Steve Wilson fue rescatado después de permanecer un fin de semana en una cueva de Arkansas (Jo Wilson / The Washington Post)
Steve Wilson fue rescatado después de permanecer un fin de semana en una cueva de Arkansas (Jo Wilson / The Washington Post)

Steve Wilson había visto a sus tres amigos ponerse una camiseta, una máscara y unas aletas. Luego desaparecieron en el agua, dentro de una cueva de la zona rural de Arkansas.

Después llegó su turno, y estaba nervioso. Ninguno de ellos tenía experiencia en el buceo, pero habían recibido un curso acelerado de cinco minutos esa tarde de 1965 y dijeron que era la única forma de escapar de la cueva, que se había inundado durante una tormenta. Así que Wilson, que por aquel entonces tenía 20 años, se sumergió junto a un buzo de la Armada que estaba frente a él y otro detrás, avanzando a tientas a lo largo de una cuerda en las profundidades del agua.

"Estuve al borde del pánico todo el tiempo", señaló a The Washington Post al tiempo que confesaba que ese trayecto de 30 minutos parecía demorarse en horas. Apenas podía ver al buzo que estaba delante de él y le preocupaba respirar con normalidad bajo el agua. "No quería echar a perder el plan ni herirme, ni tampoco causar más problemas", remarcó.

Ahora, más de cinco décadas después, Wilson afirma que puede simpatizar con los jóvenes futbolistas y su entrenador que quedaron atrapados en una cueva en Tailandia durante días.

"No creo que puedan exagerar el peligro en el que han estado esos muchachos", dijo Wilson, que ahora tiene 74 años. Agregó que no hay duda de que los chicos han pasado momentos de mucha "angustia".

Wilson, un director retirado de la Comisión de Pesca y Juego de Arkansas, que vive en Norfork (Arkansas), echó la vista atrás para relatar su propia experiencia cuando quedó atrapado en abril de 1965.

Comentó que él y tres amigos, todos ellos experimentados exploradores de cuevas, emprendieron "una aventura de fin de semana", desde la cueva de Rowland hasta las cavernas de Blanchard Springs.

El hombre, que en ese momento estaba estudiando la carrera de administración de Parques Naturales en la Universidad Tecnológica de Arkansas, partió con los otros espeleólogos, que tenían entre 19 y 42 años de edad. Se fueron con sándwiches, agua y otros suministros, incluyendo luces y una balsa inflable. Comenzaron en Rowland, un enclave turístico, y siguieron la corriente hasta las cavernas, que aún no habían sido desarrolladas por el Servicio Forestal de Estados Unidos.

El “Arkansas Gazette” se hizo eco de la desaparición y del rescate de los muchachos de Arkansas (The Washington Post / Jo Wilson)
El “Arkansas Gazette” se hizo eco de la desaparición y del rescate de los muchachos de Arkansas (The Washington Post / Jo Wilson)

Vadearon el agua, a veces hasta el tobillo, otras veces hasta la cintura. Pero lo peor de todo es que no se daban cuenta de que afuera estaba lloviendo a cántaros.

El sábado se toparon con un montón de rocas que les impedía proseguir el camino, así que decidieron dar media vuelta.

Para el domingo ya habían llegado a la boca de la cueva por donde habían entrado, pero el agua estaba tan alta que no podían salir. Tampoco tenían el equipo adecuado para hacerlo. Entonces los hombres, helados, empapados y agotados, armaron una tienda de campaña, una estructura tosca construida con la balsa de goma y algunos ponchos que habían empacado para mantenerse secos. Su plan era poner velas, secarse, calentarse y esperar a que el agua retrocediera.

Pero no tenían ni idea de cuánto tiempo tomaría eso y si podrían aguantar.

Los hombres todavía tenían agua para beber, pero les quedaba muy poca comida. Supusieron que podrían pasar días, tal vez semanas. Su líder era diabético, por lo que la medicación también era una preocupación en el grupo. Además, comentó, la cueva estaba húmeda y fría –unos 13 grados Centígrados en el interior- , por lo que temían enfermarse. Sin embargo, la tripulación, joven y aventura, no consideraba la muerte.

