Luego de que Robert Alexander muriera a los 51 años durante una cirugía cardíaca en junio de 2018 y de ser trasladado del hospital a las instalaciones que recolectarían los tejidos y los huesos que había donado, fue llevado a la granja de su tío en Hinton, Oklahoma, donde sus seis hermanos, su madre y otros familiares y amigos se habían reunido para celebrarle un funeral casero.

Lo acostaron en una resistente mesa plegable de banquete y lo vistieron con unos jeans azules y desgastados, un pañuelo Harley-Davidson, una camiseta manga larga Affliction y su chaleco de cuero negro con un dibujo de la bandera estadounidense. En la pared detrás de él, colgaron una manta con un estampado de una calavera en llamas.

Alexander era un mecánico que siempre había amado las motocicletas, aunque su salud y sus finanzas nunca le permitieron ser un motociclista constante. Luego de arreglarlo y hacerlo “lucir bastante rudo”, como dijo su hermana Tawnya Musser, sus hermanos y su madre se congregaron a su alrededor, y un cuñado tomó una foto familiar usando su teléfono.

“No pudimos recordar algún momento en el que todos estuviéramos juntos con mamá”, dijo Musser, de 34 años. “Así que conversamos al respecto. ¿Mamá querría una foto con sus siete hijos y sería macabro que uno de ellos estuviera muerto?”.

Al final se hicieron varias fotos. Quedaron impactantes y hermosas. Alexander luce regio y sereno. Los hermanos han compartido las fotos entre ellos, pero las imágenes no están en las redes sociales, como sí lo están muchas de las fotos contemporáneas de fallecidos.

En un choque entre la tecnología y la cultura, de nuevos y muy viejos hábitos, estamos volviendo a fotografiar a nuestros muertos.

Para familias como la de Alexander, que eligen realizar funerales caseros y están siguiendo prácticas de la muerte natural, —bricolaje mortuorio que evita los servicios de las funerarias convencionales— la fotografía es una extensión y una celebración de esa elección.

Los familiares están acompañando a sus parientes en el hospicio o los trasladan a casa desde los hospitales, y los preparan luego de que fallecen, con frecuencia asean sus cuerpos y luego los adornan, como hizo la familia de Alexander, con sus prendas de vestir predilectas, flores, cartas, libros y otros tótems. Se están despidiendo de sus muertos como solían hacerlo sus abuelos, y registran el evento y sus postrimerías con sus teléfonos.

“Puedes morir de una manera que esté conectada a la belleza”, dijo Amy Cunningham, de 64 años, directora de una funeraria en la ciudad de Nueva York que se especializa en entierros “ecológicos”, sin embalsamamientos o ataúdes de metal, y asiste a familias que atienden a sus muertos en casa.

“Las fotografías sellan la emoción”, afirmó Cunningham. “Y con los teléfonos celulares siempre presentes, estamos registrando toda clase de cosas que no registrábamos antes. La muerte es una de ellas. Aunque ciertamente, cuando publicas en Facebook y las imágenes quedan atrapadas entre la atrocidad más reciente de Trump y las fotos de gatos que se parecen a Hitler, puede ser chocante”.

También lo es la experiencia ahora cotidiana de ver emojis para comunicar eventos trágicos. ¿Prefieres usar la carita sonriente llorando o simplemente le das clic a “me gusta”?

El final de la línea de tiempo

Susan Sontag escribió que la fotografía tiene su propia ética: nos dice qué podemos ver y qué es tabú (en la era de TikTok, estas reglas han evolucionado más allá de lo imaginable). Si estamos más familiarizados con las muertes de extraños y sus finales violentos capturados por los fotoperiodistas, quizás sea debido a que nos hemos alejado demasiado de las muertes de nuestras personas cercanas.

Por supuesto, ha habido excepciones, como las desgarradoras imágenes que surgieron durante la epidemia del SIDA capturadas por fotógrafos como Therese Frare y artistas como David Wojnarowicz, cuyos tiernos retratos de su amigo y mentor Peter Hujar lucen sagrados y sacramentales.

