Los visitantes al Capitolio filmaron la partida de George Kent, un funcionario del Departamento de Estado, después de una audiencia con el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes en Washington el miércoles (Anna Moneymaker/The New York Times)
Los visitantes al Capitolio filmaron la partida de George Kent, un funcionario del Departamento de Estado, después de una audiencia con el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes en Washington el miércoles (Anna Moneymaker/The New York Times)

En el norte del estado de Nueva York, Travis Trudell recibió una alerta en su teléfono la mañana del miércoles, 13 de noviembre, que le informaba que las audiencias de impugnación habían comenzado. Decidió ver Disney Plus mejor. En Wisconsin, Jerre Corrigan nunca consideró verlas. Pasó el día impartiendo lecciones de matemáticas a niños de tercer grado. En Idaho, Russell Memory tuvo un día ajetreado como programador informático y optó por ponerse al corriente en unas semanas cuando terminaran las audiencias.

Los demócratas en el Congreso abrieron al público el caso contra el presidente Trump la semana pasada. Sin embargo, tras horas de testimonios, miles de noticias y días de encabezados sobre el tema, una cosa quedó clara: muchos estadounidenses no estaban escuchando.

“Es más difícil ahora, quieren atraparte con esos encabezados”, comentó Corrigan la noche del miércoles desde su casa en Stevens Point, Wisconsin. “Trump hizo esto, Trump hizo lo otro. Hay que adentrarse en el tema e investigarlo. Y no creo que mucha gente lo haga”.

Agregó sobre las audiencias: “Simplemente no sé qué pensar. Habría que saber los hechos y no sé si en este momento los medios los están proporcionando”.

En este momento político volátil, pareciera que la información nunca ha sido más crucial. El país se encuentra en medio de un procedimiento de impugnación o juicio político en contra de un presidente por tercera vez en la historia moderna; a menos de un año de unas elecciones en las que hay mucho en juego.

Sin embargo, justo cuando la información es más necesaria, muchos estadounidenses sienten que está más fuera de su alcance. El auge de las redes sociales; la proliferación de la información en línea, incluidas las noticias destinadas a engañar y una avalancha de noticias partidistas están haciendo que las noticias mismas resulten un fastidio. A eso hay que sumarle un presidente con un historial documentado de emitir declaraciones falsas y el resultado es una normalidad nueva y extraña: mucha gente se siente confundida y desorientada, y batalla para discernir lo real de entre un mar de sesgo, falsedad y hechos.

El público estadounidense está entumecido y desorientado por la saturación de la información - luchando por discernir lo que es real en un mar de sesgos, falsedades y hechos (George Etheredge para The New York Times)
El público estadounidense está entumecido y desorientado por la saturación de la información - luchando por discernir lo que es real en un mar de sesgos, falsedades y hechos (George Etheredge para The New York Times)

Claro, muchos estadounidenses tienen la experiencia opuesta: recurren a las fuentes en las que confían —ya sea de derecha o de izquierda— que les dicen exactamente lo que ya creen que es cierto. No obstante, una encuesta que se dio a conocer la semana pasada descubrió que el 47 por ciento de los estadounidenses cree que es difícil saber si la información que consultan es cierta. Solo para un 31 por ciento es fácil. Alrededor del 60 por ciento de los estadounidenses dice que normalmente ve noticias contradictorias sobre el mismo conjunto de hechos de fuentes distintas, según la encuesta, de The Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research y USAFacts.

“Ahora más que nunca, la línea divisoria entre la información basada en hechos y los comentarios tendenciosos es difusa para la gente”, comentó Evette Alexander, directora de investigación en Knight Foundation, que financia el periodismo y la investigación. “Eso significa que confían menos en lo que están viendo. Se sienten menos informados”.

También están dejando de poner atención. Trudell, un elector registrado como independiente, dejó de atender las noticias nacionales hace como un año. Le pareció tóxico y mentalmente gravoso, además de que daba lugar a discusiones que nunca acababan. Mejor decidió concentrarse en la política a nivel local y estatal. Como gerente de seguridad de un centro comercial, tiene que preocuparse por los ladrones de tiendas, así que estar al día respecto de las reformas estatales a la justicia penal le resulta útil.

