Quisiera tener la evidencia, las fotos de algunos amores, sus cartas, los libros dedicados, sobre todo para entender a qué le tenía tanto miedo.

Colombia – Como si al destruir los regalos, al borrar todas las fotos, al bloquearlos de las redes sociales lograra herir en silencio a aquellos que me han herido, he sistemáticamente desaparecido todos los rastros de mis viejos amores. No tengo nada de ellos conmigo. Es como si al no poder acontecer el amor quisiera castigarlos con enfrentarse a su propia inexistencia. No me amas, no te amé, en tanto, no existes. La condena, claro, lo entendería con los años, era en doble vía.

Todo empezó en mi adolescencia como un divertido mecanismo. Mientras mis amigas sufrían y vivían en drama constante por cada hombre que conocían y al rato dejaba de llamarlas, yo era capaz de borrar de mi celular el teléfono de aquel que se atrevía a dejar de buscarme por tan solo dos días. Al borrarlo conjuraba una sola posibilidad: o él me llamaba o nunca volvíamos a hablar. Al poner la pelota en su cancha exclusivamente me liberaba de la tentación de mostrarme vulnerable y buscarlo. Y si él no me buscaba de vuelta quedaba la evidencia de que yo tampoco lo había hecho. Nadie sabría, entonces, quién había dejado a quién.

Esa actitud me hizo ganar cierta fama entre mis amigas mujeres que me veían con algo de admiración pasar indemne, sin sufrimiento, por las tirantes dinámicas del amor. ¡Claro que era trasgresor que una jovencita decidiera deliberadamente sacrificar la posibilidad de una historia romántica por serle fiel a su consigna de no sufrir!

Entre mis amigos hombres, me hizo ganar nombre de rompecorazones. Yo me había entrenado para irme en cualquier momento de una historia amorosa sin mucho enredo y sin mucho adiós, simplemente podía desaparecer. Yo hacía ghosting cuando nadie había acuñado esa palabra. Luego resultaba que había hombres, más de los que se podía sospechar, menos entrenados de lo que yo creía para sobrellevar mi frialdad y mis prácticas resoluciones frente al amor.

Ilustración: Camilo Castro | VICE Colombia
Ilustración: Camilo Castro | VICE Colombia

Eso, sin embargo, terminó volviéndose una costumbre, un hábito, -creo que me embelesé con esa versión mía de mujer fuerte- y cuando me enamoré, cuando me quedé un rato y no hui, cuando me llené de cosas del otro y perdí un poco el miedo (¿qué es la huida sino puro miedo?) igual terminé buscando mi manera de abandonarlos, mi manera de reclamar esa fortaleza. (¿No les pasa que crean una versión de ustedes mismos que les gusta tanto que terminan haciendo sacrificios para encajar en ella?)

Borrar los recuerdos de mis amores, eliminar la evidencia del paso de su existencia por mi vida cuando ya nos habíamos dejado era un abandono, pero un abandono con letras capitales, uno radical. Vamos a decirlo: una negación.

Pero esa falsa fortaleza, ese juego adolescente que se quedó incrustado en mis prácticas amorosas adultas terminaría por convertirse en la génesis de mi prolongada soltería. Como si en la imposibilidad de sufrir radicara también la imposibilidad de amar. Como si fuera cierta aquella frase que alguna vez leí en una novela "los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra".

Por estos días que mi cuenta de Gmail estaba a reventar, y tuve que ir a lo más profundo de mi pasado, —entiéndase a la página 6,894 de mi bandeja de correo— me topé por error con una fotografía que nunca vi adjuntada en un correo que nunca habría y que me había enviado un viejo novio fotógrafo. Esa foto preciosa, en la que yo poso en medio de un campo de flores amarillas, había sobrevivido a mi afán de borrar cualquier rastro que ese amor había dejado en mi vida, porque él me la había enviado desde su correo empresarial.

Después de casi 5 años, abrí esa foto y me vi, ahí, vista por él. Me vi cómo lucía cuando amaba. Me vi y sentí unas ganas irrefrenables y tristemente imposibles de verme, de leerme y de recordarme cuando había amado a Gabriel, a Daniel, a Sebastián, a Hugo, a ese fotógrafo innombrable. Al borrar mi pasado amoroso había mutilado parte de mi historia, pero lo que es peor, había aniquilado con ello cualquier vestigio de mi dolor, de mi duelo, de mi tristeza.

Como si mi vida amorosa fuera una cuenta de Instagram, afuera había quedado lo malo, lo duro, la vulnerabilidad y el miedo, adentro solo había quedado una versión de mi misma vanidosa y engrandecida.

Siempre me he preguntado ¿qué hace la gente con los recuerdos de sus amores? ¿cómo administraron esos objetos en donde yacía la más pura de las tristezas, la del amor no conseguido? Quizás no han tenido tantísimos y la administración de esa carga resulta más fácil, quizás tuvieron menos miedo a ver de frente la evidencia de que alguien los había rechazado o dejado de amar y simplemente los guardaron y en el tiempo, cada tanto, los revisitan.

Yo tengo el baúl vacío.

Y quisiera tener la evidencia, las fotos de algunos amores, sus cartas, los libros dedicados, sobre todo para entender a qué le tenía tanto miedo.

Publicado originalmente en VICE.com