"40" (PAM!), de Analía Sivak

El libro 40 nació el día en que supe que ya no tendría más 30. No suelo cumplir años una vez al año, crezco, a veces, una década en un instante.

¿Qué era lo diferente, lo particular de los 40? Lo único que sabía era que ya no pensaba cómo antes. Quise buscar esa especificidad. ¿Existe? Somos todos tan diferentes en tantos sentidos que buscar una particularidad en la edad, ¿era algo sin sentido? Seguro. Pero quise averiguarlo.

Entonces arrancó mi –fallida desde el comienzo– investigación y pregunté a muchos ¿qué se siente, qué se piensa, qué se vive cuando uno tiene 40? Hubo algunos puntos en común en las respuestas. Que estamos en la mitad. Qué es difícil creer que uno vivió tanto. Que somos más sabios. Que hay resignación. Que hay posibilidades. Que la belleza empieza a caer. Que la conciencia de finitud resignifica nuestras vidas. Lo fallido de la investigación era, siempre es, querer abarcarlo todo y tuve que aceptar, una vez más, que sólo podría contar un pequeño trozo de inmensidad.

Elegí algunos temas (después serían once) vinculados a la visión del mundo que alguien puede tener cuando cumple 40. Indagué esas visiones no a través de mis ojos sino a través de personajes inventados.

Amaranta, por ejemplo, descubre que llegó a la mitad de su vida cuando se da cuenta de que está rejuveneciendo. Después de tener una vida responsable, trabajar como maestra, vivir con su marido y sus dos hijas, vuelve a una adolescencia extraña desde donde ve ridícula a la mujer adulta en la que se había convertido. “A la mañana ya no me despierto para saludar a mis hijas antes de que se vayan al colegio. Después de una década de entregar mi vida a otros seres, he decidido volver a sentirme un ente independiente.” Y su rejuvenecimiento sigue: año a año, en lugar de crecer, decrece.

Analía Sivak (Irene Robert)
Analía Sivak (Irene Robert)

En otro de los cuentos, Mariano comprende algo de sí mismo que no pudo ver hasta llegar de casualidad a una manifestación con carteles que dicen “Verdad por favor”. Está por cumplir 40, está por irse nuevamente de viaje con su novia, pero sabe que si no logra girar el rumbo de sus mandatos habrá perdido para siempre la oportunidad de ser lo que desea.

En La otra mitad Octavio se enamora de su muerte, una mujer de vestido violeta que aparece el día de su cumpleaños. La muerte lo atrae, le parece sexy, está descalza, tiene un hombro desnudo y le dan ganas de tocarla, pero la muerte envejece con él y deja de ser atractiva y deja de ser cruel y hasta empieza a ser un poco necesaria.

Cuatrocientos metros es el título de otro de los cuentos y la distancia que necesita caminar una mujer para sacarse de encima el olor y la sonrisa que le dejó en su cuerpo una tarde de hotel con un amor del pasado. Se habla a sí misma: “Te espera tu familia, te espera Tito. Guardá todo ese amor en tu cartera. No entra, no importa, hacele espacio.”

En esta búsqueda no sólo inventé historias sino también hice algo tan simple como mirarme al espejo, de manera literal. “Esta cara, aún así incompleta, es la cara de una mujer de cuarenta. Nunca ha tenido una cara que le pertenezca tanto como ahora, usted lo sabe. Pronto comenzarán los días en que su cara no será más que la memoria de la que hoy tiene delante. Disfrútela. Nadie sabe cuánto más le queda. Sus cuarenta años están todos en su cara. Sáqueles fotos si lo desea. Más adelante volverá a buscarlos.” Pero siempre, después de mirarme la cara o el ombligo, hubo un ejercicio de tomar lo observado sólo como punto de partida para crear.

Profeso la observación como ejercicio primordial para la escritura, para luego usarla como trampolín que nos da al mismo tiempo el apoyo y el envión para el salto a la pileta de la imaginación. Continúa el texto: “Su cara no es así porque sí, sépalo. Hay cientos, miles, innumerables seres que la precedieron para que hoy exista. Cada poro es un milagro de conjunciones pasadas, de distancias y encuentros, amores y guerras, viajes, desplazamientos, tormentos, casualidades, esperas, agonías, está en la cara hasta la invención del fuego, y de las armas y del lenguaje. Existe en esta cara el pasado entero de una especie.”

En el libro también hay una mujer que piensa que hoy va a dejar a su marido y un marido que hoy no va a escuchar a su mujer, un hijo que encuentra a su padre tirado en el baño y un padre que agradece poder estar cerca de su hijo, una hija que juega con su mamá y esa mamá que pierde a la suya. “Había llegado al final de los años breves, finitos, en los que uno puede estar al mismo tiempo con sus padres y sus hijos”.

Todos los cuentos tienen un punto en común: siempre hay un personaje de ficción que tiene o cumple 40 años y una pregunta que brota de esa medianía. En todos menos en el primero, que habla de un personaje histórico, John Lennon, asesinado el año en que tenía cuarenta años, el año en que había escrito su canción Life begins at 40 –la vida empieza a los 40–. En ese cuento la pregunta no es del protagonista sino de la narradora, quizás mía también cuando me vuelve a la cabeza mezclada con otros pensamientos la frase la vida comienza a los 40, pregunta que da título al cuento, pregunta del cuento mismo, pregunta quizás del libro entero: ¿estás seguro John?

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