La política nacional, comentó, ha comenzado a parecerse al testimonio de un testigo presencial: “Las personas pueden ver cosas totalmente distintas, aunque estén paradas unas junto a otras”.

Así que el miércoles en su día libre, que además era el día de su cumpleaños número 39, decidió consentirse con una siesta y capítulos repetidos de los Simpson después de que sus hijos se fueron a la escuela.

“Sí, hay claroscuros, pero ¿qué me dicen del blanco y el negro?”, preguntó. “Damos por hecho que todo es claroscuro ahora”.

Hay buenos motivos para el escepticismo. De las poderosas nuevas fuerzas digitales que sacuden a los electores estadounidenses, tal vez las más perniciosas son los elementos diseñados para engañar.

Matt Stanley, administrador escolar y demócrata registrado en Crum, Virginia Occidental, observó como su candidato al Congreso en las elecciones intermedias del año pasado, Richard Ojeda, perdió por un buen margen. Según Stanley, el resultado estuvo relacionado en parte con una oleada de anuncios negativos en Facebook que mostraban fotografías manipuladas con la intención de desacreditar a Ojeda, incluida una que lo mostraba con maquillaje y una boina rosa.

Pero la parte más corrosiva vendría después, mencionó Stanley. No era que la gente creyera las cosas equivocadas que veía en línea, sino que dejaba de creer en las cosas que eran ciertas, o ya no creía en nada. Eso le hizo temer por el futuro. ¿Cómo podemos tener una sociedad sin puntos de referencia compartidos?, se preguntó el jueves, 14 de noviembre.

La información falsa es sólo una parte del problema. Otro es el volumen de noticias y la creciente participación de la opinión (George Etheredge para The New York Times)
La información falsa es sólo una parte del problema. Otro es el volumen de noticias y la creciente participación de la opinión (George Etheredge para The New York Times)

“Las redes sociales, enturbian demasiado las cosas”, comentó Stanley, de 50 años. “Hay tanta información sesgada, que nadie cree en nada. Hay tanto contenido ahí afuera y no sabemos qué creer, así que es como si no hubiera nada”.

La información falsa es solo una parte del problema. Otra es la gran cantidad de noticias y el hecho de que una creciente proporción de estas son opiniones. El hartazgo embarga a las filas de ambos partidos.

“Hay ciertos programas que desprecian a Trump, que se convierten en un espectáculo para criticar a Trump”, comentó Els Ruijter, de 55 años, una traductora independiente de izquierda que habita en los suburbios de Detroit. “Es como comer papas fritas. Cuando me las como se siente bien, pero luego me causan un poco de indigestión”.

Agregó: “Actualmente, estar al día requiere mucho trabajo”.

Además, están los políticos mismos; empezando por Trump, quien ha ayudado a sembrar la confusión afirmando, una y otra vez, cosas que no son ciertas de acuerdo con los verificadores de hechos de los medios.

“En la arena política, ya no necesitas que los hechos sustenten lo que dices”, comentó Talia Stroud, directora del Center for Media Engagement de la Universidad de Texas. “El resultado es una población al borde del cinismo, que discute por todo lo que se opone a su manera de pensar”.

La pérdida de hechos compartidos puede ser corrosiva para el discurso racional, como en Rusia, donde los líderes políticos aprendieron a usar la explosión virtual mucho antes que los estadounidenses.

“Diseminan este sentimiento de que la gente vive en un mundo de conspiraciones interminables y la verdad es insondable y todo lo que queda en este mundo desconcertante es uno mismo”, comentó Peter Pomerantsev, autor de “This is Not Propaganda: Adventures in the War Against Reality”. Se refería al presidente ruso Vladimir Putin y a otros gobernantes autoritarios. Trump, manifestó, también tiene ese estilo.

Pomerantsev, quien trabajó en una estación de televisión rusa a principios del siglo XXI, comentó que hay un sentimiento transgresor en los líderes autoritarios que se pasan los hechos por el arco del triunfo.

