cello hadaLa editorial Compañía Naviera Ilimitada acaba de editar Cuento de hadas en Nueva York, de J. P. Donleavy. Se trata de un rescate. Publicada originalmente en 1973, está basada en una pieza teatral del propio Donleavy, que nació en Nueva York y se mudó a Irlanda tras servir en la Marina norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial. El libro circuló en castellano hace unos cuantos años. Después cayó en el olvido y se volvió inconseguible. Y quizá se convirtió en leyenda. Dicen que desde entonces fue un secreto guardado entre libreros y editores. Naviera la devuelve a las librerías, con la traducción clásica de Enrique Pezzoni.

Tres instantáneas de Cuento de hadas en Nueva York, difícil de sacar de la cabeza:

Uno

La novela comienza con un barco y un ataúd. En el muelle, algunos estibadores se quitan la gorra, depositan el cajón sobre el portaequipaje, entre susurros lo llevan a un cobertizo. Cornelius Christian mira apesadumbrado cómo bajan a su Helen, ahí dentro. El inspector de aduana trata de ser breve y amigable, aunque algunas preguntas no pueden evitarse. De boca de Christian nos enteramos de que la muerte de su esposa ocurrió a bordo y que planea enterrarla ahí mismo, en Nueva York, aunque no tiene plata.

Le consiguen un taxi, arreglan para que el cajón llegue a la Funeraria Vine. En el gruñido de la escalera mecánica que baja cajas de embalaje y baúles, empujándolos, golpeándolos, entre grúas que rechinan y pilas de valijas, un pensamiento corre por la cabeza de Christian: si tratan las cosas de este modo, el ataúd se abrirá.

“Cuento de hadas en Nueva York”, de J. P. Donleavy, editado por Compañía Naviera Ilimitada
“Cuento de hadas en Nueva York”, de J. P. Donleavy, editado por Compañía Naviera Ilimitada

Dos

El señor Vine, dueño de la Funeraria Vine, no para de hablarle a Christian de su negocio. Le dice que requiere talento artístico. Siente devoción por su trabajo. Le habla de la belleza de la muerte. A Christian le dice estas cosas, que acaba de entregar el cuerpo de su esposa para que lo preparen y lo hagan más presentable en el velorio. El dinero no es un problema, le explica Vine. Tiene tiempo para pagar por estos servicios, señor Christian. Entonces mira el porte de Christian, sus maneras de caballero, y le ofrece trabajo en la funeraria.

Christian empieza en el salón, atendiendo a los vivos. Ser funebrero le permite conocer a Fanny, una viuda millonaria y ninfómana. Deja de ser aquel hombre apesadumbrado que perdió a su mujer en las primeras páginas. La novela se vuelve una comedia negra mientras Christian aprende a embalsamar y se ocupa de cortar con el bisturí, remodelar caras, inyectar líquido en los cadáveres. Cuando va por la calle, no puede evitar elegir peinados para sumar a su repertorio de estilos para difuntas. O dice cosas como: este tipo sería capaz de enterrar a alguien con ambas manos atadas a la espalda. Ya no trabaja solo para saldar su deuda. Llama la atención ese orgullo, tan parecido al llamado de la vocación, en tiempos de cinismo y desencanto. ¿Cuántos de nosotros podemos pensar en esos términos de nuestro propio trabajo?

James Patrick Donleavy
James Patrick Donleavy

Tres

Sin conocidos en Nueva York, Christian va a parar a la pensión de la señora Grotz. Las cosas marchan bien al principio, hasta que ella descubre la ocupación de Christian. Debería vivir con otros funebreros, dice, no en una casa con personas normales. Siempre toqueteando cadáveres, le reprocha, y se empeña en echarlo a patadas, incluso trata de hacerlo arrestar.

La actitud de la señora Grotz me hizo acordar a Okuribito, una película japonesa que ganó el Oscar en 2008. Acá se tradujo como Partidas. Una traducción literal habría tenido más belleza: okurubito significa "el que despide". Tuve que verla otra vez después de cerrar Cuento de hadas en Nueva York.

En la película, Daigo Kobayashi es chelista, toca en una orquesta. Pero no tiene suerte: la orquesta debe disolverse, a nadie le interesa escucharlos. Sin plata, enterrado en deudas, Kobayashi vende el chelo y abandona la música. Dice cosas como: este chelo es inocente, no tiene la culpa de que lo compró un perdedor como yo. Debería haber advertido antes los límites de mi talento.

Kobayashi decide volver a Yamagata, el pueblo donde se crió. Linda metáfora sobre comenzar de nuevo. Y acaba trabajando de funebrero, como Cornelius Christian. Ahí empiezan las semejanzas: tanto Kobayashi como Christian sufren el desprecio de la gente que los rodea. Ambos habían sido reacios al principio a tomar el trabajo, y ambos acaban comprendiendo la profunda dignidad y elegancia que conlleva la preparación de los cuerpos. Oriente y Occidente no son tan diferentes, al fin de cuentas. Y una semejanza más, que no recordaba y me hizo gracia descubrir estos días: Christian y Kobayashi filman publicidades en las que se hacen pasar por muertos y se dejan "embalsamar" para promocionar sus empresas.

El chelista de “Okuribito”
El chelista de “Okuribito”

Cuento de hadas en Nueva York tiene más de cuatrocientas páginas. Con frecuencia, la acción avanza en oraciones cortas, sin verbos, con puntos arbitrarios. Se trata de fogonazos, instantáneas, el mundo suspendido. La historia alterna una primera persona con una tercera, en ocasiones en el mismo párrafo. Un ejemplo: "Cornelius Christian sube enérgicamente la escalera del Game Club. Una chapa de bronce dice: Privado. Entro como si fuera el dueño del lugar. El hombre de traje gris me pregunta si soy socio. Sí. Soy un cómico Christian caucásico". Por suerte, no hay itálicas ni ninguna otra marca que advierta de estos cambios. No son necesarias.

Una novela de estas dimensiones es por fuerza varias novelas a la vez. Lo que se muestra trágico al principio, se torna hilarante y grotesco. Okuribito tiene, en cambio, una dimensión trágica que nunca se diluye. Los desafío a verla y no llorar al final. Quizás, entonces, Oriente y Occidente sí sean diferentes.

Vi por primera vez Okuribito en una clase de japonés. En ese tiempo estudiaba en el Laboratorio de idiomas. Rauru, nuestro sensei, había acelerado las unidades finales del libro y todavía quedaban una o dos semanas para terminar el semestre. Después entendí que no era por casualidad, a Rauru le gustaba que le sobraran días. Llevaba la tele al aula y nos pasaba una película o un dorama para que acostumbráramos el oído. Okuribito demandó dos clases. Yo falté a la primera, y sin embargo no tuve ninguna dificultad para entender la historia. Por mucho tiempo pensé que si esa primera hora no me había hecho falta para entender, entonces esa hora estaba de más. El mundo nos acostumbró al vértigo y a la inmediatez.

Pero esa hora, como también las tantas páginas de la novela de Donleavy, son necesarias de un modo que no tiene nada que ver con la utilidad o la eficiencia, sino con la belleza. Crean un clima que suspende la incredulidad. Toda buena historia se construye en los detalles. Difícil volver ahora a nuestro propio trabajo, con la indignidad de su burocracia y su nadería de oficina invernal.

 

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