Un grupo de talibanes se alista para el combate en el distrito de Ghanikhel de la provincia de Nangarhar. REUTERS/Parwiz/File Photo
Un grupo de talibanes se alista para el combate en el distrito de Ghanikhel de la provincia de Nangarhar. REUTERS/Parwiz/File Photo

La guerra de 18 años en Afganistán ya costó a Estados Unidos 1.500.000.000.000, un billón y medio de dólares. Bastante más de lo que costó el Plan Marshall, que ayudó a la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Los talibanes, a quienes se fue a combatir por dar refugio a la red terrorista Al Qaeda de Osama bin Laden, volvieron a controlar la mayor parte del país. Murieron 50.000 combatientes y 38.000 civiles afganos, además de más de 2.400 soldados estadounidenses. Más allá de algunos avances en Kabul y otras pocas ciudades, el país continúa sumido en la pobreza. Unos 30.000 millones de dólares se fueron por las cloacas de la corrupción. La mayor actividad económica del país es la producción de opio: provee el 80% de la heroína que se consume en el mundo. Muchas niñas continúan sin recibir ninguna educación y los varones tienen una muy básica. La gran mayoría de las mujeres siguen usando el burqa, que las cubre de pies a cabeza, cada vez que salen a la calle. Y esta semana se revelaron unos 2.000 documentos oficiales del Pentágono que muestran cómo los altos oficiales del ejército estadounidense que mientras decían públicamente que estaban ganando la guerra y reconstruyendo el país, en forma interna advertían de un verdadero desastre.

“No teníamos una comprensión profunda de Afganistán; no sabíamos lo que estábamos haciendo allí”, escribió en uno de los documentos Douglas Lute, un general de tres estrellas retirado que supervisó lo que estaba sucediendo en la guerra afgana para las administraciones de Bush y de Obama. “¿Qué estamos tratando de hacer en Afganistán? Cuando comenzamos, no teníamos la menor idea de lo que estábamos emprendiendo y ahora no tenemos idea de porqué seguimos en ese lugar”, dijo a los funcionarios de la Casa Blanca en 2015.

Declaraciones mantenidas en secreto hasta ahora que están provocando un enorme escándalo en los círculos políticos estadounidenses y que recuerdan el caso de los Pentagon Papers, publicados en 1971 por el Washington Post y el New York Times. Esos documentos revelaron que el ejército estadounidense y las sucesivas administraciones ocultaron que se estaba perdiendo la Guerra de Vietnam. Casi 50 años más tarde, es el turno de Afganistán. Los nuevos “papers” del Pentágono indican que, a pesar de todos los esfuerzos militares y monetarios, la guerra es imposible de ganar.

Operativo conjunto del Ejército Nacional Afgano y las tropas estadounidenses en Kabul. REUTERS/Omar Sobhani.
Operativo conjunto del Ejército Nacional Afgano y las tropas estadounidenses en Kabul. REUTERS/Omar Sobhani.

De las cinco grandes confrontaciones que Estados Unidos libró tras la Segunda Guerra Mundial, solo ganó la primera Guerra del Golfo. No pudo cantar victoria ni en Corea ni en Vietnam. Tampoco en Irak, y no se vislumbra que lo pueda hacer en Afganistán. Tan largo está siendo este conflicto que ya están llegando soldados en ataúdes que ni siquiera habían nacido cuando se produjeron los atentados del 11/S que motivaron la guerra.

La nueva investigación del Post, que fue publicada con el título de “En guerra con la verdad”, está basada en la desclasificación de casi 2.000 documentos de la Inspección General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR), que fue creada en 2008 para revisar el accionar estadounidense en Afganistán y evitar que los recursos se continuaran perdiendo en el entramado de corrupción galopante que atraviesa el país. Fueron más de 400 entrevistas a militares, diplomáticos, empleados de organizaciones no gubernamentales y oficiales afganos. Las declaraciones muestran la existencia de un presupuesto gastado sin control, en un país sin un gobierno central fuerte, con una elite gobernante corrupta que llevó a los afganos a rechazar la intervención extranjera y apoyar a los talibanes.

El teniente general Michael Flynn, que pasó varios años en Afganitán y fue brevemente asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, decía en 2015 en uno de los documentos: “Desde los embajadores europeos hasta nuestro personal de campo dicen que estamos haciendo un gran trabajo. ¿Realmente? Si estamos haciendo un gran trabajo, ¿por qué sentimos que estamos perdiendo?”. Y el coronel Bob Crowley, que fue comandante de unidades de la Isaf (la coalición internacional bajo la que supuestamente actúa Estados Unidos) aseguró en 2016 que “se manipularon muchos datos para dar la mejor imagen posible”. “Las encuestas, por ejemplo, no eran del todo confiables, pero reforzaban la idea de que todo lo que estábamos haciendo estaba bien”, declaró. “¿Qué ganamos con este esfuerzo de 1,5 billones de dólares?, se pregunta el coronel retirado Jeffrey Eggers en el reporte. “Creo que Osama bin Laden​ debe estar riéndose en su tumba de agua considerando todo lo que hemos gastado en Afganistán”. Y John Spoko, el director de la agencia federal que condujo las entrevistas, concluyó que su trabajo “muestra que se mintió constantemente al pueblo estadounidense”.

