Fernando Haddad (Foto: Reuters)
Fernando Haddad (Foto: Reuters)

Una reunión inusual juntó, el lunes último, a líderes de la centroderecha tradicional, de la centroizquierda y de la izquierda. Pero lo más sorprendente de esa cita es que tuvo como protagonistas a personalidades de dos agrupaciones rivales, que compitieron por el poder el último cuarto de siglo: el Partido de la Socialdemocracia de Brasil (PSDB), fundado por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso;  y el Partido de los Trabajadores, del también ex presidente Lula da Silva. Los acompañaban representantes del Partido Democrático Laborista (PDT), del Socialismo y Libertad (PSOL); del Partido Comunista del Brasil (PCdoB); de la Orden de Abogados de Brasil, de la Unión Nacional de Estudiantes y del movimiento negro. Lo que los ensambló, dijeron, es la necesidad de crear un grupo su parapartidario capaz de enfrentar el carácter "regresivo" del gobierno de Jair Bolsonaro. El plan, informaron, es crear un "Foro para la Democracia".

Esta original alianza, como bien diría Jorge Luis Borges, se produce no porque los una el amor sino porque los junta el espanto. Así lo sintetizó, a su manera, uno de los participantes de ese encuentro: el ex ministro de Educación y ex candidato presidencial petista Fernando Haddad, derrotado por Bolsonaro en las elecciones de octubre último. En un extenso diálogo con un grupo de medios extranjeros, entre ellos Infobae, este abogado y politólogo definió al actual jefe de Estado con estos trazos: "La derecha que él representa suma lo peor de las derechas globales que disputan la hegemonía mundial". Y añadió a guisa de explicación: "Hay un sector de la hegemonía global que es liberal progresista, globalizante. El otro segmento es nacionalista, tanto en lo económico como en lo cultural; es xenófobo y supremacista. Bolsonaro y su equipo es neoliberal en la economía y retrógrado en las costumbres".

Según Haddad, una agenda neoliberal pura "no se sostiene. Lo impide la enorme desigualdad que hay en el país". Eso "torna nuestro neoliberalismo completamente distinto al de los países desarrollados".  Ejemplificó: "Si se considera por ejemplo a Hillary Clinton, ella representa un neoliberalismo progresista, desde el punto de vista de los valores culturales". Para volver luego a la experiencia del nuevo gobierno brasileño: "Hay un avance de lo que en la literatura política se llama de democracia 'iliberal', que pasa por encima de la democracia liberal. Y si hay un peligro para la democracia liberal, es porque se pone en jaque la dimensión liberal y no la sucesión de elecciones".

-¿Cómo define la democracia liberal?
-Se define por el respeto a las minorías, sociales y políticas. Feministas, lesbianas y gays no se sienten seguros en el Brasil de hoy. La oposición tampoco se siente segura y ni hablar de quienes pretenden expresar un pensamiento crítico. Están amenazadas la ciencia y la autonomía universitaria. También la libertad de expresión.

-¿Cómo ve las alianzas con otros sectores políticos y sociales?
-Personalmente, siempre actué en el sentido de aproximar los partidos del campo progresista, porque sé el alcance de la derecha en el país.

-¿El campo progresista también incluye al PSDB?
-El PSDB tiene dirigentes que mantienen vínculos con las tradiciones socialdemócratas originales. Pero esos sectores en verdad hoy no están en el comando. Quién está al frente es el gobernador de San Pablo, Joao Doria, que ha flirteado hasta ahora con el bolsonarismo.

-¿Y el ex presidente Fernando Henrique Cardoso? 
-Creo que él está en cierto modo en búsqueda de una alternativa por fuera del partido. A él le interesa viabilizar una candidatura de una figura nueva.

-¿Cuál es la posición del PT? ¿Comparten su visión?
-Nosotros apostamos a una sociedad reconciliada; a diferencia de Bolsonaro que apuesta a la división, en la medida que pretende mantener su base radicalizada. El PT tiene un camino importante por delante, pero no puede pretender ser la única voz de oposición en el país. Precisa interactuar, en forma conjunta, con otros sectores de la vida política. Y eso es lo que he tratado de hacer. Me he preocupado por estar junto a los sectores más aireados de la sociedad, para mostrar que hay una alternativa progresista al gobierno de Bolsonaro. He hablado inclusive con varios líderes mundiales: Bernie Sanders, Felipe González, con José Luis Rodríguez Zapatero, con Antonio da Costa. Si bien hay una especificidad de la situación brasileña, en función de nuestro pasado autoritario, el mundo liberal se ve amenazado con relación a libertades básicas. El hecho de que Bolsonaro esté buscando aproximación con Italia, Hungría y Polonia quiere decir mucho.

