GUAYANILLA, Puerto Rico — Escombros que rodean la Iglesia Inmaculada Concepción en Guayanilla, Puerto Rico, el martes pasado. (Erika P. Rodriguez/The New York Times)
GUAYANILLA, Puerto Rico — Escombros que rodean la Iglesia Inmaculada Concepción en Guayanilla, Puerto Rico, el martes pasado. (Erika P. Rodriguez/The New York Times)

Mi bisabuela Syra tenía 5 años cuando el terremoto de San Fermín sacudió Puerto Rico en 1918. Su día escolar acababa de comenzar en Mayagüez cuando el sismo comenzó. Se aferró a los barandales y salió del edificio mientras colapsaban las escaleras. Mi tatarabuela, María Ana, corrió por la ciudad, aún en movimiento, para ir por ella. Mientras llegaban a su casa, vieron que el mar se estaba retrayendo. De milagro, su casa no se inundó; mi tatarabuela dijo que fue gracias al rosario que colgó en su jardín. El terremoto, que según los registros tuvo una magnitud de 7,3, y el tsunami que ocurrió después asesinaron a 116 personas y dejaron daños por 4 millones de dólares.

Puerto Rico ahora se está convulsionando con una fuerza que no se había visto desde 1918. Un terremoto con magnitud de 6,4 golpeó al país la mañana del 7 de enero cerca de Guayanilla, en la costa suroeste de la isla, por lo que una persona murió y por lo menos nueve resultaron lesionadas. También detonó un apagón en casi toda la isla, dejó a cerca de 250.000 personas sin servicio de agua y derribó estructuras que habían quedado dañadas en terremotos anteriores.

En total, más de 1200 terremotos han sacudido la región en las últimas tres semanas. Más de 2200 personas han perdido su hogar, y cerca de 6000 duermen afuera por temor a que sus casas colapsen sobre ellos en cualquier momento. En cinco de las seis municipalidades más afectadas, los cálculos preliminares de los daños suman más de 460 millones de dólares.

Los puertorriqueños de la isla y de la diáspora aún lidian con el trauma del huracán María, que impactó en septiembre de 2017. El torrente de terremotos está revelando la realidad de que el gobierno no está preparado en absoluto para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos. Lo más probable es que la fuerza de los terremotos disminuya a lo largo del próximo mes. No obstante, el Servicio Geológico de Estados Unidos no ha descartado la posibilidad de que ocurra otro terremoto de magnitud 6,4 o mayor.

En estos días de incertidumbre, he estado pensando mucho en mi tatarabuela, y la manera en que buscó recatar a su hija de la tierra temblorosa. La he visto reflejada en los ciudadanos y las organizaciones sin fines de lucro que han salido a auxiliar a nuestros hermanos y hermanas de las municipalidades de la costa suroeste.

Los puertorriqueños atraviesan carreteras montañosas en peligro de colapsar para ir a zonas donde la ayuda aún no ha llegado. Algunos, como el equipo de voluntarios de una ferretería, han venido a construir viviendas temporales para los niños. Otros han creado un sitio web para identificar provisiones de manera eficaz y distribuirlas de manera uniforme entre las municipalidades. Una partera presta sus servicios en la parte trasera de una camioneta. Han venido tantas personas a ayudar que ha habido embotellamientos para entrar a la zona de desastre.

Los puertorriqueños de la diáspora recaudan fondos desde la distancia para ayudar a los residentes de Guayanilla, Guánica, Yauco y Ponce, que han sido los más afectados, así como a los de otras ciudades dañadas. También se están organizando políticamente: Boricuas Unidos en la Diáspora, un grupo puertorriqueño de defensa con sede en Washington D. C., convocó a una manifestación el 15 de enero frente a las oficinas centrales del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano para exigir que se destinen fondos a la recuperación tanto del huracán María como de los terremotos recientes.

Las muestras de apoyo, más allá de evidenciar la compasión profunda y el carácter resistente de los puertorriqueños, es un reflejo de una realidad más sombría. Muchos no confían en que los gobiernos federal y local lleven a cabo su trabajo.

Puerto Rico no tiene un plan oficial de gestión de emergencias para terremotos. Citando las preocupaciones por la seguridad de los residentes y de los voluntarios que intentan auxiliarlos, el geomorfólogo José Molinelli ha recomendado evacuar las municipalidades del sur. La gobernadora Wanda Vázquez dijo que ni un solo residente desplazado ha expresado un deseo de irse de las regiones del epicentro. En una reunión con los alcaldes de las áreas afectadas, dijo que hay “varias alternativas”, que podrían ser posibles, incluyendo darles vales de la Sección 8 o reubicar a los desplazados a unidades desocupadas de la Administración de Vivienda Pública de Puerto Rico.

Ante un gobierno poco eficaz, de nuevo hemos optado por no esperar a que nuestros políticos electos o funcionarios federales electos nos ayuden. Sin embargo, después de una emergencia, no debería depender de los ciudadanos y de los grupos locales crear estructuras de ayuda para catástrofes.

GUANICA, Puerto Rico — Un grupo del Templo Cristiano de Cabo Rojo entrega agua y comida a las víctimas del terremoto en Guánica, P.R., el 11 de enero de 2020. (Erika P. Rodriguez/The New York Times)
GUANICA, Puerto Rico — Un grupo del Templo Cristiano de Cabo Rojo entrega agua y comida a las víctimas del terremoto en Guánica, P.R., el 11 de enero de 2020. (Erika P. Rodriguez/The New York Times)

No obstante, no podemos culpar solo al gobierno local, que opera dentro de los límites de su relación colonial con Estados Unidos. En la Casa Blanca, el presidente Donald Trump aún no ha hecho ningún comentario público al respecto. Firmó una declaración inicial de emergencia que destina 5 millones de dólares a servicios de emergencia, pero no ha accedido a una solicitud de la gobernadora Vásquez para declarar a Puerto Rico como una zona de catástrofe grave. Hasta entonces, hay un límite en la cantidad de ayuda que la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) puede proporcionar, aunque no es un límite estricto.

Además, los más de 18.000 millones de dólares en financiamiento federal que fueron destinados hace más de dos años por el Congreso tras el paso de los huracanes Irma y María aún no han llegado a la isla. El presidente Trump le prometió a la gobernadora Vásquez que desembolsarían la ayuda rápidamente, pero, dado su historial, no parece que vaya a cumplir con su palabra. De nuevo, la respuesta es un reflejo de lo poco que este gobierno valora nuestras vidas, un hecho destacado en estudios recientes que muestran cómo Texas y Florida recibieron una respuesta federal más generosa y veloz durante la temporada de huracanes de 2017.

En medio de la desconfianza hacia los gobiernos que nos rigen, los puertorriqueños han encontrado consuelo y apoyo entre sí. Si los últimos dos años y medio nos han mostrado algo, es una verdad: somos nuestra propia salvación.

©2020 The New York Times Company