En cierto sentido sorprende porque hemos estado muy desconectados de la muerte durante el último siglo”, afirmó Bess Lovejoy, autora de “Rest in Pieces: The Curious Fates of Famous Corpses”, publicado en 2013, sobre el resurgimiento de la fotografía casera de fallecidos. Lovejoy también es miembro de la Orden de la Buena Muerte, una organización de profesionales de servicios funerarios, artistas y académicos que preparan a una cultura generalmente en negación sobre la muerte.

Pero estamos regresando a las viejas costumbres”, continuó, “un movimiento hacia atrás que algunos dicen que empezó en los años setenta, con el movimiento de regreso a la naturaleza, las comadronas y los partos naturales. El movimiento de muerte natural es parte de eso. Además, estas fotos no deberían sorprendernos, porque cargamos nuestros teléfonos todo el tiempo, y es casi como que si no hay una foto, no sucedió. Ahora todos somos fotógrafos”.

La fotografía moderna nació en 1839, cuando Louis Daguerre refinó un proceso para capturar una imagen en cobre plateado. Durante décadas, uno de los usos más comunes de esta nueva tecnología fue la foto post mortem: una imagen compuesta artísticamente, tomada por un fotógrafo profesional, de familiares fallecidos en todo tipo de poses. Niños muertos en los regazos de sus padres, a menudo con sus ojos pintados como si estuvieran abiertos; adultos fallecidos vestidos con sus mejores trajes; incluso padres muertos sosteniendo a sus hijos vivos; o familias enteras, aniquiladas por enfermedades como el cólera, fiebre tifoidea o difteria, arrebujados juntos en una cama.

Estos eran recuerdos preciados, por lo general la única fotografía que se tomaría del sujeto, afirma Stanley B. Burns, el estrafalario oftalmólogo de 81 años responsable de los Archivos Burns, una colección de fotos médicas y post mortem, entre otros géneros fotográficos intrigantes, almacenada hasta los topes en una casa en Midtown Manhattan.

Las fotografías en los libros “Bella Durmiente” de Burns (hay tres) son a la vez macabras y hermosas. Burns señala que los sujetos tendían a lucir muy bien en las fotos, por la rapidez con la que morían víctimas de alguna plaga.

Las imágenes han inspirado y proporcionado material para coleccionistas y entusiastas de la época victoriana como Joanna Ebenstein, de 48 años, escritora, curadora y fundadora del idiosincrásico Museo de Anatomía Mórbida en Nueva York, cerrado en la actualidad. “Las fotografías post mortem pueden verse como una forma occidental de veneración de los antepasados”, dice Ebenstein, una práctica que empezó a disminuir cuando la muerte empezó a ser subcontratada en los entornos clínicos de hospitales y funerarias, “y se convirtió en un tema tabú”.

(En 1910, Ladies’ Home Journal rebautizó el lugar donde los estadounidenses habían exhibido a sus muertos durante casi un siglo como “sala de estar” (en inglés “habitación para los vivos”, llamada anteriormente en inglés “parlor”, o recibidor, y la naciente industria funeral se apropió de esa palabra para identificar sus actividades).

Sin embargo, según Burns, lo que realmente redujo drásticamente la fotografía post mortem, y los elaborados rituales que la caracterizaban, fue la Primera Guerra Mundial. “Hubo demasiada muerte”, dice. “Si todos están de luto, pierdes tu espíritu combativo. No es patriótico”.

“Lo que está sucediendo en la actualidad es que las personas están retomando ese proceso”, continuó Burns. “El impulso para fotografiarlos es el mismo que tenían los victorianos. Quieren demostrar que estuvieron con esa persona hasta el final. ‘He hecho esta labor, la he amado hasta el final’. Es tu último vínculo, y quieres documentarlo”.

Finstagram

Mientras la industria funeraria evoluciona lentamente de Big Casket a incluir a un grupo de profesionales que mayoritariamente son mujeres nativas digitales con toda clase de títulos (profesoras del final de la vida, doulas de la muerte y otros), están exhibiendo su trabajo con humor e imágenes en las redes sociales.

