Por Esteban Castromán / Iñaki Echeverría

Bandalos Chinos // Clásico del futuro

No recuerdo con exactitud la fecha, pero seguro fue el año pasado por aquella zona calendaria entre las vacaciones de invierno y los picnics primaverales.

Sí recuerdo con exactitud que fue durante un perfecto atardecer de sábado con mis hermanas. Solo ellas y yo, charlas en zig zag, tragos amargos en el hermoso balcón de Gisela (la mayor), mientras Lucila (la menor) nos anticipaba el giro argumental que transformaría su vida: irse a vivir afuera.

Luego del efecto sorpresa, y su confuso impacto en mi caja de herramientas sentimentales, mezclé cierta congoja de proyección melancólica con la alegría de imaginarla librándose del naufragio. Brindamos y casi nos ponemos a llorar. Pero no hubo tiempo, porque las dos se eyectaron de sus sillones como si fuera una interrupción coreográfica perfectamente sincronizada que desactivó cualquier indicio de tristeza.

Juntas, envalentonadas por un talento compartido para diseminar la vibración festiva, salieron al living. Yo permanecí en el mismo lugar. Aun etéreas para mi inmediatez visual, de reojo las ví detenerse frente al reproductor de música (no distinguí si era un celular, la TV o una computadora).

Apagaron la canción que sonaba de modo abrupto. Dos, tres, cuatro segundos de silencio. Y de repente estalló un tipo de energía sonora que me llamó la atención: sutil caricia sobre el hi hat como introducción microscópica a un comienzo simultáneo de voz y música.

Lucila y Gisela volvieron a entrar al balcón y bailaban siguiendo el fluir del tema.

Cerré los ojos sin planearlo, tal vez por instinto hedonista cuyo único fin era gozar de aquel novedoso voltaje que imaginé estar atravesando cada unidad mínima de la canción (melodía, arreglos de voz, su cándida invitación a viajar) y cada unidad mínima de mi cuerpo, con una dinámica redonda y continua, simulacro de teoría eléctrica, versión sensible de un circuito cerrado.

Envalentonado por curiosidad salí al living. Me detuve frente al reproductor de música: computadora, lista de canciones. Leí Vámonos de viaje y Bandalos Chinos.

Sin ánimo de interrumpir la coreografía invertebrada de mis hermanas, lancé una pregunta que ninguna respondió, porque estaban pasándola demasiado bien y mi duda trivial jamás obstaculizaría su festividad vibrátil compartida: "¿se escribe así, con b larga y sin tilde?".

A partir de aquella tarde escuché BACH, su último disco, con la recurrencia irracional de un adicto. Mentira. En verdad, fue algo más íntimo y fundacional: una recurrencia directamente vinculada al impulso de repetir cantando a los gritos un mismo estribillo muchas veces seguidas como cuando escuchaba Vasos y Besos de Los Abuelos de la Nada o Locura de Virus o Del 63 de Fito Páez o Lluvia de gallinas de Suéter, entre tantos otros, a mediados de los ochenta.

Pero Bandalos Chinos no suena vintage, todo lo contrario. Su gran virtud es incorporar ingredientes inextinguibles del perfume pop argentino tradicional a su propia búsqueda de identidad sonora dentro del signo musical contemporáneo.

No podría afirmar nada al respecto, pero supongo tenga la forma de un monstruo con síndrome de árbol (ramificaciones imparables por todos lados), si me preguntara a mí mismo: ¿cuál es el signo musical contemporáneo?

Sí podría afirmar que BACH es un disco de 11 canciones fascinantes, producido por el músico, actor, productor y director de cine franco-mexicano Adán Jodorowsky (hijo de Alejandro Jodorowsky).

Bandalos Chinos está formado por Goyo Degano, Iñaki Colombo, Tomás Verduga, Salvador Colombo, Matías Verduga y Nicolás Rodríguez Del Pozo.

Sus próximos conciertos son:
17 de Enero en Ciudad Cultural Konex, Buenos Aires
20 de Enero en Club Tri, Mar del Plata
02 de Febrero en Mendoza
03 de Febrero Studio Theatre, Córdoba
16 de Febrero Festival Buena Vibra Buenos Aires
03 de Marzo Rock en Baradero

*Bandalos Chinos Apertura Parador Konex 2019
Jueves 17 de enero a las 19h
Ciudad Cultural Konex
Sarmiento 3131, Buenos Aires

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