Javier Camarena es el tenor mexicano más reconocido en la actualidad. En la foto, en una presentación en Salzburgo, Austria. (Foto: Mandl/Getty Images)
Javier Camarena es el tenor mexicano más reconocido en la actualidad. En la foto, en una presentación en Salzburgo, Austria. (Foto: Mandl/Getty Images)

Javier Camarena es cantante de ópera mexicano.

Frente a la convulsa realidad que estamos viviendo en México, las artes son parte de la solución y no sólo un medio de distracción: no son una pastilla paliativa, son parte de la cura. Ante los problemas, lo que nos toca hacer a los artistas es crear con más intensidad, fuerza y amor. Nuestra obra debe intentar convertirse en un motor de los cambios tan urgentes y necesarios en el país. Estoy convencido del poder del arte como transformador de la sociedad.

El arte tiene un gran poder, pero es sutil: es un goteo constante que puede perforar una roca, pero debe ser continuo. Por eso la importancia de que el Estado apoye la permanencia de los proyectos artísticos a través del presupuesto que les destina.

Lo mismo sucede con la enseñanza de las artes en la educación básica, que aporta sensibilidad ante la belleza y que puede generar grandes cambios en el comportamiento de un ser humano. Prescindir de ella por recortes presupuestales es desdeñar una parte muy importante de la formación integral de un individuo. El arte forma parte de la cura al clima de violencia que vive el país.

La disminución del dinero que se invierte en cultura va en detrimento de una comunidad artística muy grande como lo es la mexicana y, en consecuencia, de la población que recibe su trabajo. Afecta no sólo a la parte creativa sino también a la administrativa, como los trabajadores de los centros de cultura que han tenido que cerrar. Hay un mar de gente que se involucra en proyectos artísticos que se ven afectados por la ausencia de apoyos y financiamiento.

En el caso de la ópera, por ejemplo, una sola función involucra al menos a 300 personas en una sola noche. La producción operística es costosa y, para que exista en México una temporada —cinco títulos con 10 funciones anuales cada uno—, actualmente tendrían que modificarse los esquemas de financiamiento para que exista una colaboración entre la inversión pública y privada.

Por eso agradezco haber participado en el Festival Cervantino, en Guanajuato, pues ahí se realiza el intercambio cultural más importante del país, no solo hacia al interior sino hacia el mundo entero. Poder ver las expresiones artísticas y culturales de lugares remotos como Sudáfrica, China, Etiopía, Francia, Macao o Japón, es entender que la cultura nos enriquece a partir de nuestras diferencias.

México se cuenta a través de su historia, pero también a través de la historia de sus artistas. Es vital valorar nuestra cultura milenaria y la riqueza precolombina que nos identifica como mexicanos, al igual que conocer la evolución de las artes que han escrito la historia de nuestra nación.

Este es un ejemplo que conozco bien, y que ilustra su poder como constructor de sociedades pacíficas: José Adán Pérez es un barítono de Mazatlán, Sinaloa, que se fue a vivir al Bronx, en Nueva York, donde creó una escuela de mariachis. Aunque ya está lejos de los índices de violencia de antaño, el Bronx sigue sin ser la zona más segura de esa ciudad. La iniciativa de Pérez ha rescatado a jóvenes que, de otra manera, quizá estarían en pandillas, consumiendo drogas o delinquiendo. Esa pequeña acción ha creado cambios en su entorno más cercano, es una gota en el estanque.

Los artistas, los gestores culturales, los promotores y todos los involucrados en el desarrollo de los proyectos culturales son una parte fundamental en la formación integral de las sociedades y las personas. Tener acceso a las artes te permite ver la vida de una manera distinta y, en caso de vivir en medio de un entorno poco favorable, poder sanar. El Estado debe apoyar al arte si queremos que la situación del país mejore.

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