(ilustración: Brian Rea/NYT)
(ilustración: Brian Rea/NYT)

De acuerdo con el perfil de Bumble de Rich, estaba en forma, tenía el cabello despeinado, rizado y cano. Estaba divorciado y casi todos sus hijos se habían marchado de casa, al igual que los míos. A mis 58 años, aún estaba tratando de encontrar una buena dirección para mi vida amorosa tras el agonizante final de un matrimonio de 35 años.

Había llorado mucho ese verano. Ahora estaba lista para conocer a alguien más.

Mientras nos esforzábamos por hacer coincidir nuestras agendas, Rich me enviaba varios mensajes veloces en los que se burlaba de sí mismo. “Si estás buscando un chico malo, no creo que yo te guste”, escribió. Dijo que su condición física se encontraba “justo entre la de un adicto al gimnasio y la de un papá”.

Cuando nos conocimos en persona, me pareció que lucía bastante atractivo, aunque, sí, tenía estilo de papá. Resultó que era muy bueno para escuchar: atento y lleno de preguntas, aunque quizá demasiado dispuesto a complacer a los demás.

Cuando mencioné la complicada relación que tengo con mi madre, dijo: “Es como mi mamá. ¿Has escuchado hablar del ‘trastorno límite de la personalidad’?”.

Cuando le dije que me criaron mis abuelos inmigrantes indoblegables, dijo: “Yo también tuve adorables abuelos judíos como los tuyos. Me ayudaron a superar mi terrible infancia”.

Sus mensajes de texto me habían hechizado, pero en persona me estaba cansando lo que, en su mente, parecía la conclusión inevitable: que ya habíamos hecho clic.

Sin embargo, después acepté reacia una segunda cita con él. Rich parecía el tipo de hombre con el que disfrutaría charlar en una fiesta para después no verlo jamás. ¿Podía decir por qué? ¿Importaba?

Durante décadas me había aferrado a una lección sobre las citas que aprendí debido a un encuentro que salió mal. Me había casado muy joven, a los 23, y mi sabiduría sobre el cortejo era casi nula. Ese “encuentro que salió mal” fue la única cita que tuve durante la separación de catorce meses que tomamos mi esposo y yo casi una década después de habernos casado. Mi esposo se había mudado de nuestro apartamento para vivir en su espacio de trabajo. Después tuve un periodo difícil de soledad, durante el cual lloraba hasta quedarme dormida y consultaba a abogados especialistas en divorcios.

Mis amigos me animaban a revisar las últimas páginas de The New York Press, conocidas por su vívida sección de anuncios personales para solteros que se consideraban modernos o un poco fuera de la norma. Había hojeado el periódico, pero lo solté, reacia a entrar en contacto con un extraño. Después me llamó la atención el anuncio de un hombre: “Si eres inteligente, locuaz, atractiva, sin problemas emocionales, ingeniosa, feliz en el trabajo, cercana a tus amigos y te encantó ‘The Singing Detective’, entonces somos similares. Tengo 37 años”.

Yo tenía 34, no tenía problemas, era cercana a mis amigos, y acababa de comenzar un trabajo de profesora adjunta que de hecho me hacía feliz. Y me había encantado “The Singing Detective”, una serie de televisión que en ese entonces era vanguardista y en la que había escenas de baile ambientadas en la era de la Gran Depresión, además de una subtrama que tenía que ver con la psoriasis. En cuanto a la apariencia y el ingenio… bueno, eso era subjetivo.

Respondí. Acordamos vernos unos días después en el Peacock Cafe de la avenida Greenwich.

El hombre que me esperaba resultó ser sorprendentemente atractivo, con hombros fornidos. Estaba vestido de manera casual, pero se había esforzado. Después, cuando describía este encuentro —mi cuento admonitorio— no podía recordar su nombre ni su profesión. Su apariencia, además de sus pómulos pronunciados y una mata de rizos negros, me parecían un recuerdo lejano. Lo que retuve fue el formato rígido y desconcertante de nuestra interacción.

De manera automática, como un entrevistador profesional, conducía nuestra conversación a su objetivo, que al parecer era verificar que de verdad me encantaba “The Singing Detective”. Además, parecía extrañamente molesto de que me gustaran algunos de sus otros artistas favoritos: Elvis Costello, Leonard Cohen.

Cuando me mostraba entusiasmada por los compositores, las películas y las obras de teatro que mencionaba, se quedaba congelado, como si eso lo hubiera abatido. ¿Por qué, si compartíamos los mismos gustos? ¿Creía que estaba mintiendo, repitiendo a propósito lo que decía para hacernos parecer compatibles?

Cuando fue hora de irnos, deambulamos durante el atardecer frío. ¿Acaso me diría que se la pasó bien y que esperaba verme de nuevo? No fue así, y yo caminé confundida y un poco furiosa hacia el metro.

Dos días después, me llamó, nervioso, para invitarme a una obra de Spalding Gray que me moría por ver. Pero ya me había decidido: cualquiera que haya sido tan poco agradable en una primera cita no saldría por segunda vez conmigo. Para rechazarlo tan amablemente como fuera posible, de inmediato dije: “Lo siento, pero en las últimas 48 horas decidí reconciliarme con mi esposo”. Sonó perplejo y después colgó.

