(Sophie Mutevelian / Netflix)
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“Su Majestad, ¿puedo sugerirle que viaje a Gales para contener a este pueblo arrasado por el derrumbe minero?”, sugiere, sin elevar la vista, el Primer Ministro de Gran Bretaña, Harold Wilson, en 1966: es una de las escenas más tensas de la tercera temporada de The Crown. E Isabel II (Olivia Colman) contesta: “¿Para qué voy a ir? ¿Para montar un espectáculo? La reina no está para eso”. Wilson oye sus propios latidos al contradecirla. “No dije montar un espectáculo sino darles contención”.

La decisión de la reina, al final del tercer episodio, no va a ser lineal. Habrá varios obstáculos, dudas y protocolos que afrontar. ¿Cuánto es verdad o impostación en la nueva temporada de The Crown? ¿Dudó, Isabel II, acerca de su rol real y protocolar frente al desastre en la localidad galesa de Aberfan, en 1966? Una montaña de carbón hecha lodo por las lluvias cayó en aluvión sobre las casas y una escuela: murieron 116 niños y 26 adultos. El gesto sombrío de Olivia Colman, en la piel de la reina, y sus pensamientos sobre cómo actuar para no alejar a la realeza del pueblo y sus sufrimientos, tensarán los hilos en esta ficción magistral.

(Sophie Mutevelian / Netflix)
(Sophie Mutevelian / Netflix)

Imposible comprobar si cada uno de sus diálogos ocurrieron, la ficción aporta su propia lógica. Tras dos temporadas de éxito global, The Crown volvió no sólo para apuntalar el peso de Netflix en el mercado del streaming, cada vez más competitivo desde que en noviembre se lanzó Apple TV+ a nivel mundial y Disney+ en el hemisferio norte. ¿Lograrán destronarla? Netflix aportó esta respuesta táctica para soportar la competencia: la tercera temporada de The Crown.

Tráiler de la tercera temporada de "The Crown"

Y enseguida despejó dudas y resquemores por su cambio de elenco. Ya no está Claire Foy en el rol de Isabel II, pero Olivia Colman (ganadora del Óscar 2019 a Mejor actriz por haber compuesto a otra reina, Ana Estuardo, desde el kitsch y la recarga, en La favorita de Yorgos Lanthimos) es una reina más madura y menos ansiosa. La que encara desafíos internos y externos con aplomo y capacidad estratégica in crescendo. Y con ello logra un retrato fascinante, entre idílico y dolido, aunque sin perder verosimilitud.

¿Cuáles serán estos retos? La devaluación de la libra esterlina y las críticas por los recortes de gastos de Estado; la tragedia en Aberfan (y luego la histórica huelga de los mineros de 1974); la conflictiva relación con su hermana, la princesa Margaret; las dudas sobre su capacidad de liderazgo, el nombramiento de Carlos como príncipe de Gales (resistido por los nacionalistas) y los resquemores de la reina sobre la capacidad de su primogénito para sucederla.

Esta tercera temporada cerrará con el jubileo de plata de Isabel, en 1977. En la próxima (con Helen Mirren como tentativa protagonista, y el regreso de Claire Foy, en flashbacks) llegará toda la trama que alimentó a los periódicos sensacionalistas en los años ’80: el casamiento de Carlos con Diana Spencer, sus distancias, escándalos y odios progresivos. Pero la reina que caracteriza Colman, la del paso de los años ’60 a los ’70, tiene sus desafíos internos: aprender a modernizarse sin perder autoridad. ¿Qué hay en su mente y en su corazón, cada vez que el público o algún funcionario le demandan su implicación real?

Olivia Colman interpreta a la Reina Isabel (Sophie Mutevelian / Netflix)
Olivia Colman interpreta a la Reina Isabel (Sophie Mutevelian / Netflix)

El primer episodio inicia en 1964 e Isabel sabe qué se espera de ella de cara a un desafío crucial: el déficit comercial del Reino Unido. Con sintética sagacidad, el creador, productor y guionista de The Crown, Peter Morgan, ideó un recurso visual y narrativo para atenuar el impacto de ya no ver a Foy y sí a Colman: pone en primer plano dos estampillas con los perfiles de ambas para que ella reflexione sobre el paso del tiempo.

“Cuando era chica soñé que iba a estar en las monedas y en los billetes”, le dirá a su número dos, su hermana Margaret, encarnada con natural exageración por Helena Bonham Carter (antes era Vanessa Kirby). En otra escena de gran efectividad psicológica y narrativa, ella llama por teléfono a Margaret, quien está de gira por Estados Unidos, y le dice: “Antes te lo pedí como hermana y no me hiciste caso. Ahora te lo ordeno como tu Reina. Necesito que te reúnas con Lyndon Johnson en la Casa Blanca. Tu presencia diplomática es vital para que Norteamérica nos preste los millones de dólares que necesitamos para salir del déficit”.

Margaret irá a visitar al presidente de Estados Unidos junto a su marido Antony Armstrong-Jones (Ben Daniels). ¿Qué habrá sucedido en ese cónclave, entre copas, juegos y chistes en la Casa Blanca, para que Lyndon haya provisto el préstamo sin tantas dilaciones? El juego entre lo real y lo posible, lo histórico y lo exagerado, logra fluir en The Crown: Peter Morgan no falló en su habilidad para fusionar hechos dignos de documentales con tonos del melodrama, y, encima, con un creciente suspenso.

