Un vendedor callejero ofrece bananas frente a una pintura con la imagen del líder independentista venezolano Simón Bolívar en Caracas, Venezuela, el martes 16 de julio de 2019. (AP Foto/Rodrigo Abd)
Un vendedor callejero ofrece bananas frente a una pintura con la imagen del líder independentista venezolano Simón Bolívar en Caracas, Venezuela, el martes 16 de julio de 2019. (AP Foto/Rodrigo Abd)

España, como todas las naciones europeas, tiene muchos temas internos que resolver. Problemas económicos y territoriales. Reformas educativas y productivas. Modificar leyes restrictivas y aprobar otras que brinden más derechos a más gente. Sin embargo, pese a todo lo que hay por hacer, la última moda de la oposición española es hacer política local mediante países terceros -y si son latinoamericanos, mejor-. Hace unos meses Vox eligió a Bolivia para escenificar un “paripé” surreal contra Evo Morales brindando una conferencia de prensa desde La Paz. Esta semana le tocó el turno a Venezuela.

Hablar de Venezuela hubiera sido motivo de celebración si se tratara de un análisis serio de salidas posibles a la traumática situación que viven sus millones de ciudadanos dentro y fuera del país pero en vez de eso, el origen de la supuesta preocupación del arco opositor encabezado por Pablo Casado (PP) fue el intento infructuoso de desgastar a un ministro de Sánchez y forzarlo a su destitución, acusar peyorativamente de “bolivarianos” a integrantes de la coalición de gobierno y aprovechar la ocasión para colar cualquier argumento simplista que parezca verosímil.

El relato público llega a tal absurdo que Cayetana Álvarez de Toledo, mano (de extrema) derecha de Casado, pidió en el hemiciclo que a José Luis Zapatero -quién mantiene reuniones con Nicolás Maduro para buscar canales de diálogo y cuidar los intereses de los españoles en Caracas- se le quitara el “título” de “ex-presidente de España", como si eso fuera posible. Solo le faltó pedir que lo borraran de los libros de historia.

Pero lo más preocupante no es lo que dicen, sino lo que esconde el pedido. Censurar el diálogo es ir por el camino de la inacción, del pataleo estéril, del statu quo ante el sufrimiento o peor: la imposición por la fuerza. Hasta Juan Guaidó dijo que se sentaría con Maduro si eso ayudara a solucionar el problema. Pero Álvarez de Toledo, quien tuvo el peor resultado electoral del PP en Cataluña y no convence ni a los propios, no quiere que Zapatero -un presidente que fue electo dos veces por los españoles y supo negociar la paz con ETA- se reúna con Maduro. Parece un chiste malo, pero no lo es.

El discurso de la derecha española camina por un barranco tan peligroso como irreversible. Imitan las declaraciones irreverentes y simplistas de los Trump, los Boris Johnson y las Le Pen creyendo que así obtendrán mejores resultados en las próximas elecciones. Se confunden. Subestiman el intelecto de sus votantes. Se llenan de contradicciones. Defienden a “Venezuela” como una entelequia al mismo tiempo que estigmatizan a los inmigrantes ni bien llegan a la frontera.

La hipocresía se paga caro en política. Utilizar el sufrimiento de un país para buscar el objetivo táctico de tensar la situación dentro de la coalición de gobierno es éticamente reprobable y sus bases o electores se lo tendrían que hacer notar. Cualquier discusión que no empiece por “qué vamos a hacer para mejorar esta situación” solo aporta más oscuridad al callejón en el que están metidos los venezolanos y alarga la pena de todos los demócratas que queremos elecciones libres en Venezuela, con garantías y protección internacional. Cuanto antes mejor.

El autor es analista y consultor político