“No estamos entendiendo bien si no nos damos cuenta de cuánto complace esto a sus seguidores”, comentó. “¿De verdad dijo eso? No puedes dejar de verlo. En parte, tiene que ver con el poder, pero también es anárquico y eso supone una extraña libertad”.

Sin embargo, la estrategia de Trump no resulta atractiva para todos, incluso hay quienes no la comparten en su propio partido.

“No apoyo esta manera de hacer política, siempre que hay algún tipo de controversia, basta con negar los hechos de manera tajante y seguirlo haciendo una y otra vez hasta que la gente se canse y luego pasas a otra cosa”, comentó Memory, el programador informático. Memory, republicano registrado, dijo que por eso no votó por Trump.

No obstante, comentó que veía sesgo en los medios noticiosos liberales y que eso también lo sacaba de quicio. Se sentía molesto, por ejemplo, porque se diera tanto revuelo a las noticias de que a Trump lo abuchearon en la Serie Mundial de Béisbol en Washington, pero cuando Trump fue vitoreado en Alabama unos días después, casi no encontró noticias al respecto.

“No creo que las noticias sean falsas, sino que son parciales”, comentó Memory, de 37 años. “Ambas cosas ocurrieron. Lo abuchearon y lo vitorearon. Pero a una de esas noticias se le dio más auge. Eso es lo que me molesta”.

El grado de enajenación es nuevo. A finales de la década de 1970, casi tres cuartas partes de los estadounidenses confiaban en los periódicos, la radio y la televisión. Walter Cronkite leía las noticias todas las noches y la mayoría de los estadounidenses se iban a dormir con el mismo conjunto de hechos, incluso si tenían opiniones políticas distintas. Hoy en día, menos de la mitad de los estadounidenses confían en los medios, según Gallup.

El declive en la confianza es especialmente pronunciado por partido. Actualmente, alrededor de un 69 por ciento de los demócratas tiene mucha confianza en los medios, en comparación con solo un 15 por ciento de los republicanos y un 36 por ciento de los independientes, según Gallup.

Los conservadores son los que menos confían porque sospechan más de la clase dominante liberal y los medios que surgen de esta, comentó Stephen Hawkins, director de investigación en More in Common, una organización sin fines de lucro que estudia la polarización.

“En la derecha se tiene esta sensación de que la marea cultural se ha inclinado hacia gente como yo”, dijo Hawkins, quien creció siendo evangélico. “Existe esta sensación de victimismo hacia el gobierno, los medios y los académicos. ‘Esta gente nos deseña, si no es que nos odia, y entonces no puede ser un testigo de fiar de lo que estamos viendo de manera cotidiana’”.

Pomerantsev argumenta que la evasión de las noticias se da en ambos partidos y que el concepto de derecha e izquierda ya no aplica. En Rusia, tiene más que ver con la pérdida de identidad nacional y una mayor historia de progreso que llegó con el colapso de la Unión Soviética.

“No hubo hechos agradables que decirle a la gente y de manera repentina teníamos una ideología política basada en la nostalgia”, manifestó. “Veinte años después, hemos llegado a este punto en Occidente”.

Están publicándose nuevos trabajos académicos que apoyan la opinión de que evitar noticias no es de derecha ni de izquierda. Benjamin J. Toff, profesor asistente de periodismo y comunicación masiva en la Universidad de Minnesota, llevó a cabo entrevistas a profundidad en Iowa este verano y descubrió que aquellos que decían que evitaban las noticias tendían a ser más jóvenes, mujeres y personas con menos ingresos, gente que ya batallaba entre mantener un empleo y las tareas del hogar, haciendo que las horas para evaluar nuevas fuentes de noticias fueran “lo último que querían hacer con su tiempo”, comentó Toff.

“Tenían este sentimiento de que había que dudar de todo lo que se divulgaba, pero no tenían el tiempo para encontrarle sentido”, manifestó.

*Copyright: 2019 The New York Times Company