(Sophie Mutevelian / Netflix)
(Sophie Mutevelian / Netflix)

Si el mayor desafío de The Crown (al menos a nivel superficial) era igualar o superar el nivel de las primeras dos temporadas con un elenco nuevo, la composición de Colman rubrica lo que ya dejó ver Claire Foy: ser reina es más complejo y menos frívolo de lo que se cree. Ella es la reserva moral de su nación. El símbolo conservador que garantiza su perpetuación.

Cada episodio podrá verse en forma independiente, como fotografías dolorosas, sugerentes o implacables de la personalidad de Isabel II frente a sus súbditos y familiares. Pero jamás se diluirá el rigor político que da peso a esta ficción: la tensión entre conservadores y laboristas y ciertas conspiraciones, que no parecen menos impactantes que el actual conflicto del Brexit. El tema de The Crown podría ser éste: la habilidad de la reina (y de su entorno) para mover sus piezas al compás de la realidad. ¿Cuál? El fin de una era de tranquilidad y de expansión económica. Por algo le dice la reina a Churchill (John Lithgow), ya convaleciente: “Winston, fuiste mi ángel guardián”.

Otro objetivo central de The Crown es exponer la terminante distribución de roles que garantiza la perpetuidad de la monarquía. “Todos tenemos una función que cumplir, por el bien y la continuidad de este gran imperio. Isabel estará en el centro y vos, Margaret, al costado”, les había dicho su padre, el anterior rey y ahora duque de Windsor: él fallecerá en 1972. Y otro plano también se le destinó al marido de la reina, Felipe, Duque de Edimburgo (Tobias Menzies, en un rol adusto y mucho mayor al deslucido rol de Edmure Tully que tuvo en Game of Thrones). El será su consejero y su sombra invisible. También el que va a equilibrar otro de los miedos de la monarca: que vean en ella debilidad.

Helena Bonham Carter (Sophie Mutevelian / Netflix)
Helena Bonham Carter (Sophie Mutevelian / Netflix)

Lo refleja un episodio ridículo aunque verdadero. La familia real decide protagonizar un documental (casi como un antecedente de los realitys de hoy) buscando mostrarles su lado más humano y cotidiano a los contribuyentes. Pero la exagerada puesta en escena de aparece en pantalla viendo televisión o cocinando una barbacoa, como cualquier hijo de vecino, sólo acrecentará las críticas de los medios por la falta de credibilidad. “Su majestad, el pueblo no quiere que ustedes sean como ellos. Necesitan admirarlos por lo que representan: un ideal”, le dice un consejero a Isabel II.

Otro episodio primordial es el cuarto: se titula Bubbikins, por el cariñoso apodo que le había puesto a Felipe de Edimburgo su madre, la princesa Alice, ya anciana. Es un relato sobre la culpa y la expiación. Ella vive en un convento en Grecia, ataviada de monja. Hace obras de caridad, pero en la Realeza es vista como una excéntrica o, peor, como una desvaída mental.

Hasta que se produce un golpe militar en Atenas y la reina decide repatriar a su suegra. “Es tu madre, deberías volver a tener relación con ella”, conmina Isabel a Felipe. El enigma no es sólo por qué se alejó de Alice: se revelarán los traumas que había sufrido desde niña para haber sido internada en un instituto psiquiátrico.

(Sophie Mutevelian / Netflix)
(Sophie Mutevelian / Netflix)

Además de hacer comprender la psicología del esposo de la reina, el giro dramático de este episodio se conectará con el séptimo: Polvo lunar (Moondust). En vísperas de la llegada del hombre a la luna, Felipe, que tiene expertise de piloto, se obsesiona con la épica de los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins; sigue con fascinación la transmisión del alunizaje por TV mientras la reina lo mira con ternura, o tristeza, sabiendo qué siente en verdad: un vacío por su falta de logros personales.

A su regreso de la Luna, los astronautas emprenderán una gira mundial y, cómo no, visitarán al Palacio de Buckingham. “Quiero tener un encuentro en privado con ellos”, solicita Felipe. ¿Qué les preguntará? ¿Qué contrastes ve en estos jóvenes astronautas devenidos íconos globales, frente a lo que él debió resignar, envuelto en lujos? Cuando los tenga delante y vea que detrás de su aura heroica son personas comunes, incluso sin demasiada hondura filosófica, y que son ellos los que se fascinan por estar en medio del lujo real, algo en Felipe se va a quebrar.

(Sophie Mutevelian / Netflix)
(Sophie Mutevelian / Netflix)

O quizá aprenda otra forma de generar acciones positivas y duraderas, lejos del cielo (o no tanto): conocerá al reverendo Robin Woods, el nuevo Decano de Windsor, quien tiene la idea de abrir una academia religiosa en los terrenos del castillo para promover la reflexión espiritual. “Miren el ejemplo de los astronautas. Acá hay que hacer cosas, no sólo rezar”, contesta Felipe. Pero al final aprenderá, con el apoyo de la reina, que existen muchos modos de actuar por el bien común (o el bien real). Cada cual tiene su rol prefijado en la Corona, pero, todos, al final, son la garantía de su eternidad.


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