-¿Cuál sería la posición del PT si existiera alguna vía para el impeachment del presidente Bolsonaro en un escenario como ese?
-Puedo decir cuál es mi posición. Esto, que yo sepa, nunca fue discutido en el PT. Lo que vale para nosotros es la Constitución, que establece el alejamiento del presidente sólo si hubiera crimen de responsabilidad. Si esto no existe, y en realidad yo no veo que ahora exista, no hay entonces posibilidad. El gobierno puede ser desastroso, pero en cuanto no se presente tal delito, las chances de un apartamiento del cargo son nulas. El en caso del jefe de Estado, los delitos cometidos antes de la asunción no pueden ser investigados hasta que deja el cargo.

-¿Cómo influyó ese escenario en las manifestaciones universitarias de la semana pasada en las inestabilidades actuales?
-Las manifestaciones fueron mucho más allá de la protesta por los cortes en la educación. Tiene que ver con el maltrato que el gobierno dio al sector, primero durante la elección, y más aún luego de asumir el 1º de enero. Bolsonaro eligió la educación como campo de batalla en torno de ideas que no se corresponden con la realidad brasileña. Brasil tiene un problema histórico en esa área, por haber recibido muy poca inversión a lo largo del siglo XX. Es un país retardatario en las inversiones educativas.

-Lo vimos a usted en las manifestaciones…
-Lógico. Nosotros abrimos las puertas de las universidades a las personas pobres, a los negros y a los trabajadores, como antes no se había hecho. Acaba de salir una encuesta que indica que hoy 70% de los universitarios proceden de familias que tienen ingresos de tan solo un salario y medio mínimo. Eso es espectacular. Brasil tuvo siempre una universidad elitista, desde el punto de vista económico y no intelectual. Ahora, quien está en la universidad es por mérito intelectual. Desde luego, estamos lejos de lo ideal. Pero para quién perdió 100 años…

-El ex presidente Lula dijo que no son suficientes los primeros meses para aprender a gobernar. ¿Es así?
-Para la clase política no hubo sorpresas sobre el desempeño actual del presidente Bolsonaro. Por décadas fue un parlamentario obscuro, que no dialogaba con sus pares y no fue capaz de aprobar ningún proyecto de ley relevante para el país. Ni tampoco se recuerda ningún discurso, no ya memorable sino tampoco memorizable. Es una persona con debilidades cognitivas muy claras.

-Bien, pero ¿cómo llegó a ser elegido por la ciudadanía?
-Eso habla de nuestras clases dirigentes. Llevan el país a ser gobernado por una persona incapaz hasta de tareas más simples que esa. Desde el punto de vista económico, es sorprendente el fiasco de su equipo. No es solo limitado desde el punto de vista intelectual, además carece de creatividad para ofrecer alternativas a la situación económica actual, particularmente al desempleo, los bajos salarios y la falta de perspectivas. No veo que de allí salga una solución. El gobierno está estructurado en tres bloques: el ultraliberalismo del equipo económico; el grupo conformado por el  Ministerio de Relaciones Exteriores, de Educación, Medio Ambiente y Derechos Humanos, que apuesta a valores arcaicos, premodernos. Y el tercero es el grupo militar y el ministro de Justicia. Ninguno de esos actores opera satisfactoriamente.

-¿La elección de Bolsonaro no es culpa de la desilusión con su partido?
-El PT viene sufriendo desgastes desde 2013, cuando comienza a perder parte de la opinión pública. Desde entonces, hubo varios errores. Por ejemplo, la incapacidad para promover una reforma política que implicara el fin de la financiación empresarial en las campañas. Pero además creo que la presidenta Dilma tomó, en el lapso 2013-2014, una serie de medidas que ella llamaba de anticíclicas, pero que sobrecargaron el presupuesto del Estado. Confió en que la crisis internacional sería más pasajera de lo que finalmente resultó. El tercer problema fue el mensaje transmitido durante su campaña en 2014. Tendríamos que haber dicho, en ese momento, que íbamos a pasar un período de un año tal vez más difícil en función de los desequilibrios internacionales y domésticos. Eso tal vez nos hubiera llevado a la derrota electoral, pero no a la derrota política. Después de esto, puedo decir que lo sorprendente no fue que el PT haya perdido la quinta elección, lo notable es que la haya perdido frente a Bolsonaro. Fue la derecha tradicional la que no logró viabilizar una alternativa.

-Pero la ciudadanía menciona, con frecuencia, un rechazo al PT por la corrupción…
-Eso explica más la victoria de Bolsonaro que la derrota del PT. Digo eso porque la manera en que fue conducido el caso Lava Jato, éste prácticamente aniquiló el sistema político brasileño, tal como lo conocíamos desde la Constitución de 1988. Creo, entonces, que no se produjo esta vez una alternancia en el poder, sino un cambio de régimen. La población fue de cierta manera engañada al identificar a Bolsonaro como un outsider, o sea alguien que no tenía participación en el sistema político. Tanto fue el engaño que hoy toda la familia Bolsonaro está bajo investigación por conductas sospechosas.