Su mensaje es: “Siéntete cómodo con la muerte, no tiene que ser tan atemorizante y aquí tenemos fotos para demostrarlo”.

Comparten imágenes de los fallecidos atendidos por familiares en sus camas, o envueltos en telas naturales ceñidas con cuerdas en una tumba. En ocasiones ellos mismos interpretan a los muertos, como Melissa Unfred, de 41 años, una funeraria natural radicada en Austin, Texas, quien a veces se acuesta en fosas poco profundas cubiertas de flores y pasto. Unfred, quien vende camisetas que dicen “Crema el patriarcado” en Etsy, es la sepulturera moderna de Twitter e Instagram, una de las tantas evangelistas del llamado movimiento Muerte Positiva.

Caitlin Doughty, directora funeraria de 35 años que se describe a sí misma como una sepulturera activista y agitadora de la industria funeraria, recreó recientemente una sesión de fotos post mortem estilo victoriano con un fotógrafo de ferrotipo en el Museo de la Merchant House en Manhattan, y la compartió en YouTube.

Doughty es la fundadora de la Orden de la Buena Muerte y autora de “Will My Cat Eat My Eyeballs?”, publicado en septiembre, “Smoke Gets in Your Eyes and Other Lessons from the Crematory” y otros libros alegremente titulados de manera similar, diseñados para desmitificar la muerte. Con su corte de cabello a lo Bettie Page, Doughty es el avatar de la subtribu cuasi gótica de los profesionales de la muerte.

“No es como si nadie hubiera tomado jamás una foto de mamá en el ataúd”, dice Doughty. “Yo tengo fotos de mis abuelos en sus ataúdes, completamente embalsamados. Pero el sentido de pertenencia ha cambiado. No es, ‘Mamá es entregada a la funeraria y ellos hacen algo tras bastidores y te venden el cuerpo de regreso’. Claro, podrías tomar fotos de eso, pero es como una estatua en un museo. El producto artístico de otra persona. Creo que estamos viendo cada vez más fotos de estos cuerpos naturales porque las familias los preparan, han realizado una labor juntos y están orgullosos de su trabajo”.

Retratos del recuerdo

Existen maneras más gentiles de conmemorar el proceso de morir que el retrato de un rostro sin vida. Lashanna Williams, masajista de 40 años y doula de la muerte en Seattle, ha estado realizando retratos de sus clientes moribundos, de manera consensuada, para ser compartidos con los familiares si ellos los solicitan.

Williams captura el área entre el dedo índice y el pulgar, o las callosidades de las manos de alguien. Las arrugas, suele decir, son contenedores de memorias y experiencias vividas. Puede tomar una foto de la piel arrugada en un brazo, o una cicatriz, y a veces superpone esas imágenes con collages de fotos hechos con hojas y flores. Las imágenes resultantes son abstractas e íntimas.

Sin embargo, la estética y el lenguaje de la fotografía post mortem moderna no se basa por completo en mortajas de tela y pétalos de flores. Monica Torres, de 42 años, trabaja en el área de la tantatoestética (el término para definir a los estilistas y maquilladores que trabajan con muertos) y es una embalsamadora de Phoenix que tiene un atrevido nombre de usuario en Twitter, @Coldhandshosts. Su especialidad son los traumatismos, y se apoya en métodos convencionales para lograr que los difuntos luzcan como ellos nuevamente.

“No puedo crear un recuerdo positivo y duradero para las familias sin las herramientas y químicos que utilizo”, dice Torres. Las familias de sus clientes por lo general le piden que tome fotos, o se reúnen en el ataúd para una ‘selfi’.

Como educadora, también comparte su trabajo con vívidas fotos en su sitio web. “Ahora que el movimiento de muerte positiva está en boga”, afirmó, “las familias están empezando a mostrar interés, y documentar sus recorridos por el duelo es una herramienta poderosa para lograr la aceptación. Queremos empoderar a las familias con educación acerca de lo que realmente hacemos y del valor de nuestro oscuro arte”.

c.2020 The New York Times Company