Los palcos que formaban una gradería de tres pisos se derrumbaron de repente. Unos 30 metros de tablones se vinieron abajo. Cayeron encima de la gente. La aplastaron. Los toros se quedaron quietos en la arena, paralizados, viendo la caída del castillo de naipes más sanguinario de la historia de Colombia.

Pasó hace 38 años, el 20 de enero de 1980. Los sobrevivientes y familiares de las víctimas coinciden en describirlo así, como un "castillo de naipes". El recuerdo permanece fresco en la memoria de los sincelejanos.

Murieron 400 al instante. Hubo más de 2.000 heridos con contusiones, piernas y brazos quebrados. La tragedia partió en dos la historia de Sincelejo y la "fiesta brava".

Cada 20 de enero se celebraba en esta ciudad del caribe colombiano la corraleja (corrida de toros) más grande del país. 40 toros, uno por uno, salían al ruedo. Los llamados manteros los enfrentaban con capote y con muleta. Cerca de 20.000 personas disfrutaban el espectáculo. Trompetas, flautas, trombones y redoblantes ponían la banda sonora.

"Jamás se me ha olvidado lo que vivimos", dice Denis Contreras. Entonces, era una niña de siete años. La ciudad estaba llena de visitantes de pueblos vecinos. Ella vivía al frente de la Cruz Roja, a donde llegaron muchos heridos. Algunos caminando, porque no había carros para transportarlos.
"El que más me traumó fue un señor gordo, moreno, baja estatura, cejas pobladas, pelo indio, que llegó con un listón de madera que lo atravesaba de un lado a otro en el pecho. Era ayudado por dos personas atrás y otras tres adelante. Lo ayudaban a cargar el listón. No sé ni cómo llegó. Su paso era lento y se le cortaba el aire".

Al hombre no lo podían meter por la puerta, porque el listón lo impedía. Pálido, bañado en sangre, gritaba mientras serruchaban la tabla. Murió antes de que lograran cortarla, según recuerda la sincelejana Denis, quien ahora es periodista y editora de un periódico regional.

Las corralejas son una versión más rústica y popular de las corridas clásicas. Una interpretación criolla de una herencia colonial. No gira en torno a un torero como tal, sino que la protagonizan muchos osados que saltan al redondel para enfrentar al animal a cambio de unos pesos. Otros lo hacen para probar su valentía ante sus amigos, con el alcohol como combustible. La fiesta pervive y se extiende por toda la región, a pesar de polémicas e intentos gubernamentales por atajarlas.

Las reses llegaron a América importadas por los españoles en el siglo XVI, según los historiadores. La práctica de la ganadería se extendió por las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre. Y de su mano también arribaron las corridas.

El legendario circo romano conserva así su reflejo en los pueblos caribeños. El hombre que mira a los ojos a la muerte, el enfrentamiento del hombre con el toro como prueba de su casta, se sigue poniendo en escena en un teatro de palos, movible e informal, levantado por temporadas. Fiestas parroquiales en conmemoración de santos. Con toros criollos, no de lidia. Pero igual o más bravos.

La de Sincelejo era la más importante en la sabana vieja. En 1980, la corraleja constaba de más de 9.000 metros cuadrados en la plaza de toros Hermógenes Cumplido.

"Fue como si hubiera un bombardeo", recuerda el abogado e historiador Inis Amador Paternina. El hombre, hoy de 62 años, fue en ese entonces miembro de la organización de la corraleja, vicepresidente de la fiesta en ese año. Un primo suyo murió aplastado.

La corrida se celebraba en un redondel "inmenso", de unos 350 metros de diámetro. "Se hacía toreo a la usanza tradicional, a la usanza criolla, en un esquema que viene desde la colonia. Con manteros, toreros, jinetes, banderilleros, bandas de música".

Pero ese 20 de enero no había sol en la arena. Una nube negra cubría el cielo. "Había caído un aguacero de padre y señor mío". Llovió por más de dos horas. El público ubicado en las graderías se acumuló atrás, buscando refugio bajo los techos. Los palos sostenedores de atrás se debilitaron mucho. No soportaron. Eran las 3 de la tarde.

"Un pueblo que había vivido una tradición de repente vio desbordados sus sentimientos con un siniestro, algo aberrante. Fue muy difícil de manejar, sobre todo para una población con servicios de salud limitados", recuerda Amador.

Los hospitales de poblaciones cercanas se atiborraron. Corozal, Tolú, San Pués, Cartagena. La emergencia sobrepasó la capacidad de atención. "No había cabida para una tragedia tan grande". Incluso se reportaron accidentes de ambulancias en su intento de trasladar pacientes. Una cayó a un pozo con cuatro en Majagual.

Los sepelios fueron masivos.

Los parientes de las víctimas se reencuentran cada año para esta fecha en el Cementerio Central.

En 1988, el Consejo de Estado condenó al municipio y a la Nación. Sincelejo debe, todavía hoy, unos $2.280 millones por indemnizaciones a las familias.
Todavía no se terminan de recoger los naipes del castillo.

Desde hace cinco años la corraleja dejó de celebrarse en la ciudad. Pero por "cuestiones de apasionamientos políticos", no por la tragedia, aclara el historiador Inis Amador. "La gente la extraña y la añora bastante".

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