En los años que transcurrieron desde entonces, cuando ya había retomado mi matrimonio, mis amigas (que estaban buscando pareja) tuvieron que escucharme contar la historia de la cita más confusa que tuve, un cuento admonitorio sobre confiar en esa primera impresión, lo cual se resumía a esta frase: si no te emociona ver por segunda vez al chico, no lo hagas. Pasa a otra cosa.

Más de dos décadas después, estaba rompiendo mi propia regla, y acepté salir por segunda vez con alguien, a pesar de que la primera cita no me había hecho feliz. Y, claro, la segunda también estaba saliendo mal. No se nos estaban acabando los temas de conversación, pero nuestra charla sobre la clarividencia de “The Handmaid’s Tale”, los recorridos interminables de las universidades de nuestros hijos y el declive del metro, resultaba genérica.

Y no es que Rich, un hombre inteligente y afable, tuviera algo de malo, sino que simplemente no era tan emocionante como cuando hablábamos por Bumble. Pero, como no estaba sintiendo química alguna, ¿para qué perder el tiempo? A nuestra edad, ¿quién tiene tiempo que perder?

Inquieta, regresé a una pregunta estándar: “¿Has conocido a mucha gente por internet?”.

“Sí, desde mi divorcio”, comentó. “Y conocí a mi ex a través de un anuncio, antes de que se usara el internet, en The New York Press. Quizá nunca has escuchado al respecto”.

“¡Ja!”, le dije. “De hecho, la peor cita de mi vida fue gracias a ese diario”. Y le conté sobre el hombre que parecía querer rechazarme porque teníamos muchas cosas en común, tan desagradable con su lenguaje corporal y su expresión que jamás quise verlo de nuevo. “Cuando me llamó para pedirme una segunda cita e ir a ver una obra de Spalding Gray, no había preparado una excusa, así que fingí que había regresado con mi esposo”.

“¿Lo inventaste?”, preguntó Rich, al parecer molesto.

“¡Pero resultó ser verdad!”, le respondí. “Poco después, mi ex y yo sí acordamos intentarlo de nuevo. Así que hubo un final feliz, por lo menos durante un rato. Aunque no me gustó perderme la obra de Spalding Gray”.

Me reí, pero Rich se quedó serio.

Quizá era yo”, me dijo.

“¿Estás bromeando?”, le pregunté. “Solo tuve una cita de The New York Press”. Lo analicé, sintiendo que algo perturbador acababa de ocurrir. Traté de ver si aquel joven sombrío de cabello oscuro y pómulos prominentes era el mismo que Rich, de rostro robusto y rizos canos. No, este Rich parecía demasiado distinto en todos los aspectos. “¿Cuáles son las probabilidades de que hayas sido tú?”, le dije.

“Quizá tienes razón”, dijo. “Pero en ese entonces tenía un diario. Lo revisaré en casa”.

Cuando me dio un beso de buenas noches, lo continué, aún sin sentir mucha química. Después desapareció por las escaleras calurosas del metro.

Una hora después, me envió un mensaje de texto: “¿Dónde fue esa cita que tuviste?”.

“En el Peacock Cafe”.

Definitivamente era yo”, respondió con un emoticono de cara enojada. También me envió una imagen del anuncio clasificado de ese entonces, que había guardado.

De inmediato lo reconocí.

“¡Me gustaste!”, me escribió. “De hecho, me gustaste mucho. Lo puse en mi diario. Quería verte de nuevo. Está claro que era demasiado imbécil para expresarlo”.

Me quedé callada. No soy supersticiosa, pero reconozco el destino (¿o la ilusión del destino?) cuando lo veo.

Así que acepté salir de nuevo con él. Esta vez, nos besamos al saludarnos casi con una complicidad irónica. Nuestra conversación en el bar de tapas estruendoso parecía, por fin, menos forzada. Después, Rich me acompañó a casa y terminamos en mi sofá, repasando nuestro fiasco romántico del pasado.

“Estaba tratando de impresionarte”, dijo. “Recuerdo que me intimidabas, porque eras una profesora bonita de la Universidad de Nueva York”.

“¡Era profesora adjunta!”.

“Bueno, no entendí eso”, comentó. “Quizá tienes razón. Quizá me sentí amenazado por el hecho de que conocieras mis referencias. Es vergonzoso. Pero hay una ventaja: si no hubiera sido tan idiota en ese entonces, no estaríamos sentados aquí”.

“¿Porque estaríamos divorciados?”.

Me había quitado las sandalias de una patada, y Rich tomó mi pie para darme un masaje, como si esa fuera nuestra vieja costumbre. Y después comenzamos a hablar, casi como viejos amantes, sobre los motivos del fracaso de esa primera cita hacía más de dos décadas. En otras palabras, estábamos conectando gracias a nuestro fracaso anterior.

En nuestra siguiente cita, llevó una botella de excelente vino a mi habitación para brindar por nuestra buena suerte. Eso fue hace dos veranos. Aún salimos juntos.

¿Mi nueva regla? A veces puedes darte cuenta desde la primera cita. O a veces se necesitan 24 años.