El ataque a la familia LeBarón en Sonora, que dejó tres mamás y seis de sus hijos muertos es el retrato fiel de las prácticas salvajes, despiadadas e impunes del crimen organizado (REUTERS/Jose Luis Gonzalez)
El ataque a la familia LeBarón en Sonora, que dejó tres mamás y seis de sus hijos muertos es el retrato fiel de las prácticas salvajes, despiadadas e impunes del crimen organizado (REUTERS/Jose Luis Gonzalez)

La imagen de nueve mujeres y niños baleados y quemados, y la odisea de seis pequeños más que huyeron de los vehículos familiares para sobrevivir al horror de una bestial emboscada del crimen organizado, son la terrible y más reciente llamada de atención al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), para que se dé cuenta de que su estrategia para pacificar el país sencillamente no sirve. Empezó siendo una ingenuidad y hoy ya es una irresponsabilidad mayúscula pretender que los criminales van a renunciar a la violencia porque el presidente les ofrece “abrazos, no balazos”.

El ataque a la familia LeBarón en Sonora, que dejó tres mamás y seis de sus hijos muertos —seis niños más sobrevivieron huyendo por la sierra—, es el retrato fiel de las prácticas salvajes, despiadadas e impunes del crimen organizado en amplias zonas de México.

Los LeBarón no son desconocidos para la opinión pública mexicana. Hace 10 años, esta extensa familia mexicoestadounidense, que lidera una comunidad de mormones en Chihuahua, tuvo el valor de denunciar públicamente los secuestros, asesinatos y extorsiones que sufrían. Varios integrantes de la familia se volvieron activistas muy vocales contra la inseguridad.

La brutal agresión de este lunes es un segundo golpe que, con un par de semanas de diferencia, exhibe al presidente AMLO. Se suma al fracaso estrepitoso del operativo del 17 de octubre para detener a Ovidio Guzmán, hijo del chapo Guzmán, quien tras incendiar la norteña ciudad de Culiacán fue liberado por el gobierno.

Los ataques ocurren en un contexto de profunda confusión por la actitud del gobierno federal frente a la delincuencia organizada en México. En la campaña presidencial, esta fue resumida en un slogan: “Abrazos, no balazos”. Luego AMLO habló de una ambigua —y nunca aterrizada— oferta de “amnistía” a criminales como una fórmula para que rindieran las armas. Luego empezó a acotar la amnistía, que terminó siendo casi para presos políticos y narcomenudistas.

Pero después, al tomar posesión, el presidente López Obrador impulsó y logró cambios constitucionales para crear la nueva Guardia Nacional, un cuerpo fundamentalmente formado por militares y unos cuantos expolicías federales, que es la cabeza de la estrategia para “pacificar al país”. Pero la Guardia Nacional no se estrenó contra los cárteles, sino contra los migrantes que cruzaban la frontera sur del país rumbo a Estados Unidos, después de la amenaza del presidente Donald Trump de imponer aranceles a todos los productos mexicanos si no reducía drásticamente la migración indocumentada.

A esta confusión se suma una debilidad: la decisión presidencial de no ejercer el legítimo uso de la fuerza para enfrentar al crimen organizado. “No queremos la guerra”, repite con frecuencia el mandatario: un festín para los criminales. Los videos de soldados siendo humillados por civiles en diversos estados del país han generado incomodidad y enojo entre la tropa y los mandos militares.

El caso de la familia LeBarón revela en toda su crudeza que los grupos criminales están más envalentonados que nunca. Y que ante sus salvajadas, el gobierno insiste en responder con abrazos. “Es una ceguera absoluta del presidente... le vale madres”, resume Álex, integrante de la familia LeBarón. Y advierte que ante la inacción e insensibilidad del gobierno, ellos se van a defender solos. A eso están conduciendo a la sociedad.

Culiacán y el asesinato de la familia LeBarón son dos episodios. Pero no aislados. Las cifras oficiales apuntan a que este año será el más violento del que se tenga registro en México.

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