Un trabajador rocía desinfectante en la entrada de la estación de trenes de Pekín Oeste como protección en contra del coronavirus, el lunes 10 de febrero de 2020. (Giulia Marchi/The New York Times)
Un trabajador rocía desinfectante en la entrada de la estación de trenes de Pekín Oeste como protección en contra del coronavirus, el lunes 10 de febrero de 2020. (Giulia Marchi/The New York Times)

Tomando con fuerza una maleta gris de plástico llena con gran parte de sus pertenencias (una cobija, un cepillo de dientes, un par de zapatos deportivos blancos y un peine) Wang Sheng va de una fábrica a otra en el sur de China rogando que le den un empleo. La respuesta siempre es negativa.

Wang, de 49 años, solía encontrar trabajo en Shenzhen, una megaciudad industrial en expansión. Sin embargo, las fábricas lo están rechazando porque viene de la provincia de Hubei, el centro de la epidemia de coronavirus en China, aunque no ha vivido ahí en tres años.

“No hay nada que pueda hacer”, comentó Wang, que solo tiene unos cuantos dólares restantes en ahorros, vive comiendo fideos con agua y renta una pequeña habitación por casi 60 dólares al mes. “Estoy solo, aislado y desamparado”.

Los aproximadamente 300 millones de migrantes rurales de China han vivido desde hace mucho en los márgenes de la sociedad, aceptando trabajos pesados por sueldos nimios y acceso limitado a los servicios públicos de atención médica y educación. Sin embargo, ahora son de los más afectados, pues el presidente chino Xi Jinping ha hecho un llamado a favor de “una guerra del pueblo” para contener el virus y para que las autoridades impongan controles a lo largo de amplios tramos del país.

Como fuereños, los migrantes rurales, sin importar de dónde vengan, son un blanco fácil. Muchas fábricas temen reanudar operaciones en caso de que sus trabajadores sean portadores del virus, lo que ha planteado preocupaciones de que los controles del gobierno puedan asfixiar la economía. Los funcionarios locales han prohibido que muchos migrantes crucen las fronteras de las ciudades. Los propietarios los han expulsado de los departamentos. Algunos están hacinados en hoteles o duermen debajo de puentes o sobre las aceras.

“Ya hemos tenido muchos problemas”, dijo Liu Wen, de 42 años, trabajadora de una fábrica en Zhengzhou, una ciudad en la zona central de China, quien fue desalojada de su departamento porque había regresado de la ciudad de origen de su esposo en la provincia sureña de Guangdong y al propietario le preocupaba que portara el virus. Ahora está viviendo con su esposo y sus dos hijos en un hotel. “Ya perdimos la esperanza”.

Xi, que ya está sometido al escrutinio internacional por la respuesta lenta y errática del gobierno chino al brote de coronavirus, ahora enfrenta la presión de calmar la furia entre las familias de bajos recursos y disipar temores generalizados sobre un revés económico. Desde hace mucho, el partido ha basado su legitimidad en la idea de que puede ofrecer prosperidad y proteger a la clase trabajadora.

“A los líderes del Partido Comunista chino no les gusta que los critiquen por descuidar o abandonar a los trabajadores”, comentó Jane Duckett, directora del Centro Escocés de Investigaciones sobre China en la Universidad de Glasgow. “Sus pilares ideológicos —el socialismo y el marxismo-leninismo— dependen de ser un partido para los ‘trabajadores y los campesinos’”.

Duckett dijo que el partido quizá estaba preocupado por el descontento entre los trabajadores. Xi ha dicho que el gobierno debe vigilar de cerca el empleo y que las compañías deben evitar los despidos a gran escala.

El virus, que ha matado a por lo menos 2400 personas y enfermado a casi 77.000 tan solo en China, ha llevado a partes de la economía china, la segunda más grande del mundo, casi a un paro total. Aunque algunas fábricas han reanudado operaciones en días recientes, muchas aún están cerradas u operan con una capacidad mucho menor, pues hay escasez de suministros y los trabajadores están varados a cientos de kilómetros de distancia.

Sus problemas han empeorado por los funcionarios locales que han ayudado a atizar la idea de que los migrantes rurales plantean una amenaza a la salud pública y deben ser tratados como posibles portadores del virus.

Según informes en las redes sociales, en algunas ciudades los migrantes se han visto obligados a someterse a cuarentenas en sitios dirigidos por el gobierno. En otras, como Wuxi al este, se ha prohibido que entren los trabajadores que vienen de lugares lejanos, y les advirtieron que “tomarían fuertes medidas en su contra” si se resistían.

Los estrictos controles poblacionales de China han empeorado el suplicio de muchas familias migrantes.

El sistema de registro de viviendas de la época de Mao, conocido como hukou, dificulta que la gente del campo cambie su residencia legal a las ciudades. Como resultado, se consideran fuereños —aunque hayan vivido en las ciudades durante décadas— y tienen acceso limitado a la atención médica, las escuelas, las pensiones y otros beneficios sociales.

Conforme se ha propagado el coronavirus, algunos trabajadores que han contraído neumonía y otros síntomas dicen que no han podido encontrar atención médica asequible en las principales ciudades.

Aunque ahora el gobierno proporciona atención médica sin costo a quienes hayan contraído el coronavirus, muchos hospitales están saturados y no cuentan con los recursos para diagnosticar oficialmente el virus. Como resultado, algunos trabajadores migrantes que viven en ciudades dicen que se han visto obligados a pagar miles de dólares en gastos médicos para tratar a familiares enfermos.

En Hubei, donde comenzó el brote en diciembre, a muchos trabajadores les preocupa que las dificultades económicas continúen durante meses o más tiempo. La provincia, hogar de más de diez millones de trabajadores migrantes, sigue aislada del resto de China, y los negocios han detenido sus actividades por completo.

Huang Chuanyuan, un trabajador del sector de la construcción, de 46 años, que vive en Hubei, ha dejado de comprar carne para ahorrar dinero. Su empleador, una compañía china de construcción, le dijo que no tenía más elección que esperar en casa.

“Ahora mismo no quiero pensar en el futuro”, dijo Huang, que tiene una esposa y tres hijos. “Cuanto más pienso en eso, más me estreso”.

c.2020 The New York Times Company