El Washington Post hizo el primer pedido de los registros de las entrevistas en agosto de 2016, bajo la ley de libertad de información. Pero les fueron negados durante tres años. El diario llevó dos veces a la agencia SIGAR a juicio hasta que finalmente un juez federal ordenó que le entregaran la información. Recibió cientos de transcripciones, pero muchas con tachaduras y sin que se pueda identificar al entrevistado. El juicio continúa y el Post pidió que se revelara el nombre de todos los implicados, aunque los editores decidieron publicar ahora los documentos “para informar al público mientras el gobierno de Trump negocia con los talibanes y analiza si retira los 13.000 soldados que continúan en Afganistán”.

Familiares llevan a enterrar a una de las víctimas de un atentado de los talibanes contra un hospital de Kunduz.(Reuters)
Familiares llevan a enterrar a una de las víctimas de un atentado de los talibanes contra un hospital de Kunduz.(Reuters)

El 28 de noviembre, cuando Trump visitó a las tropas por el día de Acción de Gracias, dijo a los soldados y oficiales reunidos en la Base de Bagram que se quedarán en Afganistán “hasta el momento en que tengamos un acuerdo, o tengamos una victoria total, y (los talibanes) estén desesperados por llegar a un acuerdo”. El presidente también reafirmó que quiere reducir la presencia militar estadounidense a 8.600 soldados.

Lo cierto es que hoy los talibanes dominan más territorio que en cualquier otro momento desde la invasión estadounidense del 2001. Los funcionarios de Washington insisten en que el gobierno afgano efectivamente “controla o influye” en el 56% del país. Pero esa evaluación se basa en una manipulación estadística. En muchos distritos, el gobierno controla solo la sede municipal o estatal y los cuarteles militares, mientras que los talibanes tienen dominio del resto del territorio. También, en los hechos, las fuerzas de seguridad gubernamentales superan en número a los talibanes por 10 a 1, o incluso más. Pero algunos funcionarios afganos estiman que un tercio de sus soldados y policías son “fantasmas” que desertaron sin ser retirados de las nóminas. Muchos otros están mal entrenados y no calificados.

La estratégica ciudad de Ghazni, al sureste de Kabul, fue invadida el mes pasado por los milicianos rebeldes que lograron tomar el control de toda la región. El gobernador negó por tres días que hubiera algún problema, hasta que un enviado del presidente Ashraf Ghani pudo comprobar la gravedad de la situación. Las fuerzas afganas lograron recuperar el poder después de seis días de cruentas batallas que dejaron 200 policías y soldados muertos.

Una de las ondas de negociaciones de los talibanes, el gobierno afgano y el enviado especial estadounidense en un hotel de Doha. Qatari Foreign Ministry/Handout via REUTERS
Una de las ondas de negociaciones de los talibanes, el gobierno afgano y el enviado especial estadounidense en un hotel de Doha. Qatari Foreign Ministry/Handout via REUTERS

Desde hace un año se registran sin ningún éxito “conversaciones de paz” entre los talibanes, el gobierno afgano y el enviado especial de Estados Unidos, Zalmay Khalilzad. Esta semana se reanudaron en Doha, la capital de Qatar, las reuniones después de tres meses en las que estuvieron en un limbo. Trump las había puesto en el congelador en septiembre después de un ataque talibán que dejó soldados estadounidenses muertos y heridos. En ese momento, también dijo que no recibiría en la residencia de Camp Davis a una delegación de talibanes como se venía negociando en secreto. De todos modos, cualquier salida negociada deja apenas la pequeña puerta trasera a las tropas estadounidenses.

Y, tal vez, un buen símbolo de esta guerra absurda sea el joven aspirante a la Casa Blanca por los demócratas, Pete Buttigieg. Es un marine retirado que estuvo destinado en Kabul durante siete meses, en 2014. Para el alcalde de South Bend, Indiana, lo que hay que hacer con Afganistán es “cerrar el asunto rápidamente”. “Es lo único en lo que debería de coincidir todo el mundo, demócratas, republicanos y el gobierno afgano”. Suceda lo que suceda en las presidenciales de 2020, Buttigieg dice que quiere regresar a Afganistán como un civil. “Mi esperanza es que pronto pueda visitar Afganistán como un turista, es un país muy hermoso con gente extraordinaria”, comentó el alcalde en una entrevista con la cadena de tv CBS. “Todos tenemos interés en que exista paz y estabilidad para los afganos y debemos hacer lo imposible para que esto se logre cuanto antes. Dieciocho años ya es demasiado tiempo perdido y vidas perdidas. Tenemos que terminar con esta guerra antes de que la guerra termine con nosotros”.

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