El Dr. Omar Ibrahim. (The New York Times)
El Dr. Omar Ibrahim. (The New York Times)

“Esta es mi pequeña heroína”, dijo el cirujano, mostrando una fotografía de una bebé que bebía de una mamila, con la cabeza llena de vendas.

La imagen no era una foto de un familiar, sino un recuerdo de uno de los pacientes más jóvenes que el Dr. Omar Ibrahim, un neurocirujano egipcio de 32 años, había salvado durante sus seis años como voluntario en la guerra de Siria.

Fátima, de seis meses, había llegado a su hospital de campo en la ciudad asediada de Alepo, comatosa y sufriendo espasmos, con una lesión de metralla en el cerebro, dijo. “Era la primera vez que realizaba ese tipo de operación”, recordó. “Solo era yo. Estaba nervioso. ¿Y si moría o yo lesionaba su cerebro?”.

Después de seis años de trabajar en sótanos bajo bombardeos en una de las zonas bélicas más peligrosas del mundo, a Ibrahim le han permitido la entrada a Turquía y finalmente está tomándose un descanso. Mientras bebía té en un campus universitario boscoso en la ciudad de Elazig en el este de Turquía el mes pasado, observó las fotografías y videos que tenía en su celular, recordando los peores y los mejores momentos de su labor a tan solo metros de la línea de batalla.

Fátima sobrevivió. También tiene otra foto en su celular del momento en que despertó del coma, abrió la boca y gritó. “Los cerebros de los bebés son muy flexibles”, dijo. “Observamos recuperaciones asombrosas de bebés, de verdad sorprendentes”.

Ibrahim, hijo de un contador de Sohag, una ciudad de tamaño mediano en el tramo superior del Nilo en Egipto, jamás planeó ir a la guerra. Tenía pensado en ir al Reino Unido para intentar hacer una carrera como neurocirujano.

No obstante, se interpuso en su camino la Primavera Árabe.

Aún estaba en la facultad de medicina en Sohag y veía desde el margen cuando Egipto se convulsionaba debido a las manifestaciones que derrocaron al presidente Hosni Mubarak en 2011. Más tarde, se unió a mítines y ayudó a tratar a manifestantes heridos cuando se desataron los enfrentamientos con la policía.

“Todos sentimos que algo debía cambiar”, comentó.

Egipto ofrecía pocas cosas a su generación de graduados. “La corrupción, el sistema de salud y la educación” eran motivo de preocupación, comentó. Los bajos salarios y la falta de equipo y medicamentos en Egipto hacían que la mayoría de los médicos se fueran al extranjero para continuar con su carrera, dijo. Ninguno de sus cuatro hermanos, todos con carreras universitarias, encontró empleo permanente en Egipto.

En 2013, cuando la revolución fue sofocada y el presidente Mohamed Morsi y sus simpatizantes fueron encarcelados, Ibrahim se unió a un éxodo de egipcios jóvenes e instruidos. “Todos sentíamos que la revolución había terminado”, comentó. “Había una gran ola de depresión”.

Tenía 26 años y estaba a la mitad de su residencia en el Hospital de la Universidad de Sohag cuando vio que se requerían médicos en Siria. Las manifestaciones en aquel país en contra del presidente Bashar al Asad para entonces se habían convertido en un conflicto armado a gran escala, y él lo consideró una oportunidad para ayudar.

No era la decisión profesional que Ibrahim había planeado, pero la aceptó. “Quería arriesgarme a comenzar en algún lugar para lograr algo bueno”, dijo.

Para llegar a la zona de guerra solo debía hacer un recorrido sencillo de dos días. En Alepo, se alegraron de recibir a un cirujano adicional, pues el personal médico huía, y él se instaló.

En enero de 2014, la Sociedad Médica Estadounidense-Siria, que estaba apoyando uno de los hospitales de campo, lo contrató y comenzó a ayudar con equipo. Unos meses después, llevó a cabo su primera cirugía cerebral, y extrajo fragmentos de cráneo del cerebro de un paciente, mientras un cirujano sénior lo observaba.

Había planeado quedarse solo unos meses, pero después retrasó su partida. “Debía quedarme”, agregó. “Todo estaba empeorando: más lesiones, más médicos que se iban”. Cruzar de regreso a Turquía a lo largo de rutas de contrabando también se volvió peligroso. “Estaba procrastinando”, dijo. “No soy una persona muy arriesgada”.

Sin embargo, conforme el gobierno sirio se aferraba a su control de la ciudad, Alepo se convirtió en una de las zonas de guerra más peligrosas del mundo, y los hospitales y las clínicas médicas se volvieron blancos de las bombas del gobierno. Él vivía y trabajaba en tres hospitales de campo que operaron en sótanos durante dos años.

(The New York Times)
(The New York Times)

El personal médico aprendió el ritmo de los bombardeos —los jets y los helicópteros comenzaban a las nueve de la mañana y se alejaban al anochecer— y subían a los otros pisos durante una hora para comer, antes de que los bombardeos de los puestos cercanos de gobierno los enviaran de regreso al sótano.

Durante algunos meses hubo un cese al fuego y pudo tomarse una pausa visitando a amigos sirios en el campo afuera de Alepo. Incluso se comprometió, después de que le presentaron a Joud, una trabajadora social de 23 años que trabajaba en el área administrativa de una beneficencia.

Conforme se intensificaban los bombardeos, aumentó el número de muertos. Un mes después de su compromiso en 2016, Joud fue asesinada durante un bombardeo camino a casa desde el trabajo. Ibrahim se aisló durante unos días de luto y furia. “No tenía ganas de hablar con nadie”. No obstante, poco después, regresó al trabajo. “Otras personas perdieron más que yo”, comentó.

El hospital estaba saturado de heridos durante los últimos meses de asedio. “No podía salir del hospital ni unos cuantos minutos, porque en cualquier momento nos podía caer una bomba”, dijo. “Era otra persona. No dormía, no caminaba. Era como estar en una prisión y trabajar ahí adentro”.

El día más difícil fue cuando lo obligaron a operar a alguien en el piso de la unidad de cuidados intensivos, pues las camas y las salas de operaciones estaban ocupadas. “El hospital estaba muy lleno, y debía realizar la cirugía de inmediato”, dijo.

El paciente estaba en coma con una lesión cerebral y una de sus pupilas dilatadas, señal de que sufría una presión que amenazaba su vida debido al sangrado del cerebro. “Cada minuto cuenta”, dijo Ibrahim. “Perforé un pequeño agujero y el paciente se estabilizó”.

Jamás supo cómo se llamaba aquel hombre, pero el paciente lo visitó dos meses después para hacerse una revisión. “Me quedé como piedra”, recordó Ibrahim. “No esperaba que sobreviviera”.

Un mes después de escapar de la guerra, dice que se siente desconectado y deprimido viviendo en una ciudad desconocida donde no habla el idioma. Para volver a enfocarse en su carrera, dice que tiene la determinación de volver a la cirugía de guerra.

“Tengo más que hacer. Todavía soy joven y tengo energía”, dijo. “Es el comienzo de mi vida”.

c.2019 The New York Times Company