Probablemente ella sufrirá las secuelas durante toda su vida. Pero nosotras también.

De mis cinco amigas de toda la vida, dos han sido agredidas sexualmente. Una de ellas cuando apenas habíamos cumplido los 18, la otra hace menos tiempo. Viví el proceso judicial de la primera como testigo, pero entonces no me planteé aquello como una cuestión de género. Tampoco supe que la estaban revictimizando cuando se echó a llorar en comisaría porque cuestionaron su testimonio y le respondieron que "era el protocolo", que tenían que hacerle esas preguntas de basura.

En el juicio solo nos separaba un biombo de su agresor. Lloré mucho antes y después de aquello, y mi amiga, claro, lloró más. Entonces lo concebí simplemente como un paso traumático pero necesario, como un momento jodido pero natural, no como muestra de cómo funcionaba la justicia patriarcal, de cómo operaba un sistema machista que dejaba desprotegida a mi amiga y la juzgaba, simplemente, por ser mujer. Teníamos 18 años recién cumplidos.

Necesité que agredieran sexualmente a la segunda de mis cinco amigas, hace no tanto, para repensar aquello y darme cuenta de algunas cosas. Entre ellas, de que yo misma era una mujer. Y como lo era, era también susceptible de ser agredida. Me di cuenta entonces de que el feminismo no era una cuestión sobre la que discutir, era una necesidad.

A medida que pasó el tiempo, me di cuenta también de que cuando agredieron a mi amiga Alba* no solo agredieron a mi amiga Alba. De que ella tendrá probablemente secuelas de por vida, pero nosotras, sus cinco amigas, también. Me di cuenta de que cuando agredes sexualmente a una mujer no solo agredes sexualmente a una mujer: agredes a todo un género.

A partir de aquel día empecé a irme a casa en taxi si había anochecido, y a sacar las llaves mucho antes de llegar al portal y colocármelas en la mano a modo de puño americano. Como si fuera a servir de algo

Y me di cuenta por cosas muy tontas. Como que mi primera sensación cuando supe lo que le habían hecho a Alba fue la culpa. La habíamos dejado irse sola a casa (como si le tuviéramos que dar permiso, "la habíamos dejado irse sola"), nadie se había ofrecido a acompañarla. ¿Cómo pudimos no haberlo pensado, cómo pudimos quedarnos en el garito bailando mientras ella se iba a casa de madrugada y sin compañía?

A partir de aquel día empezamos a pedirnos WhatsApp tranquilizadores entre nosotras cuando quedábamos y alguna se separaba del resto. "Escríbeme cuando llegues, pero escríbeme, por favor". Y una mirada que inevitablemente nos trasladaba a todas aquella noche, a lo que ese tío le hizo a Alba. Una mirada que en realidad significaba "no estás segura, ninguna lo está, cuídate".

Cada vez que a Alba le llegaba una citación, o cuando le dijeron que su agresor había salido de prisión porque había cumplido el tiempo de preventiva, me planteaba si realmente merecía la pena denunciar

A partir de aquel día empecé a irme a casa en taxi si había anochecido, y a sacar las llaves mucho antes de llegar al portal y colocármelas en la mano a modo de puño americano. Como si fuera a servir de algo. También empecé a cerrar la puerta de mi edificio en lugar de dejar que se cerrara sola detrás de mi espalda. Y a subir los tres pisos de escaleras medio andando medio corriendo.

Cuando agredieron a Alba dejé de ponerme escote por las noches si sabía que en algún momento me iba a quedar sola, o a cerrármelo cuando estaba de vuelta. A pasar solo por calles en las que sabía que habría gente si era de noche, a llevar siempre el móvil en la mano o a fingir que hablaba por teléfono.

También aprendí lo jodido que es poner una denuncia por agresión sexual, algo que ya había vivido la primera vez que una de mis amigas tuvo que ponerla —dos de cinco, que se venga Un Tío Blanco Hetero con nosotras un día y nos diga que no existe una cultura de la violación—, pero sobre lo que no había reflexionado.

Cada vez que a Alba le llegaba una citación, o cuando le dijeron que su agresor había salido de prisión porque había cumplido el tiempo de preventiva, me planteaba si realmente merecía la pena denunciar. A día de hoy sigue en la calle, como los cinco miembros de La Manada y como tantos otros miembros de tantas otras manadas, a la espera de un juicio que llega tarde y mal.

Aprendí que tenía que tener miedo. Pero poco después se produjo la violación de Sanfermines y aprendí que también tenía que tener rabia. Aprendí a no callarme cuando algún tonto decía eso de “es que ahora vamos a tener que firmar un contrato para tener relaciones” o lo de “a mí también me pueden pegar por la calle volviendo a casa”

Cuando agredieron a Alba entendí lo difícil que era hablar de una agresión sexual, en ocasiones más para nuestro entorno que para ella misma. Muchos de mis amigos me preguntaban a mí en lugar de a Alba cómo se encontraba, no sé si para no incomodarla o para no reconocer del todo lo que había ocurrido, para quitarle hierro.

A alguno de ellos le respondía que se dirigiera directamente a ella, que quizá lo necesitaba. Que si le hubieran dado una paliza o hubiera tenido un accidente se habrían interesado por ella sin reparo y sin vergüenza, asumiendo lo que había pasado, lo que ese malnacido le había hecho.

Cuando agredieron a Alba no solo agredieron a Alba. Nos agredieron a todas nosotras, nos condenaron al miedo y la rabia

Cuando agredieron a Alba aprendí que tenía que tener miedo. Pero poco después se produjo la violación de Sanfermines y aprendí que también tenía que tener rabia. Aprendí a no callarme cuando algún tonto decía eso de "es que ahora vamos a tener que firmar un contrato para tener relaciones" o lo de "a mí también me pueden pegar por la calle volviendo a casa". A responder a los piropos. A tratar de sobreponerme al miedo. Al menos a veces. Al menos de día.

El pasado 8 de marzo fui con mis cinco amigas de toda la vida a la manifestación. La madre de Alba vino con nosotras. La miré mientras gritábamos "sola, borracha, quiero llegar a casa" y parecía que tenía los ojos llorosos, no sé si de emoción o de rabia. La hermana pequeña de Alba también estaba con nosotras. Y aprendí entonces, supe entonces que cuando agredieron a Alba no solo agredieron a Alba. Nos agredieron a todas nosotras, nos condenaron al miedo y la rabia. Supe que cuando agredes a una mujer no solo agredes a una mujer. Agredes a todo un género.

*Alba no es un nombre real, lo hemos cambiado para garantizar su anonimato.

Publicado originalmente en VICE.com