicioso. Todo fue nublado y obtuso, el saludo a papá con un beso y a mamá sólo con un gesto. El sorbo largo de mamá, la inquietud en las manos de él, y algo en la manera en que la mujer se acomodó el pelo, apoyó la mano en la mesa y después se alejó. Un giro pesado que quería hacer fuerza en el aire y dejar una marca.

A la vuelta mamá no pronunció palabra. Pero papá dale que dale con las indicaciones del paisaje, que ahora miráramos para la derecha, o allá abajo, que aquello de más allá era el cerro Champaquí y de nuevo la broma de la caída.

—¡Agárrense, agárrense!

Ya la había visto a mamá así, una forma imperceptible a la vista pero en la que yo sabía que había un fondo, un centro escondido donde ardían los fuegos del infierno. Por afuera impávida, pero podía escuchar lo de adentro.

Papá manejó todo el camino como si nada. El cuerpo lleno de alas, la cabeza en la luna, en el horizonte, apuntando al destino. Y mamá roja, aceitosa, la marca de la malla en los hombros, la marca de otra llaga. Cuando ella retrocedía en la indignación, él avanzaba con otros temas, otras conversaciones. Como si los hombres estuviesen hechos para señalar el paisaje, y las mujeres, para tirarse por los embudos.

Cuando llegamos mamá se sacó las sandalias y se puso zapatillas. No se las había visto usar nunca. Me dijo que me sacara la malla y armara una mochila, que íbamos a salir a caminar.

Papá se estaba duchando. Cuando salimos había caído el sol y algo me dijo que esa no era la luz que mamá hubiera querido para un paseo. Caminaba rápido y no hablaba, apenas miraba para los costados. Antes de salir, Natacha me gritó ¡forra boluda! desde el escalón de la entrada, pero mamá ni la miró, debía pensar que era parte de su trastorno. Nos alejamos por una calle de tierra y llegamos al pueblo. Tomamos una calle céntrica, con gente, y llegamos a la terminal de ómnibus.

—¿Nos vamos, mamá?

— Quiero averiguar una cosa, quedate acá afuera.

Me senté en un banco de piedra que estaba helado. Había oscurecido, pero la luna no se veía como la otra noche, ni siquiera la pude encontrar. La gente me pasaba por al lado con bolsos, otros chicos como yo de las manos de sus padres. Cinco micros enormes, como animales gigantes, esperaban para salir. Después, perdí de vista a mamá. Pensé en Natacha, supuse que a esa hora estaría dejando al conejo en la jaula.


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