Los cuatros comenzaron una rotación: tres de ellos dormirían y uno se quedaría despierto y observaría el nivel del agua para determinar si comenzaba a retroceder.

"Fue solo cuestión de esperar", dijo Wilson.

Tanto él como sus compañeros especulaban "con lo que estaba ocurriendo afuera y si alguien nos estaba buscando".

Wilson indicó que otro amigo y veterano explorador de cuevas que no pudo acompañarlos ese fin de semana sabía a dónde se habían ido y sabía que la cueva, probablemente, quedaría inundada por la lluvia. Fue él el que informó de la situación a las autoridades. Los voluntarios locales trataron de rescatarlos, y luego fueron los buzos de la Marina de Estados Unidos y de la Sociedad Nacional de Espeleología los que vinieron a ayudar, según cuentan los reportes de prensa de la época.

De vuelta a casa en Morrilton (Arkansas), un pequeño pueblo situado a unos 170 kilómetros al suroeste de las cuevas, la esposa de Wilson, Jo, supo que su esposo estaba atrapado.

Los recién casados no podían pagar los costos del teléfono, por lo que el vecino fue quién recibió la noticia. Jo, una maestra de escuela de 21 años, corrió a la compañía telefónica para usar un teléfono público para llamar y saber más detalles de su esposo. Luego hizo un largo viaje hacia las cuevas "con un montón de cosas pasando por la cabeza".

Cuando llegó allí, se encontró con los padres de Wilson, que estaban rodeados de otras familias, amigos y periodistas. Todos esperando que los hombres salieran.

Un artículo del 5 de abril de United Press International explicaba la situación del grupo cuya vida estaba en peligro: "Miembros de la Marina Deep Sea Diving School y el equipo nacional de rescate del Capitolio, ambos de Washington, llegaron hoy temprano a la remota cueva de la Montaña Ozark e inmediatamente iniciaron una exploración". La nota decía que en el equipo se incluían a "dos exploradores de cuevas experimentados, uno de ellos Hugh Shell que tiene diabetes. Shell, de 42 años, contable de Batesville (Arkansas), tenía un suministro para tres días de medicina. Los estudiantes universitarios fueron identificados como Mike Hill, de 19, un estudiante de Arkansas College y Steve Wilson, de la Universidad Tecnológica de Arkansas en Russellville".

Wilson dijo que estaba de guardia ese lunes cuando escuchó un fuerte ruido, que resultó ser un buzo que estaba entrando en la cueva. Comentó que el buzo le tendió una cuerda y le dijo que la asegurara. Los hombres, con la ayuda de los buceadores, la usarían para guiarse hasta la salida de la cueva.

"Me sentí aliviado. Desperté a mis amigos y les dije lo que estaba pasando, que parecía que los buzos nos iban a rescatar. Todos estaban felices de saber que finalmente íbamos a salir".

Wilson contó que para el rescate de cada persona se necesitó como una hora. En cada uno de los rescates, un buzo se ponía delante y otro detrás. Él fue el último en ser rescatado ya que él era el más pequeño y no necesitaría a sus amigos para salir.

Cuando llegó a tierra, dijo, su esposa y sus padres corrieron hacia él manifestando lo contentos que estaban de que hubiera podido salir. Fue un momento de felicidad que duró poco: el buceador que había estado nadando detrás de Wilson colapsó en la orilla y murió. El forense luego determinó que el buzo, identificado como Lyle E. Thomas, de 39 años, sufrió un ataque al corazón.

La antigua Arkansas Gazette describió a Thomas como un "experto buceador que estuvo buceando 14 de los 22 años que llevaba en la Marina".

"Estaba totalmente conmocionado, y el hecho de que alguien terminara dando la vida por salvar la nuestra fue una sensación horrible", decía Wilson mientras recordaba la tragedia.

Hablando sobre el incidente de Tailandia, Wilson afirmó que cree que los rescatistas han hecho un trabajo "espectacular", salvando la vida de niños y adolescentes que ni siquiera son nadadores y mucho menos buceadores.